Federico Anaya Gallardo

Trataré de terminar, querida lectora, esta serie de reflexiones acerca de la compleja relación de México con los EU trumpistas. La tercera de las crisis que he mencionado es la que estamos viviendo hoy en día. Se trata de la última en una serie, así que para entenderla necesitábamos evaluar lo que ocurrió en las previas. Del mismo modo que en mis dos entregas previas, hoy te agrego mapas de resultados electorales. Nos muestran tres elecciones presidenciales: 2016 (primer triunfo de Trump), 2020 (Biden derrota a Trump) y 2024 (Trump derrota a Harris). Recuerda que la elección presidencial estadunidense es indirecta y que quien gane la mayoría del voto popular en una entidad federativa se lleva todos los electores de ese estado.

Te pido que notes lo que sigue. Primero, que en 2020 el estado de Georgia (GA) y sus 16 electores cambió de rojo (republicano) a azul (demócrata), pero en 2024 regresó a rojo. Una de las excusas del trumpismo para asaltar el Capitolio de DC el 6 de enero de 2021 fue que los demócratas habrían cometido fraude en Georgia en la jornada electoral de noviembre de 2020. En realidad, lo que ocurrió fue lo contrario: el presidente incumbent trató de alterar los resultados para quedarse con esos 16 electores.

El affaire Georgia se ha litigado por cinco años sin resultado en contra de Trump. El asalto al Capitolio derivó en el segundo juicio político (impeachment) contra Trump, realizado en 2021. El cargo era Incitar a una Insurrección. En enero de ese año, la Cámara de Diputados aprobó acusar al expresidente; pero en el Senado –que tiene cien escaños– sólo 57 legisladores votaron por condenarlo (57%). Igual que en México, para condenar a un acusado en juicio político se requieren dos tercios de la cámara alta (67 votos).

El affaire Georgia también se ha litigado a nivel estadual. (Hay que recordar que la elección presidencial en EU es materia local, así que cualquier problema electoral debe dirimirse en la entidad federativa adonde ocurra.) La fiscalía georgiana llevó el caso contra Trump ante un gran jurado (equivalente a nuestro juez de control) en 2023 y el gran jurado del municipio de Fulton acusó a Trump y otras 18 personas de varios delitos, entre ellos presionar a funcionarios estaduales para dar el triunfo a los republicanos, falsificar documentos electorales, amenazar a funcionarios electorales, conspirar para robar documentos y datos electorales. Por estos cargos, Trump fue vinculado a proceso (en nuestro lenguaje jurídico) y debió entregar una fianza de 200 mil dólares en Fulton para conservar su libertad. (De todas maneras, lo ficharon.) Su defensa y la de otros co-acusados han interpuesto diversos recursos, entre ellos una acusación contra la fiscal del caso que puede provocar el cambio de persona a cargo de la acusación. Estas tácticas han retrasado el juicio y no se espera que se reanude pronto. Si fuera condenado, Trump podría enfrentar penas de entre 5 y 20 años de cárcel.

El problema es que la república federal estadunidense es tan antigua que su constitución no prevé nada respecto de candidatos sometidos a proceso penal… ni sobre candidatos condenados… (en el siglo XXI)… ni sobre ex-vicepresidentes que matan en duelo a precandidatos presidenciales y luego conspiran para formar un reino en el valle del Mississippi (en el siglo XIX). Una constitución muy primitiva, ¿no crees?

Porque resulta que –aparte del affaire Georgia– en mayo de 2024, un jurado de sentencia en Nueva York encontró culpable a Trump de 34 cargos por falsificar registros comerciales en un plan para influir la elección de 2016 (en donde el entonces candidato habría pagado el silencio de una actriz de cine para adultos). El juez neoyorquino Juan Merchan (de origen colombiano) presidió el jurado que encontró culpable a Trump y luego lo condenó a “sufrir” un unconditional discharge (es decir, una libertad sin condiciones). Esta extraña sentencia implica que el juez sostiene la culpabilidad de Trump pero reconoce que debe quedar libre de prisión, de multas y de otros castigos para respetar la alta dignidad del cargo de Presidente de la República. Trump –soberbio– se rehusó a esto y al parecer, ha apelado sentencia y condena. Por supuesto, mientras sea presidente es probable que las cortes le reconozcan los “privilegios presidenciales” (executive privilege) y opten por congelarlo todo. La república imperial es una vieja república.

