Luis Ricardo Guerrero Romero

Era cosa solamente de ver sus manos para poder interpretar si aquella veinteañera tenía la dinamita que ocupaba. El furtivo momento en que nos vimos sacado de las películas de acción protagonizadas por emblemáticos actores como: Douglas Fairbanks, Dustin Hoffman, Emil Jannings, los hermanos Almada, y bajo la galantería de Jaime Moreno; me avisó que era muy probable que mi senilidad amalgamara con la aventura intrépida y voraz que entre su cuerpo irriga la dama del encuentro subrepticio. Debo confesar que no es una insensatez de mi parte, puesto que ella comenzó el juego, yo me porté como un viudo caballero decente en todo momento, hasta que cedió y sé dio el paso primero, en donde inequívocamente habría de activar el avance a las ideas más conspicuas que el deseo de la pasión aún emanan en mi surcada piel.

Generalmente, no suelo ser así ni con mis contemporáneas, ni con mujercitas menores que yo, sin embargo, ¡quién a esta edad va a desaprovechar una paloma! Así que lo hice, y al puro ejemplo del creador, seduje a una menor para extender mi reino. Ella, recuerdo perfectamente inició con insinuaciones del tipo carnal; acepto que el 80 por ciento de sus oraciones no las entendí, pero nuestro calor tenía el mismo lenguaje, nuestra mente la misma ofuscación, nuestra conciencia la misma ansia de ser desbancada de todo principio moral. Hoy, después de 14 días de lo narrado, aún me pregunto porqué no vuelve a visitarme con su vestido puro e inmaculado y con sus zapatillas aperladas, me rehúso a ver pasar mi corta vida entre estas paredes blancas de esto que poco se parece a mi casa, en donde esa noche corrí desnudo abrazado a sus pechos cubiertos de mocedad, del colágeno para mi alma.

Por alguna curiosa razón, de un tiempo para acá, se puso en boga la expresión de: ¡colágeno!, para referirse a un encuentro sentimental o sexo-genital que se da, o pudiera darse en una pareja en donde alguno de los implicados es menor de edad, aunado a la idea de los y las famosos sugar. Quizás la razón está navegando en la red en esos videos “virales”.

Ahora bien, el relato que arriba se leyó, nos plantea una experiencia imaginaria en donde se vio implicado ese colágeno deseado por el viejón aventurero. Pero las ideas sobre el relato las dejamos a su juicio. Ahora divagamos breve sobre el colágeno en nuestro idioma. Para iniciar debemos ir a la lengua helénica antigua, en donde la palabra: cola, como hoy se conocen a algunos adhesivos ya fungía su labor de pegar, así la unión de: κολλα y γενος [kolla y genos] (kolagenos> colágeno) se define como engendrar a partir de la acción de cocción en donde la sustancia albuminoidea que existe en el tejido conjuntivo, en los cartílagos y en los huesos, se transforma en gelatina.

Tal adjetivo de 4 silabas tiene como proteína múltiples beneficios ya en piel, tendón, vascular, ligadura, órganos, hueso; ya en fibras reticuladas, o formando la base de la membrana basal celular entre otros favores. No obstante, el y la colágeno, experimentado como un encuentro sensual, puede ser producto de estafas que ni el bolsillo, ni la sociedad, ni los años la olvidan. Menos la propia persona cuando no obtuvo el colágeno suficiente para sentirse joven otra vez.

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