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Luis Ricardo Guerrero Romero

En el caso remoto de que volviéramos a nacer, —dijo aquella vaticinadora—, muchos de nosotros naceríamos en otra madre. A lo que un gran porcentaje de los allí presentes prefirió ya no pensar en la remota opción. En aquel sitio había personas de todas edades, incluso los que aún no hablan, incluso los que hablan de más, credos, trabajos, inclinaciones sexuales, y demás quimeras elecciones.

Hubo pues unos poquísimos de los presentes que optaron por nacer de nuevo, aunque eso implicara nacer de otra madre. La postura de éstos fue pensar que cualquier madre que les pariese iba ser mejor o igual que la que en esta vida les dio. Tal idea, detonó la batalla. El gran número de los asistentes rechazó la postura de los que les daría igual tener otra madre, dijeron que, otra madre es prácticamente otra vida, incluyendo los huérfanos, quienes también compartieron la idea de: otra madre es prácticamente otra vida. De allí no faltó el curioso que haciendo juego con las palabras dijo: —con razón, a las personas ruines y patanes, les decimos que: “no tienen madre”—. En cierto sentido su juego era entendido, puesto que, si la vaticinadora apuntó volver a nacer, es cambiar de madre, en el presente aquellos que “no tienen madre” han optado por hacer otra vida. Los des-madrados, no son aceptados en la sociedad, nos molesta, y a veces apena la forma que llevan de vida. Seguramente no entendemos su modo de vivir, porque ellos están en otra vida.

En cambio, los que sí queremos ser vistos con madre, a los que la sociedad los ve dentro de la norma, a esos los acompaña el brío, el brío que otorga el tener madre. Entonces nos dimos cuenta de que, vivir como si no se tuviera madre, es esa remota idea de re-vivir, y vivir con brío, es vivir el presente, vivir con madre, vivir a madres, aceptar el madrazo para resolverlo. Por eso aquello sin brío, no vale madre, y aquello que está más que genial, está con madres.

La vaticinadora interrumpió las divagaciones, y a todos los presentes nos auguró incertidumbres, aciertos, alegrías y penas. Luego se quitó el delantal y se sentó a comer con nosotros, ya fuera de su papel y dentro de su vocación de madre con brío.

Ninguna novedad nos sobresalta al pensar que, en los seres humanos, la figura maternal en Oriente y Occidente es algo indescriptible, en la mayoría de los casos, porque son geniales, y en algunos otros, lamentables, porque ese paradigma maternal se ve ofuscado por otro tipo de mamás que también son capaces de odiar a sus hijos. Sea como fuere, hablaremos del brío que nos dan esos seres vaticinadores.

Se nos ocurre esta palabra: brío, herencia del griego βραιαω (braiao> briao> brío); porque si alguien forja en el hombre (me refiero varón y varona, el ser hombre incluye la humanidad) energía, atrevimiento, carácter, es la madre. Muchos apelarán con que es falso, conque es un estereotipo, pues suponemos que esos seguramente han decido matar a su madre ideológicamente hablando.

Ahora bien, la herencia de esta palabra desde el griego antiguo βραιαω, fue también tomada por el cético: brigh, mientras que el antiguo irlandés lo adoptó como brig, y ya en otros lares el francés lo formó como abrivé, para que finalmente la lengua más sucia y copiona lo enunciara: bright. Además de la semejanza de brío con brillo, aquel que brilla es por grandeza, de hecho, es una de las definiciones de brío, aquel que es grande, el que vive a madres la vida.

l.ricardogromero@gmail.com