david pérez
El Club Chivas retiró del museo del Estadio Akron la vitrina dedicada a su goleador histórico, Omar «N», hoy vinculado a proceso por presunto abuso sexual infantil agravado y en prisión preventiva.
En el espacio donde estaban su camiseta y el balón con el que rompió la marca de Salvador Reyes, ahora hay una curaduría sobre mundialistas rojiblancos —sin él, obvio—. No hubo postura oficial detallada del club. Hubo video y notas que confirmaron el cambio.
El expediente judicial es reciente y grave. Omar «N» fue detenido, imputado y luego vinculado a proceso. La medida cautelar fijada por un juez fue prisión preventiva mientras avanza la investigación. La cronología importa porque delimita el terreno entre responsabilidad institucional y el debido proceso.
Al mismo tiempo, Guadalajara es sede de la Copa del Mundo 2026. El estadio cambiará su nombre comercial por el de «Estadio Guadalajara» durante el torneo, y recibirá cuatro partidos. Es decir, el museo que narra a las Chivas será también parte del paisaje FIFA. Esa doble condición —memoria local y vitrina mundial— eleva el estándar ético.
Escribo contra la salida fácil de borrar a una figura cuando estalla un presunto delito con la intención de proteger la marca, a costa de empobrecer la memoria y perder una oportunidad pedagógica.
La alternativa a lo que hizo el club es ofrecer contexto. Es decir, exhibir el récord junto con información visible sobre el proceso judicial, la postura del club frente a las violencias y los mecanismos de reparación si hay condena.
Quitar al goleador de la vitrina produce un encuadre que se parece mucho al de la limpieza de la memoria. Por el contrario, narrar la complejidad es mucho más honesto de cara a las víctimas y a los aficionados. Pero claro, es mucho más difícil.
A favor de quitar al goleador histórico
Quien defiende el retiro arguye coherencia ética. Dice que es necesario quitar al jugador para evitar la complicidad simbólica, para el cuidado de posibles víctimas y para enviar un mensaje pedagógico de que el rendimiento no excusa la conducta. Argumentos que por supuesto deben ser considerados en el debate.
El problema es cuando se aplica el borrado, y se interpreta como sanción anticipada. La presunción de inocencia no es un tecnicismo, es la barrera que nos separa del linchamiento institucional totalitario. El Estado democrático está obligado a observar dicho derecho. ¿Y los clubes de futbol?, ¿y la sociedad en general?
Las víctimas no pueden verse obligadas a no narrar los hechos victimizantes. La sociedad en general y las instituciones privadas tienen la exigencia ética de evitar el linchamiento público.
Si el club promueve campañas contra la violencia —y ojalá lo haga—, debe también considerar el principio de debido proceso. La solución no es exhibir como si nada estuviera pasando y tampoco es desaparecer al jugador como si nunca hubiera existido.
Lo que borrar no resuelve
Reescritura moral exprés. Una vitrina vacía no repara nada ni educa a nadie, más bien oculta. Y la ocultación, en instituciones con poder simbólico, promueve la higiene retrospectiva que tanto fascina a los autoritarismos, al final de la historia —su historia, desde luego— sólo quedan los «puros». Siempre será más fácil cambiar una foto que la cultura.
Desaprendizaje cívico. El museo del club es una escuela de costumbres. Borrar sustituye preguntas por silencio: ¿cómo construimos ídolos sin controles?, ¿qué protocolos fallaron?, ¿qué debe cambiar si hay condena?, ¿cómo se acompaña a las víctimas? Quitar una foto en silencio es huir de estas preguntas.
Incoherencia performativa. El mismo ecosistema futbolístico que se dice «apolítico» en conflictos geopolíticos —y ya sabemos que no lo es— decide, de golpe, editar su historia cuando está en riesgo su reputación. La lógica es idéntica en todos lados, la cámara deliberadamente omite lo que incomoda. En este mismo espacio, al presentar una reflexión sobre un documental que aborda las lógicas de poder en los museos de los estadios de futbol en varias partes del mundo, ya comentaba cómo los clubes dan diferente tratamiento a su pasado.
Brújula filosófica
Hannah Arendt no exculpó a nadie cuando habló de la banalidad del mal. Advirtió que los horrores también son cometidos por gente normal en sistemas que los elevan sin contrapesos.
¿Qué aprende un club si borra al ídolo? No aprende nada. No al menos sobre cómo se fabricó un héroe sin ética, ni sobre las complicidades que el éxito suele comprar.
Lo pertinente es mantener el dato deportivo y encuadrarlo con su dilema ético. Es decir, hacer una exhibición que hable de goles y de las instituciones, de procesos y de límites. Un museo que asume su sombra enseña más que uno que la manda desaparecer.
¿Cómo hacerlo? No hay forma estética de hacerlo ni museología que oriente con exactitud cada caso. A veces lo más burdo, puede hacer justicia a las diferentes capas de la realidad. Colóquese un post-it amarillo junto a la foto del goleador histórico donde se diga de qué está acusado y por qué se encuentra privado de su libertad. Cuando haya una sentencia, colóquese otro post-it amarillo donde se diga que no se encontraron pruebas suficientes para condenarlo o que se le encontró inocente o que fue declarado culpable, según sea. ¿Es tan difícil?
Objeciones previsibles
— «El club debe proteger su imagen.»
La protección sin explicación es puro cuidado de la marca. La memoria que sirve a una ciudad —más cuando será sede mundialista— necesita criterios, no reflejos prontos para reacomodar la vitrina.
— «Hay que separar la obra goleadora del goleador.»
No se trata de separarla, se trata de situarla. El récord existe y pertenece a la historia del club. La institución debe mostrarlo junto a su posición sobre las violencias, sus protocolos y los hitos del proceso judicial. Eso no es relativizar, es responsabilizar a todos los actores e instituciones.
— «¿Y si lo absuelven? ¿Y si lo condenan?»
Si hay absolución, el club habrá evitado un daño irreparable en su relato. Si hay condena, el encuadre ético habrá quedado desde ahora, y el museo documentará —con rigor— cómo trató a su héroe antes y después del veredicto.
Guadalajara, FIFA y el estándar que viene
El Estadio Akron —rebautizado «Guadalajara» durante el torneo— será sede del Mundial 2026. El museo no es una anécdota, será un lugar de paso muy solicitado y mostrado para audiencias globales. En ese contexto, retirar una vitrina puede parecer «prudente», pero en realidad, es una práctica anticuada del totalitarismo.
La museografía contemporánea propone transparencia procesal, es decir, notas de sala que expliquen decisiones, cronologías judiciales claras, enlaces a protocolos, y —sobre todo— mecanismos de escucha a víctimas y aficiones. Es mucho más exigente que quitar una foto.
Si yo fuera aficionado de ese club, pediría a la directiva que no borre, que contextualice. La historia no se limpia, cuando toca se asume con vergüenza, con reflexión y con aprendizaje. Quitar una foto protege a la marca, asumir la complejidad del contexto protege a la conciencia de la anestesia y de las ansias de pureza.
La justicia necesita su tiempo y la ética exige memoria. Porque borrar al hombre no borra el problema, sólo posterga la pregunta que todo deporte moderno debe hacerse —«¿qué hacemos con los héroes cuando dejan de serlo?».
IG @davidperezglobal





