Luis Ricardo Guerrero Romero

No deberíamos estar tan preocupados, finalmente todo eso era sólo un mero trámite. Él siempre llegaba, se sentaba con tranquilidad tomaba su tortuga, su mascota desde hace 15 años, lo cual es muy admirable, tener los cuidados y las atenciones necesarias para mantener una tortuga como compañera de vida. Muchos de los que estábamos a su alrededor no sabíamos diferenciar entre tortuga macho y hembra, nadie se fijaba en el plastrón, ni el tamaño de la cola, menos aún sabíamos las particularidades de la abertura cloacal; pero el jefe del departamento con oficina semejante a un acuario urbano sacado de alguna película de los 80, él sí bien que sabía de tortugas. También sabía cómo torturarnos y hacernos el día más difícil con sus muchas tareas para mantenernos ocupados. Sus primeras sílabas al vernos por la mañana se articulaban en la palabra celeridad, eso nos pedía para nuestros quehaceres. Unos cuantos le hacían caso, y el resto sólo tratábamos de sacar completa la quincena.

El gran contraste que sucedía en el trabajo eran las juntas mensuales donde no había celeridad, todo parecía ser controlado por el mimetismo entre su mascota y el mismísimo jefe. Habría que sujetarse, aguantar, soportar, poder caldear la vida laboral.

Obviamente todo tiene un ciclo y el ciclo de nuestro jefe fue apenas ayer, cuando a Guadencio Lomelí se le ocurrió tomarse un selfie al lado de la tortuguera del patrón, al darse la vuelta soltó su café hirviendo y mientras el líquido laceraba la cabeza de Tayzón, la taza de acero le remataba el caparazón, y Gaudencio Lomelí se moría junto con la vida se Tayzón. Todos sabíamos lo que pasaría, pero Lomelí quiso cambiar el futuro y antes de que el jefe llegara a su oficina, con un abrecartas Gaudencio concluyó con su vida, con todas sus fuerzas se encajó la muerte debajo de la manzana de Adán. Lomelí, le dio celeridad a su muerte y hoy descansa junto al lado de una tortuga que tuvo mejor entierro que él.

El texto anterior nos invita a saber que no todo debe ser tan rápido, no tomar decisiones de modo acelerado, sino con la cabeza fría, como se dice popularmente: “despacio que llevo prisa”. La palabra celeridad es menos usual que acelerar, pero más original que ésta, a partir de la voz helénica: κελευω (celeo: poner en movimiento, exitar; empujar o animarse), que más el sufijo dad, lo relativo a; nos dio el origen de la palabra celeridad. De tal modo, que la celeridad es una palabra que nos mueve con ánimo peculiar y presto, lo contrario al movimiento pasible y sereno de por ejemplo una tortuga, y más aún, una tortuga muerta.

l.ricardogromero@gmail.com

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