Luis Ricardo Guerrero Romero

Nada podía parar la terquedad de mi suegra, ya saben, gentil por las noches, tremenda señora por las mañanas. Su esposo, quien había muerto hace poco tiempo solía reclamarle la cómoda vida que daba a los hijos, entre la que destacaba la de mi futuro ex esposo. Él, como tantos amables hombres que hay en el mundo, había crecido en un ambiente lleno de bondades matriarcales. La comida calientita en la mesa, la cual al acabar de devorar, se paraba cual restaurante sin siquiera mover un vaso, podía llegar tarde después de una fiesta y despertarse hasta que la cama lo escupía, mientras su madre (la suegra), lavaba con angelical amor su ropa sucia. La señora Lucero, doña Luce, como le decían, antes de yo ser la prometida de su tesoro, insistía en decirme que en la vida no hay que rajarse, y aunque esa palabrita me suena muy coloquial, nunca la reflexioné tanto como cuando tuve ese lazo familiar. Rajarme, ¿a qué se refería en realidad? Al inició lo asocié con chingarme, el que se raja se chinga, cuando alguien se hiere o lástima, ocasionándose un daño, éste se chinga. Y, aunque sé que poco queda por decir de la expresión chingar luego de leer El laberinto de soledad, pienso que doña Luce, al decirme: no te rajes, me decía, ¡no chingues! Tiempo después supe que realmente me intentaba decir: Por favor, no abandones a mi hijo que malcríe, no me chingues que ya estoy jodida por mis omisiones como madre. Para mí fue importante su insistencia en no rajarme, y por eso al día de hoy, no me rajaré y ganaré la pensión de mis hijos, quienes me motivan a chingarle y no rajarme de mis proyectos.

Cuando era la época de las cánicas y los trompos, las atrapaditas y eso del cerrillo y congelado, había una sentencia a la que ningún participante, fuera niña o niño podía aceptar; el rajarse, era la verdadera apuesta por la vida. Y no importaba si no había permiso de los papás, si era noche o si en el equipo estaba el que no simpatizaba a nadie le gustaba rajarse. Pues equivaldría a rasgarse (herirse) la honra, el valor que todo niño tiene para beberse de un sólo trago la vida. Rajar es equivalente a abrir, es decir a agrietar. Esta palabra semánticamente, es de origen antiguo griego: Ραγας, ραγαδος (ragas, ragados): grieta (quizá falso cognado, quizá certeza lingüística).  La grieta, nos anuncia una división, con la misma característica que el radio tiene en una superficie esférica. Baldor, por ejemplo, define radio como la distancia del centro a un punto de la superficie; y la palabra radio se encuentra en el latín con la semejanza al castellano: radio, y en la medición como radius, regla de geómetra. Salvo que tiene otra acepción muy particular, radio, es lo que destella luz. Despide rayos, brilla. En suma, intentamos decir que quien se raja, se hiere, se queda abierto, una tierra agrietada, es una tierra chingada, y quizás fue abierta para dar fruto, o no, pero al abrirse se rajó. Asimismo, la idea de rajar es vista en las áreas culinarias, tenemos por ejemplo la crema de rajas, el rajar un fruto es suerte de cercenarlo, chinglárselo por completo. De allí que rajar y chingar sean ideas afines en el escenario de lo acabado o herido. La raja, un deseo persistente en el hombre.

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