Luis Ricardo Guerrero Romero

Ofelia es aquella mujer de la cual sigo enamorado, mis parpados caídos y mis temblores de manos no sucumben ante la belleza de ella. Sencillamente es una mujer, aquella que me hubiese gustado conocer unos 30 años atrás, no pido mucho, sólo 30 años atrás. Durante las terapias ella sonríe y su capacidad de hacerme sentir feliz va más allá de su corporalidad, no son ni sus pechos, ni las nalgas lo que me han motivado a intentar una que otra vez seducirla, pero sabe, ella tiene sus planes, y en ellos no estoy presente.

Ya le he confesado mis deseos de besarla, de por lo menos acariciar su cabello voluptuosamente, ya también ella me ha rechazado, pero con una dulzura que me encantaría me rechazara mil veces más. Le platiqué que de joven fui asiduo a la bebida y que disfruté los ratos de soledad para cavilar cuestiones que hoy mismo sigo disertando. Será por eso por lo que entonces ella, mi Ofelia, el día de ayer logró traerme el fuego sublime del mezcal: ¡Oh aguas de las verdes matas, tú que me tumbas, tú que me matas, tú que me haces andar a gatas! Ofelia me regresó a la vida, a la lozanía de la cual gocé sin saber de la tragedia de diezmar mi cuerpo con el paso de los años.

Sé que Ofelia no es ninguna enfermera, parece que escuché que ella no concluyó la universidad, pero su corazón y sus manos que relajan mi cuerpo mutilado son miel enjugando mi cuero arrugado.

Ayer me sentí más joven que nunca pero hoy, al recordar a Ofelia me la trago a sorbos junto al elixir y sueño noche con noche con su cuerpo, su sonrisa y su piel calcinada. La sueño muerta junto a mi cadáver inactivo.

El relato anterior nos describe una de las tantas realidades de se despiertan en los asilos de ancianos, aquel lugar en el que muchos de los sabios reposan con la esperanza de morir con dignidad, o al menos acompañados por una que otra Ofelia. Aunque es una realidad de la cual no nos bastaría todo este periódico para disentirla, habrá que retomar al menos una parte sustancial, me refiero a la ofensa. Pues para algunos, ofender es una grosería, para otros es una omisión, sin embargo, para los remolinos de nuestra lengua, ofender tiene que ver parcialmente con Ofelia.

Es la voz helénica οφειλημα (ofelema): deuda, lo que nos tiene aquí divagando. Debido a que, la ofensa según el rastreo de su significado es el acto de la deuda. Es sabido que estar en deuda es estar comprometido, en este sentido podemos ponernos existenciales y pensar, a quién o a qué le debemos estar aquí. Asimismo, el estar aquí nos compromete a pagar al nuestro acreedor. Deuda y pago es una dicotomía, lo mismo que Ofelia y anciano en el relato anterior. En el latín esta palabra cobra un sentido mayúsculo: herir, del participio pasivo offendere; el que debe, ofende, lastima. Llame a la reflexión que por el momento no hablamos del valor económico, sino de la vida misma, a la cual tanto hemos ofendido, y, por lo tanto, somos sus deudores. Eso es la ofensa maestra.

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