Federico Anaya Gallardo
Condenados por su marginalidad a ocuparse de lo pequeño, las y los europeos del medioevo adquirieron profunda experiencia en temas populares en el largo milenio que va del año 500 al 1500. Pero, al mismo tiempo, sus príncipes se volvieron cada vez más lobos sedientos de poder. Todos los señores deseaban imitar a Tamerlán, “quien de ser un pastor escita, por sus inesperadas y fantásticas conquistas vino a ser un muy poderoso y grande monarca” aunque también “por su tiranía y terror en guerra fue llamado El Azote de Dios.” (Estas palabras forman el título largo de la obra de teatro del autor inglés Christopher Marlowe, publicada en 1590).
De 1450 en adelante vemos cómo todos los príncipes renacentistas trataron de concentrar poder a toda costa. Lo hicieron en Italia bajo el super-condotiero César Borgia, un fracaso heroico que nos sigue fascinando. (EU y Europa realizaron cada uno una serie de TV sobre esa aventura en 2011-2014.) El padre de la ciencia política moderna, Nicolás Maquiavelo, estaba fascinado por César y sus más interesantes reportes como diplomático describen sus méritos como príncipe.
Al mismo tiempo, en Castilla-Aragón, Los Católicos tuvieron un éxito impresionante. Su alianza con la Santa Hermandad, que agrupaba municipios y campesinos de todas las regiones, les permitió dominar a los nobles ladrones y construir el primer Estado europeo moderno. De ese impulso nacieron otras cosas modernas. El castellano recibió la primera gramática (la de Nebrija) y la Monarquía Católica debió diseñar el primer modelo de gobierno colonial europeo para administrar el primer imperio global. Otra vez, nuestra fascinación con la época se refleja en las series españolas Isabel y Carlos Emperador (2012-2016).
La Francia de los Valois fue un desastre. En el libro Felipe II del francés Ivan Cloulas (Buenos Aires: Vergara, 1993) podemos ver cómo el reino de Francia estuvo a punto de desaparecer en la segunda mitad del siglo XVI debido a las guerras de religión y la intervención española. La casi milagrosa conversión del hugonote Enrique de Navarra al catolicismo (es el que dijo que París bien vale una misa…) permitió la llegada de los Borbones y luego la gloria del Roi Soleil. El cine europeo también registra eso. Mira, para ejemplo, La Reina Margot de 1994. Pero también hay series: Versailles (2015-2018) y La Reina Serpiente (2022-2024).
En los extremos occidental y oriental de esa pequeña península de Asia que es Europa sucedía lo mismo. La Inglaterra Tudor fue éxito fugaz, que construyó y anunció la Gran Revolución Inglesa de los 1640 (de la que surgió el Estado británico moderno); mientras que en Moscovia, bajo los últimos Ruriks, ocurrió un éxito literalmente Terrible que terminó –igual que Inglaterra– en una etapa de caos social grave antes de consolidarse otra vez un Estado centralizado. Estas dos experiencias tienen mil representaciones en el Séptimo Arte… del Iván el Terrible de Eisenstein (1943 y 1948) a la Elizabeth de Shekhar Kapur (1998-2007). Por no hablar de la fascinación cuatro veces centenaria por el drama político Ricardo III de Shakespeare.
La soberbia ambición de mando de los monarcas europeos no sólo nos fascina. También provocó la repulsa de sus súbditos y súbditas. Los florentinos se rebelaron contra la pretensión Borgia y apoyaron la república igualitaria de Savonarola y sus santos; aunque estos terminaron quemados. (Maquiavelo es el republicano florentino que propuso y organizó la primera milicia ciudadana, en esos días.) En el mundo católico aún despreciamos a Savonarola y no leemos ni su doctrina religiosa ni su obra política. Y nuestras maestras monjas nos han dicho que ser maquiavélico es ser demoníaco. Pero nosotros sabemos que ese par de italianos eran revolucionarios. Por eso la imagen de Savonarola es una de las cuatro que custodian el monumento a Lutero en Worms, Alemania. Por eso Gramsci nos recomendaba leer a El Florentino.
Los comuneros de Castilla y las germanías de Aragón se levantaron en 1520 contra el nieto de Los Católicos (Carlos) y exigieron que se respetasen los términos de la alianza entre la Corona y la Santa Hermandad de pueblos y ciudades creada en el siglo XV. Terminaron sufriendo una de las más duras y largas represiones. Los Grandes de España, que cambiaron chaqueta a mitad de aquella revolución, se aseguraron que los de Abajo no tuviesen parte en el nuevo Estado.
Castellanos y aragoneses no fueron los únicos campesinos revoltosos contra el poder Habsburgo. En la Alemania de 1524 la reforma luterana dio lugar a un levantamiento popular que reclamaba no sólo una reforma religiosa, sino un cambio social más profundo y radical. De los 300 mil insurrectos, 100 mil fueron masacrados por las tropas de Carlos, el nieto de Los Católicos. En 1850 Engels escribió de esto en Las Guerras Campesinas en Alemania. (Tal vez no deberíamos recordar con bien a ese Carlos, que en México identificamos con un chocolatín, ¿no te parece, lectora?)
