Luis Ricardo Guerrero Romero
Como todo buen narrador de una historia comenzaré por citar mi descontento por la trama que tejen estas palabras, pues en realidad nadie quería exponer estas líneas en donde se describirá que Nerida (una reciente amiga de Mathis, joven antropólogo de descendencia alemana que había llegado a Campo Alegre a realizar una investigación, pero hubo de accidentarse hiriéndose un hombro) efectivamente las tiene blandas. El contexto de este relato se sitúa ahora mismo siendo las 5:45 pm en una comunidad poco conocida de San Luis Potosí: Campo Alegre (código postal: 78406). Aquí en Campo Alegre el sonido de La Bestia lleva y trae los recuerdos, dolores, esperanzas y alguno que otro triunfo de quienes al igual que una carga viajan a Laredo-México en busca de un poco de reposo. Pero los recientes enamorados Nerida y Mathis hallan ese reposo recostados debajo de la seca y rala sombra de huizache. Esperando a que anochezca como es costumbre de los enamorados el huizache se siente acompañado por el calor de los besos furtivos. 7:30 pm, el tiempo parece fugaz cuando dos amantes se encuentran y más fugaz debe ser cuando Nerida tiene ya cuatro años esperando el regreso de su esposo, quien decidió probar suerte a bordo de La Bestia. Por su parte Mathis tiene un poco de culpabilidad porque sabe que en San Luis Potosí es inmoral ante los ojos de Dios tocar a una mujer ajena, pero su carne, deseo y lujuria tienen años en el desacato divino. Lo que más le gustaba a Mathis de Nerida era que al tocarlas las tenía blandas, y aunque muchos de sus amigos decían que una verdadera mujer debe tenerlas “duritas” a él le enloquecía lo que podía hacer ella con esa blandura. Era lo blandito lo que le enamoró, y con simpatía Mathis expresaba: ¡qué suerte caer en blandito! Nerida, no pensaba que las tuviera tan blandas y por más que las usara para varias actividades su blandura no se perdía. La noche cayó sobre el huizache y los amantes cayeron ante la noche; así que Nerida invitó a Mathis pasar a su casa construida con las manos duras de su esposo desaparecido, y allí con el cariño naciente de un nuevo amor Mathis apretó, besó y acarició a Nerida mientras le decía al oído: —Las tienes muy blanditas y me gusta acariciarlas. Nerida se reía de ese halago y adjudicaba lo terso de sus manos a la constate elaboración de tortillas, oficio que desempeñaba desde pequeña, aunque también tenía ya varios años haciendo curaciones con sábila actividad que le había permitido conocer a Mathis en aquel accidente donde éste se hirió el hombro izquierdo.
“Caer en blandito”, una expresión que suele emplearse para muchas circunstancias incluyendo en esta donde un joven investigador se enamoró de lo suave y blando de las manos de una mujer de comunidad. No sabemos hasta dónde llegó esa historia pues el narrador no lo especificó, pero sabemos cómo hoy la idea de lo blando nos parece agradable en una mujer o bien en algo cómodo, por ejemplo: se prefiere un colchón blando al duro; carne blanda a dura; caricias blandas a duras, aunque esta última idea parece forzada es la que dio origen a la palabra blando. Del latín blandiri (hacer caricias), aunque esta palabra también es usada de modo metafórico como ejemplo de aminorar la fiereza, es decir suavizar algo que en sí es fuerte. Con una vocal (a) como prefijo relativo a, blandiri se expresó como: ablandiri> ablandar. De allí que las caricias y las tortillas se prefieren blandas.




