Ignacio Betancourt
Cuando a un gobierno en su totalidad, lo único que le interesa es convencerse a sí mismo de que en el país donde se actúa no hay problemas y se gobierna con sensatez (aunque sólo sea una gigantesca mentira), cualquier posible solución se vuelve inalcanzable pues es bien sabido que los conflictos ignorados no desaparecen ni mucho menos se resuelven con puro voluntarismo canallesco. Los grandes problemas de cualquier lugar requieren de cambios concretos, las mentiras simplemente robustecen lo trágico hasta volverlo algo sin solución, incluso al paso del tiempo los errores institucionalizados sufren una especie de metástasis donde se comienza a contaminar todo hasta generar las crisis que corroen la totalidad de las instancias de poder, esto inevitablemente lleva al desmoronamiento más estrepitoso, situación que obviamente no sólo afecta a los propios gandallas establecidos sino a la sociedad en su conjunto.
Buscar a toda costa la propia e inexistente honradez, en lugar de corregir lo que afecta a la funcionalidad del conjunto gubernamental sólo propicia el autoperdón y el autoelogio y genera una forma de autodestrucción donde lo más nefasto encuentra situaciones ideales para su propio florecimiento y el de la impunidad más espectacular. Entonces la Nación se convierte en una paradoja monstruosa que lo destruye todo al generar la ilusión de poder continuar indefinidamente con la depredación, sin percibir la lenta manera en que la cotidianidad del aparato empoderado se pudre (basta ver o escuchar a cualquier integrante del gobierno o al mismo Peña Nieto). Ignorar la urgencia de un cambio, producto entre otras cosas, de actitudes esquizofrénicas en donde lo concreto deja de observarse de manera objetiva no puede conducir más que a un abismo.
Si día a día la realidad incrementa su descomposición, México se convierte en el lugar ideal para la proliferación de todo tipo de autoritarismos, que por cierto son la única manera de sostener y mantener la disfuncionalidad más espectacular sin remediar nunca las condiciones que la propician; tan devastadora situación hace perder los límites entre deseos y contextos profundizando la descomposición social generalizada, y alejando toda posibilidad para que la política (o una mínima racionalidad) opere como estrategia útil para la solución de los comportamientos más aberrantes. Cuando se impone de manera abrumadora la descomposición de prácticamente todas las instancias y comparsas cómplices, la existencia de funcionarios y ciudadanos se envilece e inevitablemente se va contaminando todo. Y entonces sí, no hay demagogia salvadora del naufragio generalizado, ni represión que garantice el mantenimiento de un mínimo de responsabilidad pública.
Si en un individuo suele ser lamentable la autocomplacencia y el engaño de sí mismo, en un gobierno nacional (y élites acompañantes) se vuelve una especie de crimen de Estado en donde el mal se multiplica entre millones de seres humanos y el desbarajuste resulta fenomenal. En este país, donde cada vez más se encuentra cercano el final de una manera de gobernar, urge la construcción de una alternativa verosímil e incluyente, que sólo puede generarse desde la organización de las mayorías afectadas. Como bien decía el poeta alemán Bertolt Brecht: Uno sólo no puede salvarse./ O todos o ninguno.





