Ilán Semo/ I

Incluso antes de ser exhibida en las salas de cine, la versión cinematográfica inspirada en La Odisea, de Christopher Nolan, ya había cosechado sus primeros frutos. Tan sólo el adelanto de los tráilers y algunas entrevistas a las actrices y los actores bastaron para desatar una suerte de crítica multitudinaria de los historiadores dedicados al estudio de la Hélade. Destaco aquí dos de sus blancos centrales. 

En la cinta, el personaje homérico de Helena, hija de Zeus y soberana de Esparta, cuyo secuestro da pie a la guerra de Troya, es representada por la actriz afromexicana Lupita Nyong’o. Historiadores de la talla de David Hanson critican el trabajo de Nolan por haber puesto en duda la blanquitud de Helena. En la versión de La Ilíada de 2004 (bajo el título de Troya), Diane Kruger interpreta el papel de la reina espartana; y en la de 1956, tocó hacerlo a Rossana Podestà, rubias exuberantes con las que Hollywood construyó el moderno arquetipo de Helena. Cuando Hanson defenestra la elección de Lupita Nyong’o, lo que defenestra no es un error histórico, sino la estructura misma de la identidad que sostiene su propio discurso. Pues, ¿en qué texto de Homero se halla inscrita la ecuación ‘‘belleza = blancura’’? 

La respuesta es: en ningún texto en el sentido de una escritura originaria, sino en una construcción ideológica que se ha naturalizado como “evidencia”. El texto homérico, por el contrario, no contiene tal predicado; sólo contiene una indecidibilidad sobre el cromatismo, porque la Hélade no era una esencia racial, sino una diseminación de islas, de diásporas, de mezclas. La oposición heleno/bárbaro, que tardíamente se volvió decisiva en el siglo III aC, es ya una economía de la diferencia que no puede ser retroproyectada al mundo homérico sin cometer una violencia hermenéutica. Es decir, la distinción entre helenos y bárbaros (los que no hablaban griego), sí llegó a ser decisiva y terminante. No hay duda de que los historiadores llevan puesto el vestido de la ideología como la propia piel, sin siquiera percatarse de los prejuicios que los habitan. 

La genialidad de Nolan se encarga de hacer añicos este vestido: Helena no sólo es negra, sino que su rostro lleva cicatrices. En la épica de Homero, la belleza de Helena es capaz de doblegar o corromper cualquier tipo de poder (incluso el de su marido, el rey Menelao, que está a punto de atravesarla con una espada por haber escapado de casa con Paris). Nolan invierte las premisas de esta condición. La cicatriz de Helena es doble: la de la guerra y la de una mujer marcada. Para una parte de la crítica, la película no es más que otro emblema del “wokismo”. En una época dedicada a defenestrar la diversidad racial y sexual, La Odisea de 2026 representa un auténtico hito lleno de valentía, como debe ser el arte que revela nuestros peores abismos. El arte, si tiene alguna tarea, no es la de restaurar un arquetipo perdido ni la de producir una identidad progresista; es la de revelar el abismo que toda identidad intenta ocultar. 

La segunda crítica severa a la película es que ha simplificado hasta lo imposible la complejidad con la que Homero construyó al personaje de Odiseo. A diferencia de Aquiles, la figura central de La Ilíada (el texto homérico que precede a La Odisea), que es un joven que encarna a la guerra, la ira y el vértigo de la tragedia, Odiseo, en cambio, es un hombre mayor que representa a la astucia y la paciencia, entreverado por el anhelo de sobrevivir y la melancolía, y la imperiosa necesidad de regresar a casa, a su reina y mujer, Penélope, y de rencontrase con su padre y su hijo. Nolan salva esta crítica aduciendo que la cinta no pretende ni siquiera ser una adaptación del original, sino que sólo está inspirada en él. Y, sin embargo, el contraste es inevitable: ¿guarda la cinta algo del espíritu del poema de Homero que nos conmueve hasta la fecha? 

Por lo menos, el filme ha causado un debate álgido entre quienes lo impugnan y quienes lo valoran. En la antigua Grecia, el texto de Homero dividió a sus pensadores de una manera irreconciliable. Heráclito, que sostuvo que se trataba de una “obra hecha para la eternidad”, no dudó en proponer que “a Homero se le debería echar de los certámenes y azotar, y lo mismo a Arquíloco” (el poeta). Porque los poemas de ambos enseñaban mentiras y falsedades. Platón, que también reconocía la genialidad de La Odisea, no fue menos considerado: veía en Homero a un autor “fraudulento” y “mentiroso”, que “presenta a los dioses como inmorales (roban, engañan y conspiran)”. Es el momento en que sugiere que los poetas deben ser expulsados de la ciudad. Aristóteles, en cambio, no cabía en elogios. La consideraba una obra maestra de le épica. Y en Ulises, veía al héroe trágico por excelencia; ni bueno ni malo por completo, sino un hombre con defectos que sabía aprender y sufrir. 

Entre las reflexiones que han aparecido recientemente sobre la cinta de Nolan, la de la crítica C. C. Byrd es, sin duda, la más original y profunda. Además, expresa una idea hasta ahora nunca escuchada. La resumo brevemente. El Odiseo de la película es un “devorador de pecados”, alguien que expía “las malas acciones de otros: busca rectificar no sólo el desorden que se ha apoderado de su hogar, sino enmendar toda la guerra de Troya”. En suma, de la capacidad de reparar su pasado, todo el daño que ha hecho, depende la posibilidad de restituir su rectitud. Así de sencillo y elemental como se escucha, se trata de una nueva y poderosa postura en la filosofía de la historia.

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