Rosa Miriam Elizalde

Las historias de la mafia tienen algo de las tragedias de Shakespeare: crímenes, traiciones, lealtades compradas y venganzas bíblicas. En ellas, el capo rara vez necesita levantar la voz, porque le basta con recordar al otro cuánto puede perder. “Le haré una oferta que no podrá rechazar”, promete Vito Corleone en El padrino, dejando claro que el poder consiste precisamente en no tener que pronunciar la amenaza.

Ese método recuerda la ofensiva que encabeza el secretario de Estado Marco Rubio para quebrar el respaldo internacional a la resolución contra el bloqueo de Cuba, que Naciones Unidas examinará los días 27 y 28 de octubre. Washin gton lleva más de tres décadas perdiendo esa votación y ahora intenta reducir la mayoría, conseguir abstenciones y fomentar ausencias. Si no puede impedir el juicio público a una política que está matando diariamente a 70 personas con cáncer y ha multiplicado la mortalidad infantil en Cuba, procura intimidar al jurado internacional que se dará cita la semana próxima en el salón de la Asamblea General de la ONU.

Toda organización mafiosa tiene su arquitectura: un jefe que decide, lugartenientes que ejecutan y operadores que recorren el territorio haciendo saber quién manda.

La diplomacia estadunidense ha desplegado una maquinaria semejante, y lo acabamos de ver en Naciones Unidas, donde el embajador Mike Waltz asumió el papel de palanganero. El 19 de octubre organizó un acto para desacreditar a Cuba y pedir a los diplomáticos que votaran contra la resolución.

Reunió a conocidos asalariados del gobierno estadunidense, financiados con partidas presupuestarias destinadas al “cambio de régimen”, entre ellos figuras que reclaman abiertamente una intervención militar en la isla.

Una potencia que no consigue convencer al mundo de las virtudes de su política pretende que el mundo cambie de opinión escuchando a quienes llevan años justificándola. Mientras tanto, las embajadas de Rubio procuran votos entre gobiernos cuya relación con Estados Unidos está atravesada por dependencias comerciales, financieras y migratorias. La dimensión exacta de esas gestiones todavía exige documentación, pero la campaña para alterar el resultado es pública.

En paralelo, Miami aporta su propia comedia negra. Mientras el embajador de Rubio retozaba en Nueva York con terroristas, la Fiscalía de Florida anunciaba una nueva orden de arresto contra Raúl Castro. No hay el más mínimo indicio de que el líder histórico cubano vaya a comparecer ante un tribunal de Miami, pero, a dos semanas de las elecciones legislativas estadunidenses, la coincidencia resulta demasiado oportuna para ignorar su dimensión electoral y propagandística.

Una orden de arresto contra Raúl Castro ofrece titulares, fotografías y aplausos en Miami, y quizás también sirva para que el capo obtenga algún voto dubitativo en la ONU. Pero se olvida que, en enero, 32 combatientes cubanos murieron enfrentando la operación militar estadunidense que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en Venezuela. Treinta y dos muertos para defender a un presidente amigo. ¿Qué cálculo habrán hecho en Washington sobre la respuesta que encontraría una operación semejante en territorio cubano? Es mucho más sencillo anunciar una orden de captura ante las cámaras de Miami que intentar ejecutarla en La Habana, lo que prueba otra regularidad: la valentía de los capos suele ser inversamente proporcional a los riesgos que están dispuestos a correr.

La Convención de Palermo de 2000 reserva el concepto jurídico de delincuencia organizada a grupos estructurados que cometen delitos graves para obtener beneficios materiales. La Cosa Nostra diplomática se ha apropiado de un repertorio de procedimientos reconocibles en estas sociedades del crimen, que se expresa en jerarquías, favores condicionados, intimidación y castigos ejemplarizantes contra los países miembros de la ONU. El capo di tutti i capi de la política contra Cuba sabe que una oferta resulta más convincente cuando el destinatario conoce las consecuencias de rechazarla.

Pero Macbeth terminó rodeado de hombres que lo obedecían, aunque no creían en él, porque Shakespeare comprendió que el miedo puede comprar obediencia, pero nunca legitimidad. Don Rubio debería recordarlo cuando la Asamblea General vuelva a votar. A veces, hasta el silencio tiene precio. La dignidad, no.

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