Luis Ricardo Guerrero Romero
Sin pensar que el dato era imprescindible, todos tuvimos que oír por milésima vez aquel relato impregnado de osadías y sandeces. A veces es increíble que lo valiente, lo virtuoso, comparta escenario con la insensatez. Pero qué se le puede hacer, ese hombre fue el que nos tocó como padre. Con probabilidad más de una vez él también habrá propalado eso con respecto a todos nosotros sus hijos.
Fausta, Michel y Joaquín, piensan distinto al resto de los 9 hermanos. Pero será cosa de las edades, será que ellos son más tercos que los demás. De todos modos, el discurso de papá es siempre el mismo, siempre desgastado aun y con sus actualizaciones del lenguaje. Un día como cualquiera, lo grabaremos y anotaremos sus relatos antes de que de verdad se muera. Cada vez que vuelve a contar lo mismo crecen en la mayoría de los oyentes dos hipótesis, vanas y fugaces como palabras de Dios. La primera, que al viejo le hace falta que alguien lo escuche de verdad, pues haber quedado viudo como aquel “gato de Chava Flores”, le afectó negativamente y no logra recordar qué y qué nos ha contado, por lo cual su mente y su conciencia lo doblegan a repetir cual canción en boga de tik tok. La segunda hipótesis con más valor histórico que emocional, es que papá al sentir el abandono del tiempo pretende vivir más si lleva a cabo las reminiscencias las cuales a fuerza de tanto repetirlas adoctrinará a cuanto incauto lo oiga por una y otra vez.
A todo esto, luego fui cayendo en la conclusión de que la mencionada queja ya la he dicho muchas veces, en distintos momentos y en variadas circunstancias, lo cual me convierte en plantearme dos ligeras hipótesis sobre el acto. La primera, que todos somos idénticos en esencia, pero con terquedades modificadas, y la segunda, todavía no logro matar la voz tóxica de mi padre.
Por temas de las redes sociales del internet, se popularizó como adjetivo decir de ella o de él: tóxico como persona. A la fecha entre broma así se dicen algunas parejas sentimentales. Aunque indiscutiblemente, nadie humanamente puede ser tóxico en sí, pues ello implicaría que químicamente a niveles moleculares poseen un grado de toxicidad. Pero como adjetivo en el comportamiento de un ser vivo, nos funciona, así como para las actitudes de alguien, caso tal, es la voz tóxica del papá relatado en las líneas iniciales.
Esto de tóxico, tóxica, tiene que ver sí, otra vez con casos de supervivencia y guerra. Pues ya desde el antiguo griego nos encontramos con las voces: τοξευμια [touxeuma] τοξευω [toxeo] y τοξον [toxon]; todos los anteriores adjetivos con ideas de arquería y flechas que por su naturaleza bélica estaban impregnadas de venenos letales, incluso mantiene la idea de herir ya sea con o sin flecha. De la misma familia encontramos la voz τοξικος [toxicos> tóxicos], lo propio del arco o la flecha. Entonces podemos decir con cierta exactitud que el muy terrible cupido es el ícono de la toxicidad. Y que cualquiera que usase su persona o parte de lo que ésta lo integra como propagadora de veneno metafísico, es una tóxica persona.




