Luis Ricardo Guerrero Romero
Ya se aproximaba la fecha para iniciar el trato, iba ser una tregua por aquello de la tradición, así que los miembros de distintitas pandillas, junto con sus amadísimos papás, acudían al santuario devotamente con veladoras y diositos de diferentes advocaciones, y allá en el santuario todos se congregarían para recibir la bendición hecha agua, por manos del rey del ocio, conforme éste pasaba un hisopo escupía lo último de sagrado que le queda a la madre iglesia. Finalmente, el rito acabó, y mientras en la sacristía el hombre coqueteaba con la feligresa, cada integrante pandillero, con rosarios y medallas, se retiraba en paz, pues esa noche imploraron a su dios, salir con vida del amotinamiento próximo a realizar. El trato estaba cerrado.
De entre las múltiples definiciones o a veces gregarias que se han escrito sobre qué es el hombre, habremos de distinguir por ejemplo cuando Aristóteles dijo que somos un animal político, y otros pensadores indicaron: somos el animal capaz de escribir y hablar, el hombre es una ligera cuerda para llegar al súper hombre, o la idea freudiana de ser un manojo de emociones, cada una de estas ideas sin duda tiene un peso y un significado según el área social a la cual se canalice, pero hay otra idea sobre el hombre quizás más trascendente que cualquiera: somos el animal capaz de negociar. Cotidianamente entendemos la idea de negociar como una suerte de mercar o como el trabajo que rendirá beneficios económicos. Todo mundo negocia con todo mundo, y hay quienes no son de este mundo (seres no racionales) y negocian con Dios, y le rezan y explotan pirotecnia, en lugar de hacer una oración explosiva, truenan sus bolsillos para quedar bien con su fe estatuaria. Cada quien parece recrear el concepto negocio según su conveniencia, por ejemplo, en algunos administradores y economistas esto no es sólo un estilo de vida o arte que precisa de todas sus habilidades, sino una vocación a los valores económicos, para los vendedores ambulantes –ornato de nuestra ciudad–, representa su misma esencia; sin embargo, en cuestiones de la palabra el negocio representa un rotundo no a la holgazanería, ya que el verbo negociar tiene su sentido a partir de la negación latina: ne, (prefijo que indica privación o rechazo) –un rechazo al ocio–. La formación de la palabra negocio, incluye el mencionado prefijo, que sumado al sustantivo latino: otium [ocium], ocio; conformó la palabra e idea negotium, (la /g/ intermedia funciona como una consonante eufónica). En tal sentido, el negocio es un rechazo a la recreación o divertimento, los negocios deben ser actos de seriedad en donde se puntualice cada paso del proceso, ya sabemos que, hasta los matrimonios perdurables asumen negociar sus intereses en función de llevar una vida unidos, quien no negocia con seriedad, no es humano.
El negocio es tan formal que al no ser completado se encuentran abierto, expuesto a todos y a todo, herido. Con amplia certeza se dice que el negocio está cerrado cuando éste se ha consumado como se pensó. –Oye Ernesto, ¿cómo te fue con la compra de los incunables de Egipto?– ¡Magnífico! Negocio cerrado.
En otras palabras, podemos entender que todo acto comprometido es un negocio, por ejemplo, al dormir nuestro cuerpo negocia con el colchón, las fórmulas, hipótesis, teorías y comprobaciones experimentales, también negocian al ser ejecutadas, todo lo que no sea ocio, en definitiva, es un negocio. Las negociaciones son tratos y no maltratos.





