Luis Ricardo Guerrero Romero
No era necesario pronunciar Claudia Quiroz después de cada trago, ni necesario mirar los cientos de fotografías de ella que guardaba mi ordenador. O bien despertarme antes de que brille el sol y asomar la vista para ver si volvía. Los regresos son eso, un regreso, y seguramente ninguno de nosotros estaba interesado en ejecutar tal titánica tarea. Fuimos alterados uno por uno alterados. Sin embargo, la recuerdo desnuda bajando la escalera que lleva al jardín, en su voz la tonada “But you didn’t have to cut me off, make out like it never happened and that we were nothing; and I don’t even need your love” −cuánto hubiera dado por cantar como Gotye, y juntos entonar Somebody that I used to know−, pero la música nunca fue lo mío, por eso elegí a Cluaki, como de cariño le digo aún. Pero los senderos de Dios son distintos y ella sabía que los planes del corazón alterarían nuestras vidas. La canción continuaba y el click clock de los hielos de mi jaibolero no hacían sino acompañar la entrada de la mencionada canción, mientras la imaginación la traía de vuelta, pero no, no al regreso, y sí, sí a la alteración.
El agosto que la conocí fue un disturbio de sorpresas, en el bar la gente coreaba Banana pancakes y en nuestros pensamientos realmente se avivaba la idea de que no hay necesidad de salir, si lo que se ama lo tienes aquí. Por ejemplo, ella; por ejemplo, ella conmigo. Pero la rareza de la vida es insuficiente, es intrépida, es insondable. Por eso partió, navegó con sus pies pequeños y su sonrisa diáfana, principió el camino que hacen las heroínas, dejó atrás las infecciones bucales y fue a donde su corazón latía más fuerte. Ser dentista es una profesión, pero ser amante de la vida, es una bendición, por eso se alejó y de lejos soñamos con nosotros, nos dormimos de nuevo, y si alguno de nosotros no lograse dormir, nos contagiaremos el bostezo, así como lo canta Carlos Sadness y Marcos Mares. Así como lo dicta la vida que nos tiene unidos, aunque yo me quedé atrás. Alterado y atrás.
Al parecer la confesión que hace el narrador ante la ausencia de “Clauki” como se le nombra con cariño, es una confesión real, y, además, realmente alterada. No nos queda claro a dónde marchó Claudia Quiroz, sólo la confesa del emisor nos da para imaginar que ella es aún más dichosa al decidir otras realidades. Porque, al fin y al cabo, cualquier camino nos provocará alteración.
La alteración, palabra adulterada −literalmente− que nos deja ya en el asombro, ya en la incógnita, ya en la trasgresión. Alterar sabemos nos indica un cambio, aquella modificación inesperada, en el latín medieval se puede entender como la acción de algo o alguien trasformado en otro, de la raíz: alter. No obstante, a la idea de tergiversar, o como diría Kierkegaard en su obra El concepto de la angustia: “sacar algo de su estado primitivo”, alterar es asimismo asustarse, temer. De tal suerte que, cuando estamos alterados podemos estar atemorizados, pero según el contexto, igual estamos modificados. La voz latina clásica es adulterare, de done proviene tanto la palabra adulterio como adulto, pues ambas voces llevan implícitas la modificación, la una por falsificarse en el otro “sin las reglas morales”, el otro porque abandona la adolescencia, el crecer se modifica para ser un adulto. En fin, que, estar alterado es al igual una mimesis con un ser distinto, como quizá es el viaje que emprendió Clauki para ser más genuina, más bella, y más interesante de lo que ahora es.
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