Ricardo Bravo
Relato alternativo del PRI
“Había una vez… un gobierno posrevolucionario en búsqueda de su institucionalización. Eran años salvajes, de una Carta Magna a la que no llenábamos los zapatos, de famosas manos sonorenses, de todos contra todos. El partido de la revolución buscaba dar cauce a todo el fervor y los vicios que se arrastraron en esos años. El partido tuvo otros nombres, pero para nuestros fines eso tiene poca importancia. Estuvo siempre destinado a ser PRI. Desde sus inicios, quedó clara la fuerza del instrumento electoral recién creado. ¡No era ni más ni menos que la materialización de la revolución! Pero, como es común en las revoluciones, las pugnas internas no fueron ajenas al partido. La inestabilidad fue el nombre del juego durante su incipiente vida institucional.
Toda esa tendencia caótica quedó en el pasado con el sexenio del General. El General tuvo claras desde el inicio las necesidades del partido y del país. La guerra cruenta no dejó más que pedazos de tierra y de gente desasociados. Había una labor titánica de tejido –por aquello del tejido social– que alguien tenía que llevar a cabo. No había mejor candidato para esa labor que el PRI y el General. En esos años, se formó una idea de nación, se firmaron múltiples acuerdos, para que muchos de los que nunca habían sido escuchados finalmente tuvieran voz. Se intentó incluir a cuanto fuera posible, ¡los agraviados del pasado eran muchos y el PRI podía extender su manto protector a todos ellos!
El General se apoyó en quien pudo: gente de su confianza, pero también en políticos de carrera que llegaron al partido incluso antes que él. Todos los acuerdos fueron supervisados, más o menos, por el General. Se hicieron muchas concesiones. Se trabajó con lo que se pudo. No todo fue ideal, ni legal. Tampoco moral. ¿Cuál es el precio de la pacificación del país? ¡El objetivo era colosal! Y así se fue el sexenio del General. Se sentaron las bases para algo. ¿Qué? Complicado decirlo todavía.
El reemplazo del General, Mauricio, mantuvo la intención transformadora iniciada por su predecesor. La ruta estaba ya marcada. El objetivo de la pacificación del país estaba ‘viento en popa’. Pero había algunas herencias del General que no gustaban al nuevo mandatario. Manchaban su investidura y su objeto último de pacificación. ¿Qué hacer en un caso como ese? ¿Vale más ser puro con lo que se cree y piensa, a rajatabla, o el objetivo titánico de la pacificación del país vale lo suficiente para hacerse de ‘la vista gorda’ con una que otra trancilla?
Después de Mauricio vino Manuel. Manuel también llevaba tatuado en el pecho el objetivo primigenio del partido. Pero el trabajo comenzaba a complicarse. Los acuerdos firmados por el General no añejaron bien y los antes firmantes se constituyeron en grupos de presión con mucho poder. La ilegalidad en el país crecía como el moho y Manuel pronto se dio cuenta de que, para combatirla, no habría manera de que su predecesor no se viera embarrado. Manuel era un buen hombre, que siempre iba de frente con sus principios. Pero dañar a Mauricio sólo afectaría a la figura histórica, el General, al partido y, por ende, al proyecto y al objetivo final que él abrazó toda su vida.
Vino Adalberto y, bueno… Adalberto ya no abrazaba los ideales del partido. Era, sí, un gran publicista. Adalberto fue elegido porque sería el más eficiente para ocultar los secretos de los predecesores. No, no era una mala persona, un ser maligno. Era simplemente un funcionario con una misión clara. No sería exagerado decir que se logró cierta expiación en ese sexenio, pero Adalberto tuvo que ‘vender su alma al diablo’ para conseguirlo. Y bueno, creo que ya resulta claro, después vino Adán y Gabriel, y luego Lauro y Javier, y mientras más nombres se acumularon, menos el partido se parecía al de sus inicios, a sus objetivos prioritarios, a lo que sus fundadores esperaban de él, y más cadáveres se iban enterrando, más ilegalidades se escondían una tras otra, con la idea de que cada una de ellas contribuía al fin último. Después de estos nombres, ya nunca se volvió a escuchar en el partido hablar de un objetivo fundacional, de principios y valores. Y el colmo fue con Enrique…”
A este relato, por su escaso rigor histórico, no se le puede llamar de otra forma que ficción. Pero más que un relato, este escrito es una fábula. La moraleja de esta fábula es que no hay gran trecho entre una buena intención que se defiende a toda costa y una mala. Una buena intención es, por sí misma, valiosa. Todos queremos partidos y movimientos políticos con buenas intenciones. ¡Faltaba más! Pero esas tienen que ir acompañadas de buenas acciones. Porque la degradación de una buena idea está a la vuelta de la esquina. Porque las malas acciones se acumulan y tienden a reproducirse muy rápido, quizás incluso más que las buenas. Y las malas acciones van corroyendo al sujeto que las lleva a cabo. Lo pintan de un color particular. Y entonces se le llama mentiroso o corrupto, coludido o gandalla. Sátrapa. Y se nos olvida o ya a nadie importa que hubo ahí en algún momento alguna buena intención, que hubo cosas rescatables, que motivaban a la gente.
Y claro, bienvenido sea “por el bien de todos, primero los pobres”, “no somos iguales”, “las escaleras se barren de arriba hacia abajo”. No sé ustedes, pero yo suscribo. Con el primero con el que más. Pero no empata con el “no estás solo”, con el “no se tienen ningunos indicios de que en Sinaloa…”, con que “doble A es mi hermano…”. Y bueno, lo único que digo es que hay que tener cuidado con los balances. No sólo con el señor Trump, sino también con los de acá abajo. Porque si no se tiene cuidado, los eslóganes se vacían y pierden sentido. Y vienen unos que dicen que para qué derechos universales y que mejor cada género en su rol. Que por qué no unión del Estado y la Iglesia. Que para que ayudar a los que no tienen si son reflojos. Y luego hay algunos que los escuchan… Por eso mucho cuidado.




