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El origen del patriarcado: una visión desde la arqueología. Parte 3

Chessil Dohvehnain

Al igual que todas nuestras amigas, hermanas, madres, tus primas, enemigas, o tu crush femenino, los bonobos hembra (chimpancés pigmeos del Congo central con quienes compartimos cerca de 98% de nuestro genoma), no tienen periodo de celo, ya que su actividad sexual, al igual que la actividad sexual de las mujeres humanas, no es exclusiva de la reproducción. De hecho las bonobas tienen una actividad sexual aún mayor, donde el sexo es un instrumento de comunicación y de relación interpersonal.

En sus propias sociedades altamente cooperativas, las hembras asumen posiciones dominantes llegando a decidir los movimientos grupales. Incluso las hembras permiten que los bonobos machos cuiden a las crías a veces permitiéndose ser protegidas por ellos. Algo que los machos presumen en sus comunidades, y que no es visto en sociedades de chimpancés comunes. Por otro lado, los bonobos presentan poco dimorfismo sexual (diferenciación de tamaños corporales entre hembras y machos), a diferencia de otras especies, con lo que la jerarquía entre sexos que podría existir en sus comunidades por ese motivo, es ausente.

Por lo que, para Almudena Hernando, desde el punto de vista biológico, la maternidad no implica una identidad dependiente, ni relacional, ni genera relaciones de poder por sí misma. ¿Pero qué ocurre con los Australopitecus y los primeros homínidos? ¿Tenemos evidencia de lo que hoy llamamos relaciones de género en cada especie?

El surgir de la maternidad

Sabemos que entre los Australopitecus (nuestros ancestros directos antes de llamarnos Homo lo que sea), sí tenían dimorfismo sexual. O sea, había diferencias de tamaño entre machos y hembras, como se ve en la evidencia de huellas de Australopitecus afarensis en el sitio paleo antropológico de Laetoli en Tanzania, o como se observa en el cráneo de un macho de la misma especie descubierto en 1992 en el sitio arqueológico de Hadar, Etiopía, conocido como el ejemplar AL-444-2.

La evidencia parece sugerir la posibilidad de que los Australopitecus vivían en sociedades jerárquicas-oligárquicas de machos dominantes, según el arqueólogo Manuel Domínguez Rodrigo. Pero la evidencia paleo antropológica de los primeros homínidos muestra un panorama diferente. Esto a raíz del cambio genético en nuestra especie que, según investigadores, ocurrió hace algunos 2.5 millones de años, y que nos diferenció a los homínidos de nuestros ancestros los Australopitecus. Ese cambio se conoce como Neotenia B.

Tal cambio genético alargó el periodo de vida fetal de las crías homínidas a 21 meses, de los cuales solo 9 son soportables intraútero. De lo contrario, las crías no podrían atravesar el canal de parto (pregúntale a un médico si tienes dudas, querido lector), por lo que las crías homínidas se vuelven frágiles al tener que pasar una buena parte de su “vida fetal” bajo el cuidado de la madre, mientras el organismo permite que el cerebro alcance la mitad del tamaño que tendrá en la vida adulta.

Según Almudena Hernando y otros, este cambio evolutivo pudo posibilitar la reestructuración total de las relaciones sociales de nuestros ancestros para garantizar la supervivencia de las crías.

Y en ese momento, hace unos 2.5 millones de años con el surgir del Homo erectus, al sexo como herramienta de cooperación y cohesión social pudo sumarse entonces el lenguaje como instrumento de comunicación. Desaparece el dimorfismo sexual, y quizá también con ello desaparecen las jerarquías de dominio que este trajo en los Australopitecus. Además parece surgir entonces algo de gran relevancia para nuestra historia evolutiva: la complementariedad de funciones para el cuidado de la descendencia.

Ahora bien, la neotenia B es lo que implicó un aumento en el tamaño de nuestro cerebro, y con ello se modificaron las proporciones de consumo energético de nuestros órganos. Se dice que el cerebro consume la quinta parte de la energía total del cuerpo, por lo que el aumento de su tamaño debió implicar un mayor consumo energético en los homínidos a diferencia del consumo energético ocurrido entre los Australopitecus. Y ese aumento se produjo con el descenso del consumo energético de otros órganos, lo que sucedió, de hecho, con el tracto intestinal.

