Luis Ricardo Guerrero Romero

Operadores en general, vigilantes, veladores ya sean animales o humanos, navegadores y pesqueros, camaradas en las fiestas; oficinistas y profes con trabajo extenuante, putas y caballeros de compañía —que también son putos—, cientos de esquizofrénicos, centenas de policías y milicia, los despachadores de la barra y millones de meseros, médicos y enfermos, gallos, mulas, perros, muchos perros de casa y perros de calle; criminales tanto como violadores; religiosos contemplativos, además de entre otros entes que saben: factum abiit, monumenta manent (los hechos desaparecen, los momentos se quedan). Ellos saben el sabor de la madrugada, o saben del insomnio los que son yo, los que despegan sus párpados parpados a las tres de la mañana y no los cierran, no los callan, los que son yo, bostezan en un grito callado al lado de su pareja, al lado del reo, del paciente sin paz. A todos los enlistados la madrugada les llega sin ser parte del proceso normal, les anochece en vigilia y les amanece de igual forma. La madrugada les ronca estrepitosamente y despiertan, ineluctablemente despertamos los que son yo, los que de un momento a otro las sábanas nos estorban, la almohada nos golpea mientras la oscuridad resplandece alrededor.

Madrugadas sin dormir, mañanas sin vivir, noches sin salud: ¿qué nos espera? A los primeros enlistados la madrugada les sirve porque es su forma y espacio de vida, porque no hay otra alternativa para orar o para violar, para curar, para ladrar a la luna o la soledad, pero, a los que son yo, los que también me representan, los desvelados, los sin velo ni paz, ¿qué nos quedará? Madrugada, amanécete en tu penumbra.

El anterior texto encontrado en el espejo de un hombre sin juicio, de un Doppelgänger, se puede ubicar la reiterada idea de la madrugada, fenómeno físico sí, que hace parte de las 24 horas del día. Hay en efecto, a quienes la madrugada no les hace ruido, es para éstos, parte de la noche, o bien sólo saben que está, aunque no la han visto, es decir la creen. Lamentable situación.

Sin embargo, no estamos en estas líneas para juzgar acciones, sino para crecer en las palabras, y es que la voz: madrugada, mucho tiene que ver con el crecer, y a la vez con el cree-ser. ¿cuántos de nosotros no nos hemos visto despertar: ojos rojos, cabello desalineado, sopor y pensamientos aislados? Lo rojo del corazón se asoma por las ventanas del alma cuando la madrugada nos llega a despertar.

La palabra madrugada, tiene su origen desde la diosa: Mater Matuta, diosa de la mañana o de la aurora, dicha voz matuta, origina: mane (la mañana) que a la vez se registra como: maturare> maturicare; es decir: madurar, —sufrió cambios morfológicos—. La noche es por antonomasia un símbolo de ausencia, de precariedad de vida, mientras que la mañana es vida, es fruto. Así pues, entendemos que la madrugada es el paso entre. “lo verde y lo maduro”.

Todo esto tiene estrecha analogía con la vida, puesto que, así como no decimos “puberteciendo”; tampoco decimos “madrugaciendo”, no obstante, sí expresamos: amaneciendo y anocheciendo, a la vez que, naciendo y envejeciendo. Quizás a quien madruga Dios le ayuda, pues éste se deja madurar, ya sea por edad, ya sea porque otra confusión le llega: “… Y reír y reír y reír madrugadas sin ir a dormir, sí, es distinto sin ti, muy distinto sin ti” (Frg. De la ausencia y de ti, Silvio Rodríguez).

l.ricardogromero@gmail.com

Reloj Actual - Hora Centro de México