Ignacio Betancourt

Escribió el poeta salvadoreño Roque Dalton (1935- 1975) refiriéndose al General Martínez presidente de su país: Dicen que fue un buen presidente/ porque repartió casas baratas/ a los salvadoreños que quedaron… Las formas en que los abusos del poder intentan disfrazarse son muy parecidas a lo largo de los siglos, no así las maneras en que los pueblos más tarde que temprano logran deshacerse de sus depredadores.

En el México aguantador de las increíbles agresiones que toda clase de poderes le asestan a su población, pareciera que se está transitando del “te maltrato pero te doy migajas”, al “háganle como quieran pero policías y soldados y marinos y jueces y ministerios públicos y narcos y códigos y leyes y espías y todo lo demás, habrán de darles lo que se merecen”, es decir, uno de los más graves “delitos” que actualmente puede realizar la ciudadanía es no soportar calladamente los peores abusos, sean cometidos por trasnacionales o por gubernamentales (es lo mismo). De hecho, toda normatividad institucionalizada se produce con el único fin de someter al ciudadano (los ejemplos sobran, elija el lector).

La aniquilación de naturaleza y sociedad como resultado inevitable de lo que el llamado capitalismo salvaje denomina “progreso” habrá de traducirse en la aniquilación por igual de poderosos y débiles. Recuerdo ahora una “fábula pánica” de las que publicaba Alejandro Jodorowsky en forma de caricatura en el periódico Heraldo del DF en los años setenta del pasado siglo: Se veía un arquero disparando una flecha contra el horizonte, el que enseguida caía al suelo atravesado en la espalda por su propia flecha. Sobre tal imagen podía leerse: Arquero, nunca dispares flechas mortales, porque la Tierra es redonda.

Una de las peores estupideces que cualquier ser humano puede realizar es el suponer que la impunidad es eterna. Quienes depredan a humanos o a territorios, imaginan que tal acción desaparece si se le olvida u oculta, torpemente se empeñan en creer que así como propician la desaparición de ciudadanos pueden desaparecer las consecuencias de los actos del poder. Ciertamente transcurrirá el tiempo pero como nada se crea ni se destruye y sólo se transforma, las consecuencias de los ataques a la tierra, al agua, al aire, al ciudadano de a pie, a los vegetales, a los animales, a todo eso que habrá de permanecer en secreta e inevitable transformación, garantizan el deterioro del entorno natural y social en donde los transgresores y sus familias se suponen intocables y eternos ¿Qué guardaespaldas salvará de un sueño a los ojetes?

Entiendo que tal vez lo más verdadero sea aquello de que nada se destruye porque se transforma, de ahí que en los cambios sociales la prisa nunca sea buena consejera, ni el puro deseo de cambiar resulte suficiente. Si se revisa la causalidad (cada asunto con su específica metodología) de eso que llamamos lo real, se puede descubrir que el abuso no existe en la naturaleza (salvo en la especie humana). También podría decirse que el predominio de lo abusivo es, entre otras cosas, la expresión más acabada de la ignorancia, aunque deberá aclararse que en el combate a la misma no basta la educación escolarizada pues ningún grado académico salva de la estupidez (si no, cómo explicar tanto doctor entre quienes toman decisiones que afectan mayorías, produciendo tan deplorables resultados); el antídoto será entonces la acción lúcida, cualquier intento experiencial puede iluminar el camino de las indispensables confrontaciones, siempre y cuando se piense para actuar y no sólo para seguir pensando (supongo).

Retomado las novedades en la tortuosa relación entre la Secretaría de Cultura del Estado y el grupo de artistas y académicos independientes integrados en el Colectivo de Colectivos, quienes luego de haber impedido la arbitraria desaparición del Centro Cultural Mariano Jiménez (CCMJ) siguen soportando las agresiones y las más inimaginables amenazas, pero siempre intentando mantener una presencia ciudadana en el funcionamiento del CCMJ; habrá que señalar algunas de las nuevas experiencias que los colectivos han experimentado en tan sólo un mes de haber recurrido a la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH): cuando a principios de abril los representantes del Colectivo de Colectivos acudieron a la CEDH para denunciar el incumplimiento de los compromisos firmados entre los representantes de la Secult y los del Colectivo de Colectivos, esperaban por lo menos un señalamiento hacia los infractores, sin embargo, lo ocurrido ha sido sorprendente. Cuando el secretario de Cultura respondió por escrito a la CEDH con mentiras tan evidentes como el decir “que se ha proporcionado al quejoso la información respecto de las actividades planeadas en el Centro Cultural Mariano Jiménez…” sin ningún documento que respalde su dicho, la reacción de la CEDH fue demorar dos semanas la información de tal respuesta a los colectivos (y pareciera que dando por hecho que lo expresado por el funcionario era verdad). Pero no solamente lo anterior resulta preocupante, en las pocas semanas de acudir a tal instancia los representantes de los colectivos se percataron también de que de un oficio a otro, el número de su inicial expediente había cambiado. Lo anterior plantea una obligada pregunta: ¿En qué medida ocurren hechos similares en la multitud de casos que ahí se presentan?

De cualquier modo los colectivos mantendrán la relación con la CEDH, sin omitir la difusión de sus peculiares maneras de proceder; igualmente continuarán reclamando el cumplimiento de los compromisos firmados entre la Secult y el colectivo; además esperan que el secretario de Cultura cumpla la solemne promesa realizada el pasado 3 de mayo a sus representantes, a quienes ofreció impedir el secuestro de sus utensilios de trabajo, documentos, cuadros, títeres, etcétera, que hace más de una semana realizara el “encargado” del CCMJ de nombre de Alfredo Narváez Ochoa, quien sin previo aviso (¿con la complicidad del secretario?) cambió la cerradura del lugar en donde hace más de un año los colectivos imparten talleres en el CCMJ, ignorando lo firmado entre la Secult y el Colectivo de Colectivos. ¿Acaso influye en la permisividad de tales abusos el parentesco del “encargado” con el diputado Óscar Vera del Partido Conciencia Popular o con la periodista de Pulso Adriana Ochoa?

Concluye esta columna citando al poeta con el que dio inicio la misma. De Roque Dalton, su poema titulado El descanso del guerrero: Los muertos están cada día más indóciles./ Antes era fácil con ellos:/ les dábamos un cuello duro una flor/ loábamos sus nombres en una larga lista:/ que los recintos de la patria/ que las sombras notables/ que el mármol monstruoso.// El cadáver firmaba en pos de la memoria/ iba de nuevo a filas/ y marchaba al compás de nuestra vieja música.// Pero qué va/ los muertos/ son otros desde entonces./ Hoy se ponen irónicos/ preguntan.// Me parecen que caen en la cuenta/ de ser cada vez más la mayoría.

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