Luis Ricardo Guerrero Romero

Entre 5 y 7 puestos de tacos, un par de hamburgueseras; en el tramo de tres cuadras, tres locales de elotes de sabores, naturales y combinados con comida chatarra. Más o menos unos 6 bares o lugares para beber alcohol, depósitos de más alcohol, tiendas de abarrotes que se sostienen mucho más por la venta de cervezas que por los productos de la canasta básica. Un par de cafeterías donde también venden tipos de café con algún licor.

Un maldito ciudadano dueño de una ferretería, de corte cristiano, con sus hijos en colegios de monjas, vende cotidianamente de modo indiscriminado solventes abrasivos a niños, adolescentes y adultos. Ya lo reportamos muchísimas ocasiones, pero él es amigo de los policías, su amistad apesta a dinero. Ojalá algún día sus hijos lo hagan entender, ojalá sea con el ejemplo cuando vea disolverse el cerebro de su hijo, atrofiado por algún tipo de sustancia de venta libre en su propia ferretería.

Todos los puestos y locatarios que fueron ya enlistados se han quejado del distribuidor, porque sus más fieles clientes, rondan como zombis la calle donde habitamos. Hay algunos de los taqueros que enfilan y afilan sus cuchillos esperando el ataque de los clientes de la ferretería, las dueñas de los depósitos parecen tener una prisión en lugar de un punto de venta de alcohol. Pinche señor de la ferretería y también cretinos policías que prostituyen nuestra seguridad. Espero su dinero extra, les dé para comprarse una conciencia en el mercado negro. Ya no estamos molestos, ya sólo nos acompaña una lipemanía callejera.

La voz del personaje del texto anterior parece estar quejándose, pero también parece que no sabe si es él mismo quien tiene la ferretería, o si es él, el hijo del malnacido comerciante. Además, uno puede suponer que sí está sucediendo, en calles tan comunes se ve cómo algunos policías son los protectores de aquellos que incurren y perjudican la paz de una calle, una colonia.

Sin embargo, sabemos que lo que nos tiene aquí es el desmenuzado de alguna de las palabras que nuestro título nos expone, tal es el caso de la palabra: lipemanía. Proveniente de la unión del antiguo griego: Λυπη (lype> lipe: dolor; y, μανια> manía), lipemanía. Así es posible describir aquella melancolía o tristeza que se vive o experimenta. Salta a la reflexión que, tal palabra no se traduce como una locura o deseo por el dolor; a la vez de distinguir que este dolor es de tipo emocional y no físico, como lo son los helenismos: algia y odinia. Con frecuencia uno dice tener dolor como una emoción, un sentimiento que efectivamente cala, lastima. Aunque no se sabe en dónde duele, duele; aunque no se entiende cómo sana, queda la lipemanía a la sombra de otro nuevo cruento suceso.

l.ricardogromero@gmail.com

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