Renata Terrazas*
Dos sucesos sacudieron al país en los últimos días: la muerte de Juan Gabriel y la visita del candidato presidencial de Estados Unidos, Donald Trump. Ambos sacudieron y movieron a una sociedad que se encuentra en plena exploración de sus límites de tolerancia.
De ellos aprendí una valiosa lección: jamás se le insulta a un ídolo ni se le da la mano al enemigo público. Quizá Sun Tzu o Maquiavelo lo habían descubierto ya, o quizá cualquier ser humano con dos dedos de frente lo sabe; algo que no podemos decir del gabinete presidencial o del ex director de TV UNAM.
Sin querer ahondar en los hechos en sí mismos y sus consecuencias funestas para las brillantes mentes detrás, lo que ha llamado mi atención es la reacción de la gente. Y en este punto quiero eliminar de mi reflexión la reacción desatada por los comentarios de Nicolás Alvarado, no por desatinados sino por irrelevantes.
En cambio, la reacción de la sociedad mexicana, ¿sociedades mexicanas?, en torno a la visita de Trump a México, me intriga. Y lo hace no porque sea incomprensible, sino porque frente a otros momentos en la vida del país en los cuales el mismo personaje que recibiera al enemigo público número uno de México violó derechos humanos, minó la soberanía del país y encabezó tremendos actos de corrupción, la virulencia en la respuesta fue muy superior.
¿Querrá decir esto que la sociedad mexicana tolera menos recibir a personajes como Trump que la represión que se vivió en Atenco? ¿Nos molesta más que un gringo berrinchudo sea recibido por el presidente de la República que las violaciones a los derechos encabezadas por el Ejecutivo Federal?
Felipe Calderón pasó a la historia como el presidente que nos arrastró a la peor crisis de derechos humanos derivada de su guerra contra el narcotráfico; y en ese marco me pregunto si Peña Nieto pasará a la historia por haber recibido a Trump como si esa terrible decisión superara los años de corrupción y violaciones a derechos humanos que han caracterizado su forma de gobernar.
Quizá lo de Trump sea la cereza del pastel, quizá nos pesa que sea un extranjero el que venga a pisotearnos si para eso nos pintamos solos. Quiero pensar que el hartazgo se ha acumulado y ello hace que la gente no tolere ya absolutamente nada, sin que necesariamente refleje un orden de importancia entre lo que permitimos y lo que no.
Porque no debemos olvidar que este gobierno carga con Ayotzinapa, Nochixtlán, Tlatlaya, Otula, una reforma energética perjudicial, otra educativa, casas blancas, contratos con HIGA, caída del peso, recortes presupuestales dirigidos a garantía de derechos humanos, gastos excesivos en publicidad oficial, plagio, y también carga con un clima de impunidad que nos ha dado a los peores gobernadores: Duarte, Duarte, Borge, Padrés; y carga también con Atenco.
Se ha hecho un llamado para marchar por la renuncia de Enrique Peña Nieto el 15 de septiembre; para muchos esta acción llevará a ningún lado, para otros será una fuerte llamada de atención, sobre todo en el ámbito internacional, de la inconformidad y falta de respaldo de la población mexicana hacia su gobierno. Sin entrar en que las marchas conllevan resultados o no, lo que es real es que lo peor que puede pasarnos es que el enojo se desvanezca en una catarsis colectiva.
Hoy tenemos las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción; como primer paso hacia el combate de la raíz de casi todos los males, es una gran noticia. Sin embargo, el Sistema no se implementará solo. Y como bien sabemos, si lo dejamos a la voluntad de la clase política que queremos poner en orden, los resultados serán magros.
El llamado de la sociedad para salir de este atolladero debe rebasar la catarsis colectiva y enfocarse en recuperar las instituciones y fortalecerlas. En 2014 vivimos uno de los peores ataques a la sociedad que hemos enfrentado como país; cientos de miles de personas de diferentes sectores de la sociedad marcharon exigiendo justicia, el ambiente era tenso, parecía que se gestaba un movimiento transformador.
Dos años después, las familias siguen buscando a sus desaparecidos y exigiendo justicia, sin embargo el apoyo de la sociedad menguó, y con él, el músculo detrás de la exigencia de justicia. Hoy la sociedad mexicana ha encontrado un nuevo sujeto de odio y castiga al presidente con su desprecio por osar invitarlo a suelo mexicano y haber sido burlado mientras nos representaba. Pero ¿qué sigue después? ¿Acaso se nos olvidará la visita y dirigiremos nuestro enojo a otro personaje o quizá al mismo pero sobre otro tema? ¿Llegarán después las elecciones y habremos hecho borrón y cuenta nueva?
Nos encontramos en un punto de inflexión, uno que nos obliga a tomar pasos decisivos hacia la construcción de un estado de derecho porque de no hacerlo habremos contribuido de manera contundente a la crisis de impunidad que vivimos.
No hay una sola respuesta pero debemos seguir con el diálogo y no soltar la construcción del Sistema Nacional Anticorrupción, porque, o le apostamos a las instituciones o seguimos haciendo berrinche en redes sociales.
* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación





