Luis Ricardo Guerrero Romero

En el muslo izquierdo, enmarcado por una falda color de la cereza, se dejaban asomar seis palabras de aquel poema: “Intensidad y altura”. Me refiero a esos últimos versos: vámonos a beber lo ya bebido. Ya en ese estado etílico y barroco no supe si era el éxtasis de un poema lo que me invitaba a tocarla o su piel de almíbar. Quizás pasear mis labios letra a letra por su pierna era poco comparado a lo que ella deveras (locución adverbial y adjetiva muy mexicana) necesitaba de mí. ¿Qué le pudiera hacer a un cuerpo desnudo?, ¿para qué le servirían mis besos?, ¿habrá una teleología en poseerla, en el ejercicio de hacernos carne cálida en trémulos minutos? Me contesté que no, pues la intensidad era anodina, me respondí que no, porque era mi gusto no ser su objeto de placer, su proveedor de blanca vida. Ni tampoco quería que ella fuera el receptáculo de la concupiscencia o del pseudo gozo carnal.

Terminó para siempre nuestra velada en casa, sin pábilos encendidos, en ascuas marcescibles. Yo que tanto luchaba por tenerla, recuerdo desde la secundaría mi intensidad al sólo ver su nombre mi parte yerta respondía. Pero no es lo mismo el apetito que el deseo. Hoy a mis 45 años veo la foto que nunca le regresé, aunque en esos muslos juveniles no se lea: vámonos a beber lo ya bebido; recuerdo que fue mía en mi razón obcecada.

No hay forma de explicar el por qué un gran número de personas piensa que: el dinero y el sexo mueven el mundo. Conozco a muchos que siempre buscan una pareja para la una o la otra cosa, e incluso los inicuos eunucos les mueve la una o la otra, los motiva, los empuja, los pone intensos. Así como relató el protagonista del texto anterior, hay una intensidad probablemente anodina, aunque eso suene a oxímoron, puesto que, entendemos la intensidad como: fuerza, energía, vigor, potencia, la vehemencia humana. Lo cierto es que la intensidad es un fenómeno a posteriori.

Pero estamos acá para divagar sobre el origen de la intensidad, no del origen de tú intensidad, o de la mía; sino de la intensidad sustantiva y sustantivo. Ya sea de luz, de sonido, de corriente, o bien de ganas humanas, la intensidad nos describe algo que está tenso, es decir, posee una cualidad de estirarse, de aumentarse. Pensemos en la mitología griega, en Procusto y su lecho, quien a fuerza y por sus puras ganas deseaba adaptar un cuerpo (un fenómeno) a su capricho. La intensidad es un capricho, es un error beber lo ya bebido.

La palabra intensidad, tiene su origen en la antigua voz helénica: εκτενως (ektenos > ectenos) de ek- fuera; y teino- estirar. Estirar es tensión. Tal voz surge de εκτενης (ektenes): celoso, vehemente, tenso. De la palabra griega ek-tenos, se trasladó al latín con el prefijo in; in-tenos> in-tenso; más el sufijo dad (cualidad). La persona intensa, puede reflejar tensión interna, el ansioso, el chinga quedito es el fenómeno que aparece de modo sugerente, tentador para llevar a cabo sus finalidades caprichosas al puro estilo de Procusto, para luego irse con César Vallejo, a beber lo ya bebido.

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