Luis Ricardo Guerrero Romero

Mientras una buena parte de la población se debate entre ver el futbol o realizar sus labores, en el mesabanco del bachillerato, Romina rótula la siguiente cita: “Todas las familias felices se parecen, pero todas las familias desgraciadas lo son cada una a su manera”.

Qué tendrá en su ser aquella carismática adolescente, que con esta célebre frase de la novela Ana Karénina, de León Tolstói, podríamos comenzar una reflexión sobre aquellas realidades que exceden la medida común de las cosas. El amor, la dicha, el dolor, la guerra o la esperanza suelen adquirir, en ciertos momentos de la vida, proporciones tan vastas que parecen escapar a todo cálculo humano. Para nombrar esa grandeza desbordada, el español heredó una palabra tan sonora como poderosa: ingente.

La historia de este vocablo nos conduce al latín clásico. Allí encontramos el adjetivo ingens, ingentis, empleado para designar aquello que era enorme, inmenso, extraordinario o desmesurado. Los romanos recurrían a él cuando una realidad parecía sobrepasar los límites habituales de la experiencia. Así, podían hablar de una ingens arbor (árbol gigantesco), de una ingens multitudo (multitud inmensa) o de un ingens dolor (dolor inconmensurable).

Los filólogos suelen señalar que ingens contiene una idea fascinante: no alude únicamente al tamaño físico, sino también a la intensidad. Lo ingente es aquello cuya magnitud sorprende, abruma o maravilla. De ahí que el término sobreviviera al derrumbe del Imperio romano y llegara hasta el español conservando casi intacta su fuerza expresiva.

En nuestra lengua, ingente continúa siendo un adjetivo de noble estirpe literaria. Decimos que una biblioteca posee un acervo ingente; que un científico realizó un trabajo ingente; que una ciudad enfrenta una ingente cantidad de desafíos; o que una montaña se eleva con una presencia ingente sobre el horizonte. En todos los casos, la palabra comunica una sensación de amplitud extraordinaria.

De esta raíz latina derivan expresiones y construcciones relacionadas con la idea de grandeza, aunque no abundan los descendientes directos. Más frecuente es encontrarla acompañando a sustantivos como esfuerzo, fortuna, caudal, multitud, riqueza o responsabilidad. Su parentesco semántico la acerca a vocablos como gigantesco, enorme, colosal, descomunal e inmenso.

Quizá por ello la palabra conserva una elegancia singular. Mientras “grande” describe, “ingente” evoca. Mientras “enorme” informa, “ingente” impresiona. Es una voz que nos recuerda que existen dimensiones —materiales o espirituales— cuya amplitud parece desafiar la medida humana. Y en esa desmesura, heredada del antiguo ingens, ingentis, sigue resonando la capacidad del lenguaje para nombrar aquello que, por su magnitud, casi resulta imposible abarcar, tanto como la decepción de Romina, por desear estudiar, en lugar de que den el día para ver el futbol.

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