Federico Anaya Gallardo

(30 de enero de 2021)

Me decía un amigo liberal que la posición del gobierno federal mexicano en sentido de facilitar el acceso de los países pobres del mundo a las vacunas contra la enfermedad Covid-19 no es racional –porque en un escenario de escasez global el deber del gobierno mexicano es dar preferencia a su población. El modo específico en el que la administración López Obrador hizo lo anterior está sujeto a debate (un debate interesante en sí mismo) pero no es mi interés discutirlo ahora. La afirmación de mi amigo me recordó una anécdota atribuida popularmente a la antropóloga estadunidense Margaret Mead (1901-1978). Cuestionada por un estudiante acerca del vestigio más antiguo de civilización entre los humanos, Mead habría contestado que era un fémur roto y sanado, porque el único modo de que una fractura tan grave no implicase la muerte del sujeto era que otros individuos le hubiesen cuidado. Más allá de que la anécdota sea apócrifa, todos suponemos a Margaret Mead capaz de tal afirmación por sus posicionamientos éticos. (Liga 1.) En un comentario a la seudo-Mead publicado en Milenio el 7 de septiembre de 2020 por la sección “Voces Ibero”, se afirma que “…la civilización empieza con la manifestación de una persona que ayuda a otra … el ejemplo de Margaret implica un desprendimiento, una consciencia del nosotros sobre el yo, una actitud solidaria que implica dar algo de mí aun sin recibir nada a cambio”. (Liga 2.) No es extraño que las voces de la universidad jesuita de México llamen a la fraternidad humana. Menos lo es que lo hagan en medio de la pandemia.

Por supuesto, yo me apunto del lado de la seudo-Mead y de las “Voces Ibero” y en contra de mi amigo liberal. De hecho, a mi amigo le lanzo de inicio esta puya: su afirmación muestra lo mejor y lo peor del verdadero liberalismo. Un verdadero liberal no reconoce valores universales obligatorios sino que caracteriza cada caso de acuerdo con las circunstancias específicas y toma decisiones en absoluta libertad. El verdadero liberal debe ser valiente porque debe aceptar desnudarse de prejuicios para analizar en sus méritos cada asunto. También por ello, un verdadero liberal está siempre ávido de información, de crítica, de nuevas perspectivas respecto de todo. El premio a esa valentía es la alegría de estar perpetuamente asombrado con lo nuevo. Ahora bien, liberado el liberal de dogmas y preconcepciones, debe atreverse a ver el vacío (el mundo sin valores preconcebidos) y no arredrarse ante el mismo. Y ese es un momento terrible. La ausencia absoluta de dogmas es peligrosa. ¿No es acaso el refugio del egoísmo? Porque en el momento supremo en que la persona se ha liberado de prejuicios y puede decidir en absoluta libertad, ¿por qué no habría de decidir sólo en su propio beneficio?

Ese es el momento que J.R.R. Tolkien (1892-1973) retrató cuando, al final del tercer libro de El Señor de los Anillos (1954-1955), luego de una larguísima odisea, el pequeño Frodo se asoma al caldero de lava del Monte del Destino, Orodruin, con el anillo del poder en la mano. Su misión ha llegado a término. Debe arrojarlo y así destruir la fuente de poder de los malvados. Pero en lugar de ello dice: “—He llegado. Pero ahora he decidido no hacer lo que he venido a hacer. No lo haré. ¡El anillo es mío!” Dicho eso. Frodo se pone el anillo y desaparece de la vista de su fiel amigo, Sam. ¡Todo se ha perdido! Ni siquiera el humilde y pequeño tiene la virtud para erigirse en salvador del mundo. Esta es una de las líneas más amargas de la saga tolkieniana. Una en la que vemos gotear la desesperanza del veterano de la Gran Guerra del siglo XX.

