Luis Ricardo Guerrero Romero

Llegué con una sonrisa en el corazón, dije tu nombre y tú enseguida respondiste, como que me estabas esperando, como que deseabas una plática de hombre a hombre, de humano al ser. Desde tu amable mirada distinguí el amor de todas las generaciones y no tuve que averiguar nada, descubrir nada, todas tus palabras eran significantes. Luego supe que necesitabas algo de vida, supe que estabas en la agonía que factura la soledad. Ambos, no dos personas, no un tipo y un viejo, sino ambos, tú y yo platicamos de las bellezas de vida. Siempre tenías un cómo, un cuándo un por qué y una acción, es decir, que no todo se quede en palabras. Por mi ingenua personalidad, suelo debatirme en eso, en palabras y cosas que se hospedan en la cabeza, pero tú, en cambio, sigues el camino del ingeniero, del arquitecto, sigues los pasos del experimentador. Diste un trago más a tu licor, la libación que purificaba, que catárticamente se configuró en tu alma-garganta. Dicen que los griegos ubicaban el espíritu y pensamiento en el diafragma, de allí la palabra. Tal vez las bocanadas de tristeza moraban allí en tu diafragma y con el vino se podían diluir con mayor facilidad. O no, más bien cada sorbo interpeló tu espíritu, tu espíritu-pensamiento.

Ya sé que no te veré jamás, pero ya creo que sí. Habré de interpelar mi saber, tendré que inquirir mi conocer, y tal vez, una vez más cuestionaré mi creer con la esperanza de escuchar tu voz vieja, sensata y tenaz.

La idea, o, mejor dicho, el ejercicio de interpelar es antiquísimo como el fuego en la mirada del ser humano, con probabilidad la imaginación y la interpelación se parieron juntas y jamás sus lazos de resquebrajen. Aunque parezca sencillo o automático interpelar, la verdad es que no, y menos fácil es interpelar un septuagenario.

La palabra interpelar hoy la interpelamos y revisamos que su sentido original es interrumpir, exponer, dirigirse a un receptor. Claro todo ello con fundamentos sólidos. La voz latina: interpello [interpelo] también es entendida como el que confabula o quien importuna. Dicha palabra es la unión del verbo pello [pelo] impulsar o poner en marcha e inter (dentro)—no se confunda con la voz latina pillus, de donde se origina pelo, el pelo capilar—. La palabra peliagudo es un ejemplo de la función de pello. De tal modo que, interpelar es la intención de arrojarse al comentar algo con el otro. Pero siempre dependerá quién es el otro para poder interpelarlo. Además, habrá de distinguir que cualquier interpelación aduce a la imaginación. La interpelación exige un encuentro, un lazo, un reto armónico que eventualmente se desprende para iniciar otras interpelaciones.

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