Alberto Aceves

Ciudad de México. Hugo Sánchez enfrenta el mismo destino que tantas otras leyendas del deporte: el paso implacable del tiempo. Aquel goleador voraz de los años 80 es hoy un hombre maduro, elegante y discreto a la vez, que analiza partidos de futbol desde un canal de televisión. Su carrera como futbolista terminó en 1997 con el Atlético Celaya, pero nada se compara con el lazo afectivo que lo une a los Pumas de la UNAM, su casa y quizás el único lugar donde todavía se permite la emoción hasta el llanto.

La leyenda del Pentapichichi cumplió el viernes 50 años, medio siglo de un hito que para las nuevas generaciones -que no tuvieron el privilegio de verlo volar por el área- resulta una cifra casi astronómica.

Durante el encuentro ante Tigres en el Estadio Olímpico Universitario, la directiva auriazul rindió homenaje al llamado Niño de Oro. A la ceremonia acudieron antiguos compañeros e históricos del club como Ailton da Silva, Efraín Velarde, Jesús Ramírez y Leonardo Cuéllar. Desde las gradas, una enorme bandera desplegada por La Rebel cubrió la zona del Pebetero con el el nombre del goleador en letras de molde mientras el primer equipo, con el trazo de una chilena en el pecho, lució camisetas conmemorativas para el calentamiento.

En la pantalla gigante, los goles del mítico número 9 se replicaron en video una y otra vez, encendiendo Goyas, el grito unánime de “¡Hugo, Hugo!” y una ovación monumental mucho antes del silbatazo del árbitro. “Si pudiera volver a 1976 y hablar con ese joven Hugo, le diría: ‘haz cosas grandes y vivirás para siempre’”, escribió el ex seleccionado nacional horas antes desde su cuenta de X, en alusión a la noche de su debut en San Nicolás de los Garza, precisamente frente al mismo rival.

“¿Qué más se puede añadir a la biografía de una leyenda?”, respondieron los viejos testigos de sus hazañas. Su pasado en Pumas es deslumbrante: 194 partidos oficiales y 102 goles, muchos de ellos marcados por una plasticidad inédita que lo convirtió en el gran patrimonio de la institución.

En su despedida para jugar con el Atlético de Madrid -el 9 de agosto de 1981-, el delantero de las acrobacias imposibles lució el brazalete de capitán y le entregó al cuadro felino su segunda estrella de Liga -tras la conquista de la Temporada 1976-77- con un gol en la final contra Cruz Azul. A su palmarés en el Pedregal se sumó también una Copa de Campeones de Concacaf (1980) y una Copa Interamericana (1981).

Hoy, a sus 68 años, el Pentapichichi ya no corre entre los centrales para rematar al primer toque. Es probable que los más jóvenes no alcancen a recordar aquellos años de formación y consagración, la histórica rivalidad con Ricardo La Volpe o aquella icónica estampa de la terna con peinados afro junto a Cuéllar y Cabinho. Sin embargo, el magnetismo de Hugo aún es capaz de registrar una de las mejores entradas en Ciudad Universitaria sólo para atestiguar su presencia.

Ovacionan al llamado Niño de Oro

La visita de Tigres, un partido crucial para las aspiraciones de Pumas rumbo a la liguilla, quedó relegado a un segundo plano. La figura de Sánchez multiplicó camisetas con el dorsal 9 en las inmediaciones del estadio, impulsó a decenas de padres y abuelos a inmortalizar con sus teléfonos el recorrido del ídolo sobre el césped. Se robó, además, los aplausos que el público le negó al plantel actual, recibido entre silbidos y reproches. Sólo una leyenda de esa magnitud puede generar tales efectos.

Galardonado con la escultura de un puma entregada por el presidente de la junta directiva, Luis Raúl González, Hugo -el deportista que incluso como director técnico desafió cualquier prejuicio al conquistar el primer bicampeonato en la historia de los torneos cortos en 2004- caminó por un pasillo de honor hacia el círculo central. Saludó a la grada, levantó el puño en alto y se acomodó entre Robert Morales y Uriel Antuna para entonar el himno universitario. La noche fue suya, los recuerdos también.

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