
Pilar Torres Anguiano
El punto es el silencio que habla;
es el elemento primario de la pintura y de la creación.
Wasily Kandinsky
En geometría euclidiana, un punto es un elemento primitivo indefinible que carece de dimensiones; no tiene longitud, anchura ni profundidad y su única propiedad es indicar una posición exacta en el espacio. Para Kusama, parece ser el origen de lo que existe.
Sus puntos, que parecen prolongarse hasta el infinito, no son solo una estética reconocible y una marca, sino huellas visibles de esta pregunta inquietante y permanente que Kusama parece responder: ¿Qué significa ser uno mismo cuando un individuo es apenas una pequeña partícula dentro del universo?
Kusama nació en Matsumoto, en 1929. Desde niña percibió voces, puntos y patrones que se multiplicaban hasta ocupar completamente su campo visual. Ella lo dibujaba todo y así, esas alucinaciones se convirtieron en arte que no sirvió para escapar de su realidad, sino para entrar voluntariamente en ella.
En 1958 se instaló en Nueva York, la capital del expresionismo abstracto en tiempos de Pollock o Kooning. Ahí, ella exploró sus nidos infinitos, en donde no hay un centro privilegiado ni una figura que domine el conjunto, sino una superficie que se desborda formando un todo, que es la acumulación de infinitas partes.
Pinta un punto y después otro, y otro, y otro. Repite una pequeña curva miles de veces hasta que la suma de esas diminutas acciones termina convirtiéndose en una red sin principio ni final. Así, para Kusama el punto es al mismo tiempo un individuo y su desaparición.
Así surge el concepto de auto obliteración: el intento de diluir los límites que separan al individuo el mundo. El punto representa la vida individual dentro de una acumulación inconcebible de partículas, que forma el cosmos. Y en ella, esa contradicción se convierte en imagen.
Como en Spinoza, sus mónadas-lunares-puntos son unidades mínimas de existencia. Cada uno afirma: aquí estoy. Pero cuando se multiplica indefinidamente, termina diciendo exactamente lo contrario: yo no soy nada. Un arte alegre y perturbador.
A primera vista, esos puntos con sus colores intensos, sus calabazas y sus habitaciones de espejos, parecen celebrar una fiesta visual. Pero en esa exuberancia, subyace una preocupación más oscura: la desaparición, la muerte, la pérdida de los límites del yo.
Décadas antes de que las experiencias inmersivas en el arte se pusieran de moda, Kusama con sus espejos ya lograba que el espectador dejara de mirar una obra desde afuera, que entrara en ella y que su propio cuerpo apareciera reflejado una y otra vez, hasta convertirse en una presencia diminuta dentro de un espacio aparentemente interminable. Multiplica nuestro reflejo hasta que deja de ser posible distinguir entre un yo y otro. Y entonces, el espejo que normalmente nos devuelve nuestra identidad, en Kusama, la disuelve.
Tal vez la artista se pregunte obsesivamente qué ocurre cuando el yo deja de ocupar el centro. Y así, la obsesión se convierte en procedimiento artístico. Hacer visible algo que nos atemoriza, puede ser una forma de dejar de obedecerle a nuestros miedos. Pero resulta demasiado fácil reducir el proceso creativo a su condición mental. Como hay quien lo intenta con Van Gogh, con Munch, con Woolf; pero aquello ayuda a comprenderlo, no a agotarlos. El sufrimiento puede explicar por qué una artista necesita crear; pero no explica por sí solo qué hace con aquello que pinta.
Regresó a Japón en 1973 a vivir voluntariamente en una institución psiquiátrica y cerca de ahí instaló un estudio desde donde continuó trabajando. También escribió novela, poesía, relatos cortos y una autobiografía, cuya publicación desató un escándalo a causa de expresiones racistas. Tuvo que disculparse, pero de aquella pálida disculpa, es mejor ni hablar.
Kusama murió el 14 de agosto, como queriendo desaparecer dentro del infinito, pero terminó convirtiéndose en una de las artistas más reconocibles del mundo. Quiso obliterar el yo, que el individuo se disolviera entre millones de puntos y terminó haciendo que un punto —el suyo— fuera reconocido en cualquier parte.
Tal vez el punto era ese: desaparecer para existir por siempre.
X: @vasconceliana




