Renata Terrazas*
A todo el equipo de Tlachinollan, mi más profunda admiración y respeto.
El pasado 20 de agosto en la ciudad de Tlapa de Comonfort, Guerrero, se celebró el 22 aniversario de Tlachinollan, organización civil que por años ha defendido con valentía los derechos humanos de las personas de la montaña, en Guerrero.
Tlapa es una ciudad pequeña, cabecera municipal de un sinnúmero de pequeños pueblos, rancherías y comunidades. Tlapa es la entrada y la salida a la montaña. Dedicada al comercio en gran parte, sus calles, su gente y sus dinámicas están hechas para que muy temprano en la mañana inicie una intensa actividad.
Tlapa está lejos de ser una ciudad bonita, sin embargo, en la plaza central se alcanzan a mirar las montañas rozando las nubes; no porque sean altas montañas sino por una neblina baja que surca los cielos de la región como un susurro.
Tlapa no es una ciudad de contrastes, la pobreza se le mira en cada esquina. Lo distintivo de Tlapa dependerá de quien la observe; yo la veo como un lugar de encuentro entre gente de diversas culturas pero que comparten el mismo abandono por parte del Estado mexicano. Abandono en el mejor de los casos, violencia sistemática como lo más recurrente.
Ese es el terruño que vio nacer a una de las organizaciones de defensa de derechos humanos con mayor trayectoria en México: Tlachinollan –Tlachi para quienes le hemos tomado cariño–.
Creada en el mismo año del alzamiento zapatista, quizá por inspiración, Abel Barrera, su fundador y actual director, buscó contribuir a la construcción de un lugar más justo para las personas de la montaña mediante la defensa de sus derechos humanos. Estas personas pertenecen tanto a pueblos originarios como a poblaciones mestizas de la zona y como lo he mencionado, comparten una misma situación de vulnerabilidad ante un Estado que no los ve, que los excluye y los explota.
En esos 22 años se han escrito muchas historias en la montaña de Guerrero, algunas de abusos, otras de discriminación. En esas historias Tlachi ha buscado poner su granito de arena y contrarrestar las acciones de un Estado que aniquila a su propia gente por el beneficio de unos pocos. En esos años, Tlachi, junto con las personas de la región, han resistido ataques del Estado en diferentes frentes; en algunos han salido victoriosos en sus estrategias de defensa, en otros continúan en una lucha encarnizada por justicia.
Cada aniversario Tlachi celebra con un ejercicio de rendición de cuentas en el que, ante una asamblea amplia de cientos de personas, Abel Barrera presenta un informe de labores. En él explica, en lenguaje claro y llano, qué se realizó en ese año, cuáles son las luchas que enfrentaron y sus resultados y cuáles son las amenazas que persiguen a la gente de la montaña.
En esta ocasión, así como en el año anterior, el tema principal lo ocupó la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Padres y madres de los 43 se sentaron en primera fila para atender el informe y la misa en la que convergieron miles de personas para renovar su compromiso con la defensa de los derechos humanos y, como lo dijera Abel, salir con el corazón fortalecido.
Durante la misa, con copal en mano, el sacerdote-chamán pidió al dios católico protección para la gente vulnerable, los guerrerenses de la montaña. Recorriendo las interminables filas de sillas ocupadas, el copal buscó ser el vehículo de la protección del dios y santos convocados. Al mismo tiempo, el sacerdote católico señalaba que lo que convocaba a las personas era la necesidad de “fortalecer nuestro corazón frente a un gobierno que busca debilitarnos¨.
La misa giró en torno a las injusticias compartidas por los presentes y los ausentes, se convirtió en un momento de cohesión social en el que las penas de uno eran de todos y por ello juntos seguirían exigiendo justicia, buscando a los 43.
Fue el turno de algunos padres y madres de los 43, –sus palabras siguen siendo desgarradoras, y así continuarán hasta que encuentren a sus hijos–. Todos pidieron a los presentes seguirlos apoyando porque saben que no cuentan con su gobierno, dedicaron también unas palabras de agradecimiento a Tlachi, y en especial a Vidulfo Rosales, el abogado vilipendiado por un gobierno que prefiere atacar que defender.
Quiero cerrar con una imagen, la de la cercanía de Tlachi y Vidulfo con la gente de la montaña, con los padres de los 43, con la camaradería de ese pueblo que ha buscado refugio entre ellos mismos para continuar luchando, no contra un enemigo, sino contra aquellos que juraron protegerlos: su propio gobierno.
Habrá que seguir exigiéndole al gobierno que investigue qué pasó con nuestros 43, habrá también que pedirle que en vez de desprestigiar y atacar a los defensores –llámese GIEI o el propio Vidulfo–, se ponga a buscar a los miles de desaparecidos que continúan engrosando las filas de personas en las sombras.
* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación





