Luis Ricardo Guerrero Romero
No me dan miedo las personas que se dicen estar locas, no debería a nadie causarle temor alguno ese tipo de expresiones que el mundo regala para recordar lo vulnerable y poderoso que es el cerebro. En mi experiencia he aprendido más del personal que trabaja en la empresa habiendo sido diagnosticada o más bien, juzgada como loca; que de los sujetos que se dicen estar sanos mentalmente. No sé, yo no viví hace mucho tiempo, sólo tengo en el planeta 40 años, y, sin embargo, mi certeza es saber que nadie en absoluto está cuerdo.
Por ejemplo —te hablaré de lo que hago un poco—, tengo la costumbre de pasar por ciertas calles de este lugar con las manos levantadas, es una experiencia rebelde de mi parte, puesto que veo a todos esos peatones que bracean al avanzar su paso, coordinados en un vaivén, mientras que yo recorro largas cuadras acariciando mi cielo más próximo. Otra de las actividades que disfruto llevar a cabo durante mis andares por las calles de esta empresa es ir contando los números de las casas, algunas ocasiones, los sumo del mayor al menor, y algunas otras me satisface ir multiplicando el número interior por el exterior y después los sumo. La cantidad mas grande que he logrado obtener es: 7, 491 532 222 696.
En esta empresa es divertido contar números, hay quienes se los graban en su piel, pero además la piel tiene más funciones, como la función de ser tocada, otra de las cosas que llevo a la práctica, pues debido a mi cargo en este lugar, estoy facultado para revisar a cada sujeto que entra por el acceso principal, y bien, no los toco con morbo o deseo, los palpo para descubrir quiénes tienen lunares en su piel, sin que las personas se desnuden he logrado descubrir cuántos lunares hay debajo de su ropa con tan sólo tocarlos. La semana pasada hubo una mujer que se asustó al saber que en su cabeza tenía tres lunares, hizo una apuesta conmigo y sí yo tenía razón ella se afeitaría su hermosa cabellera. Efectivamente gané, y ahora conservo su cabello rojo como presea.
Así podría estarte hablando de todo lo que sucede conmigo y lo que he logrado descubrir que acontece en esta empresa, pero tengo pendientes que resolver. En otro momento querido amigo te encontraré, por favor, aparécete en una cuchara más limpia, pues no logró distinguir con limpieza mi mirada al estar hablando de frente.
Parece que el dicho: “de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco”, nos miente, pues hay quienes tienen un poco de algo y un mucho de otro. Es con probabilidad la situación del anterior parlanchín que gustaba de auto-comunicarse en el lugar que pudiera ver su reflejo. Con probabilidad esa actividad de una comunicación con nuestro sí, es la más popular entre los mortales e inmortales, hasta Dios, según la escritura habla consigo. ¿qué hay de raro hablarnos? Ejemplos tales como: dónde dejé las pinches llaves, cállate pendejo me van a oír, ¡ay me golpee!, ¿qué tenía que hacer más tarde?, se me olvidó pagar el agua. Son mínimos hechos fehacientes de que el ser humano disfruta y abusa de sí al hablar. Nos gusta platicarnos, es catártico reprendernos, reírnos de nosotros mismos, todo eso y más es comunicarnos, es hablar para nosotros. Tal como el sujeto del anterior relato lo hizo, aunque éste con algunas prácticas poco comunes.
Hablar es entones un ejercicio grandilocuente, mientras los animales hacen llamados, el hombre convoca de un modo doblemente articulado. Hablar no es fácil, se requiere saber hablar (por raro que se lea). Ya por ejemplo desde los anales de nuestra especie se identifica el homo locuax, el hombre que habla-comunica. En el antiguo griego la voz λαλεω (laleo> lalo> la), es entendida como charlar, en latín fablar> hablar. Aunque entre una expresión y otra no se tengan rasgos fonéticos equiparables, resulta innegable citar conceptos como: dislalia, coprolalia, donde se observa el laleo del griego. O bien que tal el tono de La, vibración 440 Hz, para afinar, y el instrumento hable bien, y quien lo toque cante afinado, en la lala larala, suerte de onomatopeya al cantar; y el fablar, es contar algo con la voz, como se hacía la narración de fábulas, pues obviamente se “falaban”.
Pienso que como lo leímos en el relato anterior el hablarse es sano, es quizá la envoltura de la máxima: “Conócete a ti mismo” … háblate y redescubre lo que hay en ti.