Pero el autor salva su narración del inminente desastre introduciendo a la creatura más resiliente de la saga, Gollum. Este ser deforme y viejísimo poseyó el anillo de poder por mucho tiempo, recibiendo a cambio una longevidad antinatural y la locura. Adicto a “mi tesoro” (my precious) por años trató de recuperarlo y engañó a todos –grandes y pequeños– para estar cerca de la joya. Cuando Frodo cayó bajo el embrujo del poder, Gollum de inmediato se abalanzó sobre él y forcejeó con el invisible. Al fin, de un mordisco le arrancó anillo y dedo. Alucinado al recuperar su tesoro, bailó en el borde del abismo, tropezó y se despeñó. Gollum y el anillo del poder se disolvieron en la candente lava. Sam y Frodo (desde entonces conocido como nueve-dedos) se retiraron mientras la obra del anillo se desvanecía. Agotados, cayeron en cuenta en un detalle. Dijo Frodo: “—¿Recuerdas las palabras de Gandalf? Hasta Gollum podría tener aún algo que hacer. [Frodo había pensado en matarlo, al inicio de la odisea.] Si no hubiera sido por él, Sam, yo no habría podido destruir el anillo. Y el amargo viaje habría sido en vano, justo al fin.” (Liga 3.)

He traído a cuento la Saga del Anillo porque en ella un autor amargado por el desastre de la civilización europea encontró esperanza en el hecho de que los humanos siempre somos en colectivo. Lo somos incluso –o acaso más– cuando dentro del colectivo hay egoísmo, maldad y contradicción. El mismo tema, pero sublimado (divinizado) a tal punto que lo comunal-colectivo casi se pierde, lo encontramos en La Última Tentación de Cristo (1953) de Nikos Kazantzakis (1883-1957). Esa última tentación no es el sexo, como los pudendos hipócritas de las derechas iberoamericanas sugirieron cuando censuraron la versión cinematográfica de Scorsese en 1988. No. La tentación es la cotidianidad, la normalidad, el repetir perrunamente el ciclo de la vida. El diablo que en el desierto había ofrecido a Jesús el gozo carnal o la gloria política, se presenta ante el crucificado para sugerirle que engañe a todos, baje de la cruz y lleve una vida normal. Este lo hace y vive el resto de sus años contento (que no feliz), rodeado de hijos y nietos. A la hora de su muerte, un grupo de viejecitos llegan a su casa deformados por el paso de los años. Son sus antiguos discípulos. Con ellos viene Judas Iscariote, igual de viejo pero recio y colérico. Jesús le confronta: “—Luché en la medida de mis fuerzas, hermano Judas. Cuando era joven, como un joven: acometí la empresa de salvar el mundo; más tarde, cuando mi espíritu maduró, entré en el camino de los hombres: trabajé, labré la tierra, cavé pozos, planté viñedos y olivos, tomé en mis manos el cuerpo de la mujer y creé hombres, venciendo así a la muerte. Esto es lo que siempre dije, ¿no es cierto? Cumplí la palabra empeñada: ¡vencí a la muerte!”

El viejo Judas le respondió: “—Sabes de sobra, desertor, que tu lugar estaba en la cruz. Que otros se ocupen de arar la tierra y las mujeres. ¡Tu deber era subir a la cruz! Te jactas de haber vencido a la muerte… ¡puf! ¿Así triunfas de la muerte? ¡Has engendrado hijos, y eso equivale a decir carne para la muerte! ¡Carne para la muerte! ¿Qué es un niño? ¡Carne para la muerte! Te has convertido en su carnicero y le llevas carne para que la devore. ¡Traidor, desertor, cobarde!” (Liga 4.) La misma escena, en la película de Scorsese es contundente. Iscariote reclama haber sido engañado: “—¡Nosotros hicimos lo que debíamos hacer! ¡Tú no! … Rabí, rompiste mi corazón. A veces maldigo el día que te conocí. Teníamos el mundo en la mano. ¿Recuerdas lo que me dijiste? Me tomaste en tus brazos. ¿Lo recuerdas? Y me rogaste que te traicionara, porque debías ser sacrificado, porque debías ser resucitado para salvar el mundo. … Y yo, que te amaba tanto, fui y te traicioné. … ¿Qué haces aquí? ¡¿Qué negocio tienes aquí, con mujeres, con hijos?! Lo que es bueno para los humanos no es bueno para Dios. ¡¿Por qué no fuiste crucificado?!” (Liga 5.)

