Pilar Torres Anguiano

“Vives en el mal que eres demasiado ciego para ver”.
Sófocles, Edipo Rey.

Edipo es uno de los grandes iconos de la humanidad, aunque no necesariamente por aquel incómodo asunto materno que el psicoanálisis explotó ad náuseam, sino por la tragedia de que al intentar escapar de su destino terminó cumpliéndolo. Edipo tenía su oráculo. Nosotros también. Pero el nuestro no nos anuncia el destino. Lo calcula.  

Nosotros hacemos algo bastante extraño. Entregamos voluntariamente nuestros datos a las máquinas para que sean ellas quienes nos digan qué queremos; y cuanto más nos lo facilitan, más nos perdemos. Los algoritmos (motores de la IA) pueden conocer nuestros patrones de comportamiento —y de deseo— mejor que nosotros mismos. (por cierto, ¿ya generaron su foto ochentera?). Netflix sabe qué veremos, Spotify qué escucharemos, Amazon qué compraremos…

Pero, ¿predecir es lo mismo que determinar? No necesariamente. Y, por fortuna, hay algo que todavía depende de nosotros.

Aristóteles pensaba a la libertad vinculada con la deliberación: podemos pensar, ponderar y elegir. Spinoza, menos optimista, nos recordó que los humanos nos creemos libres porque conocemos nuestros deseos, pero ignoramos las causas que los producen. Y Hannah Arendt entendió la libertad como la posibilidad de iniciar algo nuevo, de interrumpir la cadena de lo que parecía inevitable.

Quizá ahí se encuentre el verdadero problema. El algoritmo no nos obliga, nos ofrece lo que sabe que deseamos. Y cuando todo lo que aparece frente a nosotros ha sido cuidadosamente calculado para gustarnos, empezamos a encontrarnos cada vez menos con lo inesperado. Y aquí la educación tiene algo importante que decir.

La educación nunca ha consistido solamente en confirmar aquello que ya nos gusta. Al contrario: es también encontrarse con algo que uno no habría elegido espontáneamente. Un libro difícil. Una idea incómoda. Un tema que nos reta. Una clase que nos aburre. Y entonces, aprender supone, salir de uno mismo. Encontrarse con aquello que no estaba en nuestras preferencias, con una pregunta que no habíamos formulado.

El algoritmo, en cambio, funciona al contrario. Como dice mi mamá: todo peladito y a la boca. ¿Pero cómo se educa entonces con esta pseudo-hiper-personalización? Aquí es donde quisiera mencionar los resultados de PISA.

Decir que los malos resultados educativos existen porque los jóvenes usan TikTok es simplón y reduccionista. Los problemas de la educación mexicana tienen causas múltiples y profundas.  

PISA mide, entre otras cosas, la capacidad de comprender, interpretar, utilizar conocimientos, para resolver problemas y enfrentarse a situaciones nuevas. Es cierto que no mide toda la inteligencia humana —ni la sensibilidad artística, ni la solidaridad, ni la moral, ni la riqueza cultural—, pero sería absurdo concluir por ello que aquello que sí mide no importa.  Porque, precisamente en la época del algoritmo, importa muchísimo.

¿Qué ocurre con una educación cuando la tecnología empieza a resolver y anticipar por nosotros aquello que antes teníamos que buscar, interpretar y pensar? El algoritmo nos sugiere qué veremos, qué compraremos y, cada vez más, qué responderemos. PISA, en cambio, pregunta si un estudiante puede enfrentarse a un problema que no conoce. Y ahí está el punto: El algoritmo reduce precisamente esa experiencia.

El pensamiento comienza muchas veces en la fricción. En no saber. En enfrentarse a un texto difícil. En equivocarse al resolver una ecuación. En buscar información y luego procesarla. En aprender a distinguir una opinión de un argumento. En descubrir que nuestra primera respuesta era equivocada.

El algoritmo, en cambio, está diseñado para eliminar esa fricción. Y la IA, utilizada sin mediación educativa, la reduce todavía más. Y entonces algo debería preocuparnos bastante: ¿Qué es lo que estamos aprendiendo cuando las máquinas hacen cada vez mejor aquello que nosotros dejamos de practicar?

Mientras discutimos —y politizamos— los resultados de PISA, no nos percatamos de algo:  nunca habíamos tenido tecnologías tan capaces de responder. Y, sin embargo, seguimos teniendo enormes dificultades para formar personas capaces de formular buenas preguntas.

La IA puede responder una pregunta. Pero no puede regalarnos la inquietud intelectual que nos llevó a formularla; o resolver una ecuación, pero no puede sustituir el momento mental en que comprendemos por qué esa solución tiene sentido. Y eso debería importarnos especialmente ahora.  Porque no necesitamos formar seres humanos capaces de competir con las máquinas, sino capaces de pensar con ellas sin entregarles su voluntad.

Somos inteligencia y voluntad. Y entonces quizá el verdadero problema no sea que las máquinas puedan pensar, sino que nosotros voluntariamente empezáramos a considerar innecesario hacerlo.

Una respuesta no es lo mismo que un pensamiento. Y, claramente, una predicción no es una elección. Entonces, quizá la libertad comience precisamente ahí: en la capacidad de interrumpir la predicción. De elegir algo que no estaba recomendado. De leer algo que no apareció en nuestro feed. De formular una pregunta para la cual todavía no existe una respuesta.

A Edipo un oráculo le decía quién sería. A nosotros, millones de algoritmos intentan averiguar quiénes seremos. La diferencia es que Edipo, al menos, intentó luchar contra su destino. Nosotros le damos like.

Pero tal vez aún estamos a tiempo de aceptar que una sociedad no se vuelve más inteligente cuando consigue mejores máquinas para responder. Sino cuando forma seres humanos capaces de preguntarse por qué. Algo que Edipo no hizo.

X: @vasconceliana

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