Luis Ricardo Guerrero Romero
Le faltó cortarse las uñas, pero también dejó de cepillarse el cabello, había cosas que no disfrutaba, había cosas que sólo repetía por mero mecanismo. Yo, por ejemplo, la vi muchas veces frente al espejo gritándole al mundo lo mal que es la realidad. Reclamo hipócrita, ¿quién tiene autoridad para reclamarse y reclamar?, o más aún ¿qué es reclamar? Por eso llegué a pensar que todos en menor o mayor grado somos hipócritas, nuestras respuestas ante el mundo son distantes, frías y amorfas cuales gotas de lluvia frente a una ventana trasparente.
Ya no volví a su lado, ni tampoco quise regresarle las llamadas que me hacía desde su celda. Decidí una comunicación así, infractora y grácil, incipiente, nada dócil, en pocas palabras hipócrita; como un tú, como un yo pretendiendo ser auténticos en la miscelánea humana.
La palabra: hipócrita, es una versión distinta de cada uno de nosotros, es el papel que no deseamos jugar y jugamos, no queremos ser, pero somos, odiamos actuar, amando con locura. Todos somos hipócritas, porque todos fingimos un papel según sea la ocasión: en la casa el mejor esposo, en la empresa el mejor operador, en la sala, el mejor lector, en la fiesta el óptimo amigo y un largo etcétera que nos circunscribe.
Tal palabra es una herencia directa del griego υποκριτς (hypocrites). Significa, así, sin más el actor, el intérprete o comediante de una obra teatral. Una suerte de todo lo que hacemos en la sociedad, adaptaciones de nuestro ser ante distintas puestas en escenas que el mundo nos presenta para lograr interpretar.
Por eso todos somos hipócritas, ya que tanto tú, como yo, nos eyectamos al mundo para satisfacer el gusto del espectador, el prójimo, y el lejano. Si somos hipócritas, si somos imitadores, ¿somos imagen y semejanza de Dios?





