Ignacio Betancourt
¿De qué hablar? ¿de los 43 de Ayotzinapa? ¿de las fosas clandestinas en diversos lugares del país? ¿de la imposición de un modelo de familia por parte del catolicismo recalcitrante? ¿de una mal nombrada reforma educativa impuesta a palos con la garantía del autoritarismo más analfabeta? ¿de la manipulación televisiva que confunde la realidad con los comerciales?
Mientras tanto, va un comentario de interés económico y político. Según datos de Carlos Fernández-Vega (México SA, La Jornada 7-5-16), los estados con mayor dependencia económica del gobierno federal son: San Luis Potosí y Durango, ambos con 93% (sí, noventa y tres por ciento) de sus ingresos brutos provenientes del presupuesto nacional. ¿Será esto favorable o desfavorable? ¿Podría llamársele Nuevo Centralismo? ¿Y si la relación entre gobernadores y gabinete resulta inestable qué ocurre con la economía local? Valdría la pena revisar la opinión del empresario y del consumidor y del empleado. ¿Los gobiernos locales dan a conocer a la ciudadanía opciones respecto a la recepción de los recursos federales? En fin, son simples preguntas sobre una realidad nada simple.
La desaparición de los normalistas y los errores en su ocultamiento, de parte de los gobiernos de los tres niveles, ha puesto en evidencia un modus operandi, una estrategia reiterada de encubrimientos sucesivos para reinventar la realidad. Para bien o para mal, las inimaginables posibilidades de las realidades vuelven un verdadero campo de batalla cualquier definición unívoca. ¿Será la realidad la incineración de los estudiantes en un basurero? ¿Por qué tanta necesidad de ocultar?¿será sólo un acto de autoritarismo o la pura inercia del encubrimiento? Y el justo y objetivo reclamo de los ofendidos ¿es o no es real? ¿Será irreal la ausencia? ¿A quién culpar de los insomnios?
Cuando un país se vuelve inmensa fosa clandestina (alguien podrá sentirlo exagerado ¿pero qué puede haber más exagerado que el México actual?), el sentido del morir adquiere nuevos matices. ¿Por qué el ritual del fallecer humano ha sido abolido en tan significativo porcentaje?¿Qué ya no se puede perder el tiempo con un despojo? ¿Y la elaboración del duelo? ¿Y la justicia? ¿Será que faltan cementerios? Algo quiere decir al ciudadano la metáfora del país como fosa. ¿Cuántos miles de familiares tienen los desaparecidos? La peculiaridad de los entierros determina su trascendencia.
En cuanto a cuál es la más verdadera de las verdaderas familias, los católicos petrificados cometen la misma equivocación de suponer (creer) que el dios judeo-cristiano es el único, y por lo tanto la noción de familia que algún mortal impuso en su nombre es hoy sagrada determinación eclesial y económica. Los muy católicos se autoproclaman amorosos pero odian toda diferencia e incluso, cuando se sienten mayoría se lanzan en montón al grito de ¡Haga cielo, mate un incrédulo! Los cálidos católicos han decidido que la familia sólo puede estar constituida por un padre, una madre y los hijos procreados. Hace días alguno de sus jerarcas se atrevió a decir que se trata de tornillos y tuercas, por lo tanto la incompatibilidad es manifiesta (lo inadmisible no sólo es la vulgaridad sino el reduccionismo), es decir: Tejones porque no hay ardillas. (Uno de los mecanismos del albur es equivalente a que las primeras sílabas determinen un nuevo sentido ) (Tejones por te jodes y el no hay ardillas por una diversidad). ¿Conocerán el porcentaje de madres solteras que mantienen hogares en México? ¿Y el de padres solteros? ¿Y el de divorcios y amasiatos funcionales? ¿Y las familias que giran en torno a los abuelos? ¿Y quienes viven juntos siendo del mismo sexo, y sus hijos y sus relaciones sociales? ¿Por qué tanta intolerancia en quienes sobre todas las cosas deben amar al prójimo como a sí mismos?
Y qué decir de esa expresión del autoritarismo más desvergonzado llamado irónicamente reforma educativa. O cómo caracterizar a una reforma laboral que por la gracia de los despidos y los macanazos imagina determinar los contenidos educativos para la niñez mexicana. No se puede dejar de señalar la manera tan insultante en que a nombre de la niñez se atenta contra la niñez. Un tipo adulto y encorbatado (y malhumorado), abrazando niños y niñas para la petrificación de millones de imágenes que intoxican el paisaje nacional, empeñado obsesivamente en decir que es por el respeto a la niñez que se despide a profesores y se recurre a la policía y al ejército. Faltaba más, nunca tan cierto aquello de: la letra con sangre entra. En tan sagrada encomienda (no se alude a ninguna campaña presidencial) el material didáctico son una macana y una lata de gas lacrimógeno. Que la infancia de México aprenda a conocer un país en donde a la ley se le respeta, si no ¿para qué existe la autoridad? ¿Cuáles derechos humanos ni qué ocho cuartos? ¿Cuál ética? ¿Cuál ciencia? ¿Cuál arte? Qué importa que los salones de clase no tengan techo, nadie prometió comodidades inconseguibles; y si los alumnos no se alimentan, qué más da, cómo impedirles la heroicidad de no comer.
En cuanto en que a través de la televisión se confunda lo palpable con lo visto y el mundo se reduzca a una pantalla (que por más grande que sea no agranda al susodicho), sólo habría que añadir que cuando el mundo se reduce a las caras sonrientes de los culpables de la miseria nacional algo se ha vuelto puro humorismo involuntario y de alguna manera tragedia nacional sin héroes ni villanos (gracias a los noticieros televisivos). Si la televisión en algún equívoco tiempo llegó a ser llamada “caja idiota” hoy resulta la única proveedora de “realidad”. Algo se descompuso en la cabeza de muchos. Pero sobre la confusión entre comerciales y realidades, mejor lean de la poeta polaca Wislawa Szymborska (1923-2012), su poema titulado Sonrisas: El mundo confía más en lo que ve que en lo que escucha./ Los hombres de Estado tienen que sonreír./ Su sonrisa indica que mantienen el ánimo necesario./ Aunque es difícil el juego de los intereses opuestos/ e inseguro el resultado, siempre nos mueve a seguir/ una sonrisa cordial sobre unos dientes bien puestos.// Al llegar de visita en el Parlamento,/ deben mostrar la frente con amabilidad./ Parecer alegres, moverse ágilmente./ Este saluda a aquel, aquel felicita al otro./ Muy necesario es un rostro sonriente/ para ciertos objetivos, para reunir mucha gente.// La ortodoncia en diplomacia/ es garantía de eficacia./ Bienintencionados colmillos, adecuados incisivos/ que no deben fallar en momentos decisivos./ En estos tiempos aún no es tanta la certeza/ como para que los rostros muestren su natural tristeza./ Una humanidad de hermanos, de acuerdo con los soñadores,/ transformará nuestra tierra en un mundo de sonrisas./ Yo, la verdad, lo dudo. Imaginemos mejor que esos señores/ ya no tendrán que sonreír en vano./ Sólo de vez en cuando, en primavera, en verano,/ sin contracciones nerviosas, sin prisas./ El ser humano es triste por naturaleza./ A un ser humano así espero, y de antemano me alegro.




