Luis Ricardo Guerrero Romero

Desplegué nuevamente mi historial, cosas comunes en las que me desenvuelvo como individuo, y vuelvo a leer: el atole, asíntota, un fenaquistiscopio, compras directas en el mercado de Pantaco. Leo nuevamente, obsecuente con mi mente y apodíctico con mi alma. Azuzar mi vida pancista entre trago y trago, entre video y video de YouTube que me has enviado haciendo no sé qué cosas terribles y sensuales. Te puedo escuchar, pero no entender, los quejidos no tienen traducción digna ni leal. Me recuerdas a la herencia de mi carne, a la mujer que desee tumbar. Clásicamente te tumbas, me tumbo, las pieles se tumban en la cama, nos tumbamos en corporalidad restante del poco placer que me queda.

No sabía que pensabas irte, no sospeché que pensaras en abandonarme, por eso tuve que tumbarte por última vez, ya sin aroma voluptuoso, ya sin placer concupiscible, sólo por verte tumbada en cualquier posición accidentalmente atractiva: ojos volados, brazos y piernas abiertas y ropa también tumbada que trata de secar el escurrido vino tinto que ocasionó tu muerte. Es que, ¿quién iba a sospechar que una seta oronja verde te causaría tumbarte perpetuamente? ¡Túmbate y hazme gritar!, decías con imperativo aliento, mírate ahora, ahora quién está tumbado de placer.

Si no existiera la gravedad, y si ésta no fuese grave, no hubiera cosas en el suelo, cosas tumbadas, y es que, quizás todo mundo andamos tumbados, porque, aunque de pie, las cosas, tú y yo estamos a ras de piso, tal vez prefiguramos nuestro destino letal: la tumba.

Como trata de decir el relato de párrafos anteriores, lo tumbado es lo finito, quien se tumba deja de sí. No obstante, la idea de tumbado, hoy se entiende como aquel individuo que se viste con extravagancia y ropa holgada, tirada, en préstamos anglicanos: oversize, pero con estilos más urbanos. Aunque por otra parte entendemos el “tumbao”, como esa expresión afroamericana la cual indica que alguien “va de lado” o sea, que no va erguido sino coqueteando o presumiendo algo.

Sin embargo, el verbo transitivo tumbar tiene su origen en la voz helénica: τυμβηρης (tumberes) sepulcral, enterrado, es decir, lo que se encuentra bajo el suelo es lo tumbado. De tal suerte que, si alguien cae, o lo tiran, o desea tirarse por convicción, alegóricamente se deja enterrar. En la lengua latina el cambio fue menos notorio: tumulus, pero aquí la idea se describe como un monumento sepulcral. Tumbar genera palabras como: tumba, tumbazón, entre otras palabras que se encuentran en el clásico tumbaburros.

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