Los dos escritores plantean al mismo tiempo (circa 1950) el mismo dilema: ¿en quién recae la responsabilidad de salvar al mundo? Y ante el abismo de la cuestión, ambos terminan subrayando la agencia de los personajes oscuros: Gollum e Iscariote. Sin la ambición desesperada del primero, el anillo habría sido arrebatado de la mano de Frodo por el Señor Oscuro. Sin la intervención de Iscariote al confrontar a su acobardado Rabí, Jesús habría quedado atrapado en la complaciente cotidianidad de su última tentación. De ambos relatos, con todo, prefiero el de Tolkien. Al usar la narración de Jesús, Kazantzakis queda atrapado en el debate de la divinidad. En Tolkien no hay dioses o semidioses involucrados –sino humildes humanos, tan pequeños como hobbits. Es la lealtad de Sam la que sostiene a Frodo durante la Odisea y es la ambición de Gollum la que paradójicamente cumple la misión. Se trata de bondades y maldades concretas, de rango humano, y vividas en colectivo. Los hobbits regresan humanos, aunque heridos, a su Comarca. En cambio, luego de que Iscariote regaña a Jesús, este recapacita y se ofrece en sacrificio a su Padre. En la tradición cristiana, no lo veremos más como humano, sino sólo como Dios.

Los colectivos humanos son cosas complejas. Igual que con Dios, con ellos nos gusta usar mayúsculas: Pueblo, Nación, Estado. Divinos o seculares, los tratamos como individuos. Regreso a mi amigo liberal. En su opinión, el Estado mexicano cometió un error al pensar primero en los Pueblos que no tienen acceso al mercado internacional de vacunas. Sugiere que lo racional era priorizar el interés de su propio Pueblo. Sin darse cuenta (creyéndose racional) dejó entrar al egoísmo y exclamó: ¡el anillo es mío! Mala cosa. Porque si en el mercado internacional de vacunas todos los Pueblos se comportan igual y la escasez aumenta, México será derrotado por Estados más fuertes. La ética es pragmática de largo plazo. Christy Thornton sabe algo de esto. En su libro Revolution in Development: Mexico and the Governance of the Global Economy (Universidad de California, 2021) documenta cómo el régimen postrevolucionario de nuestro país presionó sistemáticamente, entre 1925 y 1950, para construir un sistema financiero internacional más justo e incluyente. Los aportes no fueron pequeños. México fue una de las voces que presionaron por aumentar la representación igualitaria de los Estados en el sistema Bretton Woods. También buscó que el sistema redistribuyese algo de la riqueza. Cuando se fundó el “‘Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo’, por ejemplo, la última palabra se debía a que México y otros actores latinoamericanos llevaban una década argumentando que un banco como ese debía canalizar el capital sobrante del Norte global para ser usado productivamente en el Sur global. Luego del desastre guerrerita, sostuvieron que el banco no debía contentarse con la reconstrucción de Europa sino enfocarse al desarrollo de los países más pobres”. (Entrevista de Thornton con Jacobin Magazine, Liga 6.)

Resumo. Una antropóloga (Mead), dos escritores (Tolkien y Kazantzakis) y una historiadora (Thornton) rebaten a mi amigo liberal. México ha hecho bien en facilitar el acceso de países más pobres a la vacuna. Debería hacer más. Si Pueblos y Estados no se comportan bien colectivamente, esa otra comunidad mayor, llamada Humanidad tendrá menos oportunidades de sobrevivir.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este artículo:

Liga 1:
https://stacyhackner.wordpress.com/2020/04/21/that-margaret-mead-quote/

Liga 2:
https://www.milenio.com/opinion/varios-autores/voces-ibero/el-femur-de-mead

Liga 3:
http://www.anarda.net/tolkien/relatos/esdla/3-6-3-el-monte-del-destino.htm

Liga 4:
https://www.librosdemario.com/la-ultima-tentacion-de-cristo-leer-online-gratis/178-páginas

Liga 5:
https://www.primevideo.com/dp/amzn1.dv.gti.ceba731c-8f47-51ff-0ad2-dcb51c416dd0?autoplay=1&ref_=atv_cf_strg_wb

Liga 6:
https://www.alainet.org/es/node/210742

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