Lo más extraño de los dos casos penales contra Trump, el georgiano y el neoyorquino, es que siendo estaduales, el actual presidente no puede auto-indultarse. Como sea, estos enredos legales te muestran, querida lectora, una grave fragilidad constitucional del segundo mandato trumpiano. Aunque parezcan etéreas e ineficaces, estas cosas importan en EU precisamente porque no hay reglas claras. Nixon abrió esa “lata de gusanos” cuando, para evitar su impeachment en 1974, optó por renunciar a cambio de un indulto general por parte de su sucesor, Gerald Ford. La aparente dignidad/santidad de la institución presidencial ha ido decayendo al tiempo que el sistema constitucional permite una penosa impunidad. Trump es el primer convicted felon que llega a la Presidencia. Lo sabe. Nada puede hacerse en su contra.

Pero como sentenció el bardo: Uneasy lies the head that wears a crown y Morfeo deniega al poderoso lo que regala al pobre: el sueño y el reposo.

Segundo comentario a los mapas. En el mapa de 2016 –que tomé de la página de The New York Times reportando esa elección y que puedes consultar con sus metadatos en la Liga 1– se marcan varios estados que hicieron flip, es decir, que cambiaron de partido: Iowa, Wisconsin, Michigan, Ohio, Pennsylvania y Florida. Todos cambiaron de demócrata (azul) a republicano (rojo). Los tres primeros pertenecen al Corn Belt o cinturón maicero –que la Administración Peña Nieto identificó como vulnerables en la pequeña guerra arancelaria del verano de 2018. (Liga 2.) Ohio y Pennsylvania son más bien del Rust Belt o cinturón de óxido, adonde fue peor la des-industrialización provocada por el libre comercio que tanto afectó a las ciudades-fábrica del Gran Siglo Americano. Florida es caso aparte, pero importa anotar aquí que, luego de que los republicanos lo ganaron en 2016, han mantenido el control de sus 30 electores por ya tres elecciones presidenciales seguidas.

Como ya comenté, en 2020 los republicanos (rojo) perdieron Georgia, pero el trumpismo pudo alegar fraude porque una victoria demócrata (azul) era una anomalía en el Deep South conservador –que se volvió republicano desde 1970. Trump recuperaría Georgia en 2024 –fortaleciendo el discurso conspiracionista del trumpismo más delirante. (Recordemos que uno de los primeros actos del Segundo Trump fue indultar a los condenados por el asalto al Capitolio en 2021.)

Más complejo resultó el panorama de 2020 en los cinturones maicero y del óxido. Los demócratas (azul) recuperaron Wisconsin y Michigan en el país maicero, y Pennsylvania en el país del óxido. ¿Los aranceles-represalia peñistas del verano 2018 ayudaron en algo? En mi entrega anterior ya te había contado que en la elección intermedia de la primera Administración Trump (otoño 2018) los resultados electorales no reflejaron una afectación muy grande en contra de Trump en esa región. (Liga 3.) Sin embargo, en 2020 Wisconsin, Michigan y Pennsylvania regresaron a manos demócratas (azul). Con todo, cuatro años después –en el actual retorno trumpiano– esos tres estados fueron recuperados por los republicanos (rojo).

Así las cosas, los mapas nos indican que esas regiones están en dura disputa; y que en este ambiente, pueden impactar tanto los aranceles y aranceles-represalia como la viabilidad social-cultural de las candidaturas presidenciales. Esto explica en parte por qué la Administración Sheinbaum no está tan entusiasmada con la idea de los aranceles-represalia en este 2025.

Veamos el mapa de 2024. Aparte de Georgia, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, los republicanos (rojos) ganaron otros dos estados: Arizona y Nevada. El primero también ha sido un estado en disputa –pero Nevada llevaba dos elecciones presidenciales votando azul. En otras palabras, la victoria general de Trump de 2024 es más grande de lo que todos los observadores progresistas desearíamos.

