Luis Ricardo Guerrero Romero

Poneroso caballero es don “chinguetas”, ese personaje del colectivo imaginario que a veces suele aparecer en la escuela, en el trabajo, en las reuniones familiares. Es un ser ubicuo desgraciadamente. Se apodera de algunos a placer, y en otros ya estableció su morada. Los seres que encarnan a don chinguetas o “don vergas” se les denominó con antelación: presumidos, creídos, fatuos; alarde y polvo es lo que habita en sus cabezas. Muchas veces personas que debido a la educación incorrecta crecieron con la suposición de que lo saben, pueden y creen que todo su actuar es la máxima a seguir, respetar y agradecer por cualquier mortal.

Lo lamentable del caso es darse cuenta la abundancia de este tipo de especies poblando nuestra ciudad. Están entre nosotros. En las escuelas entre estudiantes que ven con insolencia a su compañero don chinguetas; en las familias los clásicos cuñados que ostentan saber todo sólo porque ven documentales en YouTube, o bien se creen excelentes financieros viviendo de las herencias en vida que su padre les ha confiado; en nuestra seguridad pública hay por docenas de don chinguetas, que en el intercambio de una pala por un fusil de asalto u otra arma de menor calibre se sienten con tanto poder, que, como se ha visto, no saben controlarlo. A este punto deseamos llegar: poder-poneroso. El sentir que se tiene o se conoce todo es un peligro, es nocivo, es maldad.

En las anteriores semanas se ha visto en distintas geografías casos del mal uso de la fuerza pública, han errado a precio de sangre. No es culpa del gobierno, no del presidente, no de algún dios. Es asunto de la maldad humana, la nula fuerza de voluntad para saber actuar en eventos imprevistos. Todos somos carentes de ética en nuestros trabajos, desde las jerarquías clericales y gubernamentales, hasta quienes hoy temprano caminan hacia un camellón en busca de dividendos. Esa escasez de voluntad, gesta desde lo visceral a don chinguetas, y su particular manera de agrandar la ponerología. Acrecientan la maldad los que asimismo protestaron robando, vandalizando. Han sido estos actos un triunfo más para la industria de la ponerología. Lo anterior nos aclara que los buenos sin educación son unos buenos malos. Poneroso caballero es don chinguetas.

El adjetivo utilizado reiteradas veces en párrafos arriba, como es común, será el que dilucidemos. Tal palabra nos ha servido para conectar ahora una historia con más realidad que ficción. Hablamos pues de lo poneroso. Hay algunos autores que colocan lo poneroso exclusivo en la política. En nuestro idioma según he revisado hay pocas entradas de tal palabra. El inglés lo utiliza políticamente: ponerology, (ponerología), en cuestión a la maldad e injusticia en el sistema político. No obstante, lo poneroso es un adjetivo que describe la maldad en general, es errónea su exclusividad. La voz helénica: πονηρευομαι (poneromai), se traduce obrar mal, actuar malvadamente. El adjetivo πονηρια (poneria) maldad, perversidad, vicio. De tal suerte que la ponerología, es el estudio del por qué el mal parece gobernar, pero no únicamente en áreas políticas, la idea de que el mal parece gobernar es un sentido amplio de gobierno, es decir, por qué el mal parece dirigir nuestra vida soberana y libre. El mal es injusto, y no nos gusta la injusticia. No más don o doña chinguetas.

l.ricardogromero@gmail.com

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