En otra parte de la Monarquía Católica, la misma revuelta de los hombres y las mujeres comunes volvió a encenderse en 1566, ahora encabezadas por los calvinistas holandeses levantados contra Felipe, hijo de Carlos, el imprudente bisnieto de Los Católicos. Los holandeses lucharon casi un siglo pero lograron su independencia y su República. Las luchas no pasan de balde.
Pero sólo unas pocas de las luchas terminan en victorias populares. Los hugonotes no sólo fueron masacrados por los Valois en 1576, sino que eventualmente fueron expulsados por los Borbones en 1685 –cuando el Rey Sol traiciona las promesas de su abuelo, Enrique de Navarra.
Aparte de Holanda, la primera gran victoria ocurrió con la Gran Revolución Inglesa que le cortó la cabeza al rey traidor en 1649 y unió por vez primera los cuatro países británicos en una República parlamentaria. Durante la insurrección británica vimos aparecer a los cuáqueros cuyo igualitarismo les impedía tener atriles en sus iglesias y quitarse el sombrero para saludar a sus hermanos. Y los levellers ocuparon predios y organizaron granjas. Grande pero amarga victoria, pues la república puritana no supo cómo reproducirse institucionalmente. Detalle interesante: aún no se conocía la idea de representación política a través de elecciones periódicas. Ese es un invento de luego del 1800. Así que el Parlamento que cortaba cabezas reales debió convocar al heredero del rey-ejecutado… aunque se reservó el derecho de gobernar.
La insurrección popular, más o menos exitosa la vimos inclusive en la lejana y helada Moscovia que se estaba convirtiendo en Rusia. Iván Grozni (o Terrible, como nos lo retrataron los nobles) elevó a hombres comunes al poder y arrancó el control de los campesinos de las manos boyardas. Fue él quien permitió el inicio de la emigración campesina rusa al Este –que terminó colonizando Siberia y las vastedades de más allá. Y cuando ese Iván destruyó su dinastía vimos cómo uno de esos hombres comunes, el tártaro Boris Gudonov, se convirtió en Zar por dos décadas (1584-1605)… hasta que los nobles reaccionarios lo derrocaron y pusieron al Estado ruso al borde de la extinción. Luego de la paradoja Gudonov (él fue quien reforzó la servidumbre), las rebeliones campesinas en contra del zarato ruso fueron periódicas y permanentes. Y siempre reprimidas, hasta el Octubre Rojo de 1917.
He hecho el recuento de las luchas populares europeas porque toda esta tradición de lucha se pierde si abrazamos acríticamente metáforas históricas como las propuestas por el aún ministro González Alcántara-Carrancá en su artículo del mes pasado. (Liga 1.)
En nuestros tiempos, la izquierda se declara en contra del eurocentrismo. Esto es correcto y no sólo “políticamente correcto”. Requerimos el giro de-colonial y una Historia de los pueblos subalternos que ponga en cuestión y contraste la Historia imperial e imperialista de los centros geopolíticos de poder en el Occidente Noratlántico. Sin embargo, esa nueva Historia desde Abajo y desde fuera del centro hegemónico no puede olvidarse de los esfuerzos populares de la misma Europa.
En el libro de Eugen Weber, Peasants into Frenchmen: The Modernization of Rural France, 1870-1914 (Standford U. Press, 1976) se nos cuenta cómo los profesores normalistas de la República Francesa castigaban en clase en el siglo XIX a las niñas y niños que no hablaban el Francés parisino. (Parte del libro puedes verlo en la Liga 2.) Así desaparecieron las lenguas de la Francia rural. ¿Te recuerda algo, lectora? A los occitanos y occitanas les ocurrió lo mismo que a los zapotecos. Los primeros pueblos originarios sacrificados por el Occidente moderno fueron los campesinos pobres de Europa. Por supuesto –nos explica Eugen Weber– algo ganaron los campesinos al volverse ciudadanos franceses. Una de esas cosas fue vencer la rabia. Por eso Pasteur es no sólo un héroe nacional, sino una leyenda popular. Pero… ¿cuántos y cuáles avances justifican el etnocidio?
La paradoja de Occidente es su esquizofrenia. En su largo medioevo, su cristianismo proclamó siempre la igualdad de todos los seres humanos. Pese a esto, esas sociedades forjaron un orden de tres clases (bellatores, oratores, laboratores) que se convirtió en una de castas irremediablemente opuestas y separadas, adonde nobles-militares y nobles-clericales oprimían juntos a los laboratores. Y esos devoradores de humanos nunca abandonaron la economía de derroche y ostentación de los antiguos señores bárbaros que se instalaron en Europa occidental al disolverse el Imperio Romano de Occidente.
Por esto es que estaban tan enojados los revolucionarios franceses de fines del siglo XVIII cuando gritaban que no descansarían hasta no colgar al último aristócrata con las tripas del último cura. Esa rabia santa, nacida de la injusticia sufrida por siglos, no podemos ni ignorarla ni olvidarla.
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2024/12/17/asalto-final-662062.html
Liga 2:
https://books.google.com.ec/books?id=4KnC4ROsiwwC&printsec=frontcover#v=onepage&q&f=false