Según la hipótesis del tejido en expansión que Leslie Aiello y Peter Wheeler presentaron en la prestigiosa revista Current Anthropology en 1995, nuestro tracto intestinal omnívoro es más corto y consume menos energía a diferencia del tracto intestinal que poseían nuestros ancestros herbívoros los Australopitecus. El consumo de carne, que proporciona más proteínas con menor consumo (sorry not sorry paleo veganos), propició este cambio junto con la transformación en el diseño del cuerpo de nuestros ancestros.

Nuestro tracto intestinal dejó de ser cónico (Australopitecus) y se volvió cilíndrico (Homo erectus), pero sobre todo las hembras cambiaron su diseño fisiológico: la cresta del hueso de ilión de la pelvis aumentó su tamaño y con ello sus caderas, definiendo una cintura marcada en las mujeres, presuntamente perdiendo músculo por depósitos de lípidos o grasa.

En este momento evolutivo revolucionario de hace 2.5 millones de años, donde el Homo erectus aparece viviendo en sociedades sin machos dominantes por la ausencia del dimorfismo sexual, y donde las sociedades se vuelven cooperativas y hay una complementariedad de funciones para garantizar la supervivencia de las crías, las mujeres parecen tener la exclusividad de la gestación y el amamantamiento de los hijos. La maternidad entonces, en sí misma, no implicaría relación de poder alguna.

Y es en este peculiar contexto biológico y evolutivo que hay que preguntarnos, ¿cómo es que entonces la maternidad surgida pudo servir de base para el establecimiento de relaciones de poder desigual a favor de los hombres, entendiendo al patriarcado como un sistema que estructura la parte masculina de la sociedad como superior y con autoridad por encima de la parte femenina?

El origen del patriarcado: un acuerdo mutuo

El patriarcado no puede justificarse biológicamente. ¿Se podrá culturalmente? Para Almudena Hernando sí, y de alguna manera relacionado con la maternidad. Para ella, muchas feministas al menos hasta los primeros años de este siglo, asumían que la mujer siempre ha tenido una misma forma de identidad. Y fue hasta tiempos muy recientes que las mujeres han comenzado a rebelarse a siglos de relaciones de explotación y subordinación, en buena medida gracias a las herramientas de pensamiento que les brindó la Ilustración.

En otras palabras, es como si las feministas de diversas corrientes (al menos hasta la primera década del siglo XXI) supusieran que existe una especie de identidad femenina universal y transhistórica que debe ser recuperada a toda costa de la opresión masculina.

Pero la pregunta clave entonces surge: ¿por qué las mujeres se dejaron explotar sin oponer resistencia? ¿Qué fuerza tenían los hombres para establecer una relación de poder desigual en todas las sociedades conocidas? Desde un punto de vista marxista o materialista, si solo se piensa en las condiciones materiales de existencia, según Almudena Hernando uno se topa con un callejón sin salida.

Porque según ella, al momento de querer responder estas preguntas solo hay dos caminos bajo ese punto de vista: o las mujeres tenían menos recursos, inteligencia, independencia y fuerza para oponerse a los hombres, o simplemente el origen de la opresión, de la desigualdad y del patriarcado se queda sin explicación.

Como vimos en la segunda parte de estos textos (https://lajornadasanluis.com.mx/opinion/el-origen-del-patriarcado-una-vision-desde-la-arqueologia-parte-2/), para la arqueóloga las sociedades antiguas tenían identidades relacionales que configuraban la personalidad de nuestros ancestros, así como su forma de sentir o ver el mundo, y de relacionarse con la naturaleza y entre ellos mismos. Las relaciones sociales que nos sugiere la evidencia como consecuencia, al menos para Almudena, también sugieren que el patriarcado solo puede explicarse porque las mujeres ayudaron a establecerlo y sustentarlo.

En otras palabras el patriarcado pudo surgir como un acuerdo mutuo entre todas las partes, en donde las mujeres participaron no por coerción de su voluntad o por represión, sino que lo hicieron en libertad, iniciando un proceso donde dicha opresión no estaba implicada. Y propone dos premisas que podrían permitir abordar una explicación alternativa de la desigualdad que conllevó dicho acuerdo con el tiempo:

Primero, que no existe algo así como una identidad femenina (ni masculina) esencial y transhistórica, sino que al contrario y como ya hemos visto, las identidades se construyen social y culturalmente en el tiempo y el espacio, y por tanto tienen historia y cambian con ella. Y segundo, que cuando la complejidad socioeconómica es reducida (como vimos en la segunda parte), las relaciones de género no son de explotación ni de subordinación. En la última parte veremos cómo afecta esto al proceso de inicio del patriarcado.