En 2016 Trump había perdido el voto popular con 46% (63 millones) frente a 48% (66 millones) de Hillary Clinton. En 2020 los demócratas obtuvieron 51% del voto popular (81 millones) con Biden frente a sólo 47% (74 millones) del republicano Trump. Este resultado hacía esperar que los demócratas se sostuvieran en el poder, pues habían logrado movilizar a sus bases y aumentar la participación general en casi 6%. Pero en 2024 Trump y sus republicanos radicalizados regresaron con más fuerza, ganando 50% (77 millones) del voto popular frente a 48% (75 millones) de la demócrata Kamala Harris. Aunque en 2024 la participación general bajó 2% respecto de la de 2020, lo cierto es que Trump muestra un avance en el número total de votos en sus tres campañas presidenciales: 63 millones, 74 millones, 77 millones. Por eso el trumpista radical Steve Bannon sigue atizando la idea de una reforma constitucional en EU que permita un tercer periodo presidencial para Trump. (Liga 4.)

Mapas y cifras te muestran, querida lectora, que pese a la fragilidad constitucional del segundo mandato trumpiano, en términos de apoyo popular el trumpismo ha venido creciendo de modo constante. En otras palabras, el aumento de la participación popular a partir de 2016 no benefició sólo a los demócratas; sino que sería un síntoma más de la polarización social causada por la desindustrialización de la gran potencia del siglo XX.

Todo lo anterior ¿qué tiene que ver con la gran guerra arancelaria que Trump ha iniciado? ¿O con el ataque a la libertad de enseñanza en las universidades? ¿O con el aparente desmantelamiento de parte de la burocracia federal estadunidense? Todo.

La ideologización del Partido Republicano como uno de los baluartes del “neo-conservadurismo” (que en economía se llamó “neo-liberalismo”) no empezó con Trump. La tendencia ya era evidente desde el ascenso de Reagan en 1980 y aún antes, cuando la decisión del demócrata Lyndon B. Johnson de apoyar los reclamos del movimiento por los derechos civiles rompió la alianza del Partido Demócrata con la vieja élite del Deep South. La lucha de los republicanos, del Tea-Party y de toda la Alt-Right que apoya al trumpismo contra el multiculturalismo “woke” es parte de esa batalla ideológica –en la cual se ofrece “protección” a la aterrada minoría caucásica en contra de los avances de otras minorías. Ese discurso atrae al votante blanco de los cinturones maicero y del óxido al campo trumpista. Pero también atrae a las secciones de otras minorías que anhelan integrarse en una clase media al estilo de los años dorados de la hegemonía capitalista estadunidense (los 1950). Esos sectores apoyarán a Trump en su extraño nacionalismo comercial, más allá de las advertencias racionales contra los aranceles que han expuesto los economistas bien informados –como Luis de la Calle. Make American Great Again se dice “MAGA” en las cachuchas rojas de ese movimiento popular caucásico. Los mexicanos lo leemos en castellano y nos suena que esa mitad de la ciudadanía estadunidense ha decidido seguir irracionalmente los dictados de brujos y brujas.

Desde México, también vemos que las y los seguidores de esa maga ya no buscan quién se las hizo, sino quién se las pague. El trumpismo desorganiza la burocracia del Leviatán imperial y se pelea judicialmente con estados federados y con trabajadores despedidos de agencias federales en un verdadero acto de venganza en contra del big government creado en su discurso ideológico. Aunque lo hagan defendiendo la unified executive theory (“teoría del ejecutivo unitario”) reaganiana, como explicaba Bannon hace pocos días (Liga 4), la postura sólo les asegura seguir vigentes en las mentes y corazones de los votantes republicanos –a quienes no les interesa la importancia que tiene para la república imperial una agencia intervencionista como USAid; sino ver a los burócratas federales humillados.

La paradoja es que, en el corto plazo, esos “tiros en el pie” fortalecen aún más a Trump. Por eso Bannon profetiza que el 20 de enero de 2029 Trump protestará en el Capitolio para un tercer mandato… Sólo les interesa la política interior. No el papel geoeconómico y geopolítico de EU. No la posibilidad de que la gran guerra arancelaria evolucione en otra cosa. El reto para México es grande. ¿Qué hacer?

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.nytimes.com/elections/2016/results/president

Liga 2:
https://julioastillero.com/las-crisis-de-trump-con-mexico-1-la-pequena-guerra-arancelaria-de-2018-autor-federico-anaya-gallardo/

Liga 3:
https://julioastillero.com/las-crisis-trump-con-mexico-2-los-migrantes-y-el-obradorismo-autor-federico-anaya-gallardo/

Liga 4:
https://www.youtube.com/watch?v=hsGaj6WFrX0

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