Atención a la chispa, cuidado con la gota
8 abril, 2016
Reservado
8 abril, 2016

La charola, símbolo autoritario

Carlos López Torres

Garante de prepotencia e impunidad, el servicio público ha conservado como uno de sus símbolos favoritos la infaltable charola. Acaso por ello los funcionarios, jefes y subalternos gustan de hacer ostentación de ese artefacto que igual sirve para dejarla en el auto mal estacionado que mostrarla ante cualquier eventualidad o como simple exhibicionismo.

No faltan los diputados que antes de conocer la Ley Orgánica del Congreso del Estado y su reglamento respectivo, ya no digamos antes de presentar cualquier iniciativa, exigen la charola que les permita presumir que cuentan con un fuero para actuar según convenga a sus intereses.

No resulta irrelevante el tema legislativo que tiene que ver con el fuero del cual disfrutan algunos funcionarios de los tres niveles de gobierno, como tampoco deja de ser prioritario abordar el tema de la revocación del mandato para aquellos funcionarios cuyo desempeño es prácticamente pésimo, o de plano se han pasado de largos en el uso de los recursos públicos.

Es un reclamo popular, desde que el autoritarismo llegó para quedarse en este país a pesar de los inútiles intentos por atenuarlo mediante remedos democráticos fugaces, la desaparición de ese valladar llamado fuero que ha permitido eludir la justicia a generaciones de políticos, cuyas acciones corruptas y corruptoras nos han llevado a ocupar el nada honroso lugar que ocupamos a nivel mundial en esa materia.

Si la charola reproduce la prepotencia, abre puertas, permite la gestión clientelar y sirve para apantallar a los electores, el fuero constitucional asegura la impunidad más allá del mandato, como es de todos sabido y padecido cuando la rendición de cuentas es convertida en mero slogan mediático para el consumo de los frustrados contribuyentes.

Por eso, escenitas como esa de regresar las charolas protagonizada en la Legislatura por broncos y suavecitos, no sólo reflejan las fuertes y al parecer mayoritarias oposiciones a cambiar mínimamente el estatus privilegiado de los diputados, sino la ausencia de la inmensa mayoría de los “representados” en esa “soberanía” que ni siquiera han sido informados ya no digamos en sus distritos, sino a nivel general sobre el contenido de la iniciativa que de aprobarse eliminaría el mentado fuero.

Como ya es costumbre, los supuestos beneficiados con la labor legislativa que ejercitan los volubles diputados, quienes un día dicen una cosa y otro día hacen todo lo contrario, permanecen al margen de esos dimes y diretes entre broncos, suavecitos y despistados a quienes “la ideología los separa, pero el presupuesto los une”, como bien diría en su momento el diputado, que en paz descanse, J. Carmen García Vázquez.

La ciudadanía requiere de hechos tangibles y concretos, de cumplimiento a las promesas hechas en campaña; pero sobre todo de un mínimo de congruencia entre el hablar y el hacer. Reprobados como están los diputados, harían mejor si logran poner en orden su casa y se ponen a trabajar en serio. El atraso legislativo en el país es grande, y en el San Luis Potosí de pretensiones modernizantes en materia económica, lo es más aún.