Luis Ricardo Guerrero Romero
Entre los aromas de la confusión, los sonidos de la noche, y los ladridos de los perritos que nunca callan, se encontraba ese viernes el incipiente imberbe Aarón. Lo único que solicitaba para un diciembre más era la credibilidad de sus padres, la aceptación de sus compañeros de trabajo y claro, tener algo que llevar a la panza, porque la panza es primero. Así de noche en noche del último mes del año, Aarón gustaba levantar la mirada al cielo y reconociendo la suerte de no ser un cerdo —los cuales nunca podrán ver el firmamento, ni sudar, y quizás en eso son los más afortunados—, se increpaba por estar vivo. Pero luego de algún buen cigarro encontrado por las avenidas, luego de un poco de sobras de tacos, o de alguna bebida, se orillaba nuevamente a fingir que seguía con vida en esta su muerte paulatina.
Yo no conocí a Aarón, sólo supe de él porque otros muchos Aarones me fue obsequiando la vida, unos eran mujeres otros varones, unos salen en agosto, otros como él, en diciembre. Brotan inexorables a la par de nuestra vergüenza humana. ¿Qué somos para dejar al otro en el desamparo, para aluzar con brillos las calles en periodos navideños, para cocinar alimentos que sobrarán en la basura?, para que los y las Aarones, sigan preguntando: —¿qué probabilidad había de no ser un humano, sino una mosca?, ¿quién me eyectó a ser?, ¿cómo me exorar la vida? Ya era otro viernes más, sin triunfos, con sed y sin Dios.
El relato anterior, en donde alguien nos cuenta de un Aarón que le revela la historia de los tantos proscritos, nos puede orientar a pensar en cómo nuestra vida es un llano bucle, en que ya es otra vez diciembre y qué, eso a quién le interesa sustancialmente.
Sin embargo, el relato, al igual nos orilla a escudillar el sentido de una palabra muy concurrida, pues todos tenemos algo para exorar, somos los reos sin juicio, los imputables refugiados entre barrotes de una moral construida por la mentira de sistemas hegemónicos, inasequibles posturas en donde el cielo se gana con dinero, y la fe se negocia. Exorar, es solicitar, es pedir, es suplicar, es esa demanda de los y las Aarones difuminados en estas fechas, la palabra latina: exoro, implorar la buena voluntad de los dioses, la obtención de algo a través de la suplica, el hecho de ablandar la voluntad, la razón y el amor.
A nadie se le tiene que exorar, sino a nosotros mismos, instemos el perdón a nuestro propio ser no cada mes, sino cada día, no cada año, sino cada amanecer, porque mañana posiblemente no te logres escuchar.





