david pérez

Te rompes el ligamento cruzado. Estás fuera nueve meses. No sabes si tu rodilla volverá a funcionar igual, si podrás volver a jugar o si podrás retomar tu carrera como tenista profesional, será que tu sueño se convirtió en pesadilla. Te repones a terapias dolorosas, llevas tu cuerpo al límite para reacomodar lo que se rompió, regresas a la cancha de arcilla para competir, vas dominando claramente el partido y tu rival dice en voz alta que hueles mal.

Eso fue lo que sufrió la tenista Lois Boisson durante un partido del torneo WTA 250 de Rouen (Francia). La nariz sensible pertenece a la tenista Harriet Dart, quien pidió al juez de silla que solicitara a su oponente ponerse desodorante porque, según ella, olía mal y esparcía hedor por la cancha cada vez que se movía.

Lois, de 22 años, derrotó a Dart, venció a su lesión y celebró sus olores. Bien bañada y acicalada llegó hasta las semifinales de Roland Garros este año, animando el torneo con su carisma y apoyada por sus compatriotas. Pasó del número 361 del ranking femenino al lugar 65 al terminar el torneo francés; en menos de quince días avanzó casi 300 puestos, una recompensa merecida después de nueve meses de recuperación.

El año del calendario del tenis profesional femenino termina esta primera semana de noviembre con la disputa de las finales. En medio de un año con sospechas de dopaje, sanciones casi cómicas para jugadores que dieron positivo a dopaje, la reaparición de Lois en la cancha central del Roland Garros y su actitud deportiva fue una bocanada de aire fresco.

El comentario sobre los olores supera la conducta antideportiva, es un intento de humillación pública, un gesto cargado de violencia simbólica y una señal clara de body-shaming. Lois Boisson fue señalada por una compañera de profesión por no oler como las demás. Un cuerpo “limpio” siente la superioridad suficiente para señalar a otro. Una dinámica que huele a fascismo.

Este conflicto aromático revela cómo una cultura traza líneas de pureza e impureza, construyendo fronteras entre olores «buenos» y olores «malos» para establecer un orden en la realidad. Oler mal se convierte así en una categoría utilizada para marcar y justificar exclusiones de género o clase.

En no pocas ocasiones los olores «fuertes» se atribuyen a grupos subalternos como campesinos u obreros, mientras que la desodorización se asocia con lo civilizado, lo refinado, lo que representa buen gusto. Así, la jerarquía huele a distinción social y se marca el camino para el rechazo o para la eliminación de algunos olores.

Toda la vida contemporánea está atravesada por el sistema económico dominante —una disculpa por adelantado, pero no, ni el capitalismo contemporáneo ni la época neoliberal han terminado—.

Un poder adquisitivo alto permite comprar «neutralidad aromática» (ambientadores, perfumes, cremas) y automáticamente se señala como opuesto y subordinado todo olor que escape del control estricto de la higiene. Los olores se convierten así en credenciales de clase.

Señalar públicamente a quien huele «mal» es una manera de configurar las interacciones sociales e imponer dinámicas de poder.

Disculpa con olor a corrección política. Dart se disculpó en redes sociales, reconoció lo que dijo en la cancha, pero no asumió plenamente la responsabilidad de sus palabras, pues omitió reconocer explícitamente las implicaciones y la gravedad de sus comentarios. Explicó que fue producto de un momento acalorado. Así cualquiera se disculpa.

No hubo sanción. Llama la atención que una organización con un claro perfil punitivista no haya sancionado a Dart por sus dichos en la cancha. Lo que sí se sanciona y lo que no, revela mucho sobre cualquier organización.

El mundo del tenis sube de tono. Como casi toda la vida pública, el contexto del tenis también está atravesado por la crispación. En la edición de este año del Abierto de Francia —uno de los cuatro más importantes del mundo— en las gradas se escuchó «La Marsellesa» cantada con pasión, y los jueces enfrentaron más dificultades para mantener el silencio en el público. Desde el año pasado se tomó la decisión de no vender más alcohol en este torneo para prevenir comportamientos violentos; se incrementó la seguridad y ahora se aplican protocolos específicos para expulsar a aficionados que incumplan las normas de comportamiento.

Este “caso del olor” expone hasta qué punto el deporte de élite en ocasiones sigue oliendo a clasismo rancio. Que la WTA tolere estas expresiones de humillación pública y la prensa lo rebaje a anécdota es síntoma de que la pulcritud corporal es un marcador de estatus que puede usarse como arma de desprecio casi sin ninguna consecuencia.

Penosamente, el mismo circuito de tenis que celebra la resiliencia física de las atletas guardó silencio frente a esta expresión de violencia simbólica. Este es el hedor de complicidad institucional que permite que una agresión clasista se ventile como una simple calentura competitiva. Son las propias instituciones del deporte perfumando la desigualdad mientras se presume de juego limpio.

IG @davidperezglobal

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