Luis Hernández Navarro

Conforme pasan los días, las olas de descontento de los trabajadores de la salud son cada vez más potentes y amenazan con convertirse en un verdadero tsunami. No es un conflicto intersindical aunque tenga algunos elementos de éste. Tampoco responde exclusivamente a demandas laborales. Es un movimiento que pone en cuestión el conjunto de la política sanitaria de los últimos 8 años.

En el epicentro de esta nueva explosión se encuentran la oferta de un aumento salarial por debajo de la inflación; un sistema jubilatorio que otorga pensiones de hambre; la sobrecarga de trabajo, la carencia de insumos y equipos para laborar, infraestructura obsoleta y la falta de medicinas para los derechohabientes, y un sindicalismo charro que lo mismo apoyó en el pasado al PRI y al PAN, como hoy lo hace con Morena.

En el corazón de esta tormenta políticolaboral se encuentra la inconformidad y lucha de médicos, enfermeros, camilleros, laboratoristas y personal administrativo del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Pero, conforme pasan los días, el malestar se ha comenzado a extender también, entre el personal adscrito al IMSSBienestar.

Creado el 22 de marzo de 1943 sobre la base de los principios de solidaridad, universalidad, igualdad y equidad, el IMSS es una institución que buscaba redistribuir la riqueza y -según un analista- la cuarta pata de las conquistas sociales de la Revolución mexicana, al lado de los artículos 3°, 27 y 123, que garantizan educación gratuita, reforma agraria y libertad de organización sindical y contratación colectiva.

Durante años, el IMSS ofreció a sus derechohabientes seguridad social en el sentido amplio del término: atención médica gratuita y pensión para la jubilación que en alguna época fue digna (ya no lo es), guarderías (ahora, muchas de ellas, subrogadas a particulares), centros vacacionales (en la actualidad rentados a empresas privadas), deportivos, tiendas, centros de bienestar social para artes y oficios y una red de teatros. Sin embargo, muchas de estas conquistas se han ido desmantelando.

El Régimen de Jubilaciones y Pensiones, que le permitía a los trabajadores un retiro digno cambió en 1997, a un sistema de cuentas individuales basadas en Afore, que ofrecen pensiones de miseria. Pero, además, la institución se ha ido deteriorando. No se han invertido recursos suficientes a la creación de nuevos hospitales y clínicas y en el mejoramiento de las que existen, no se crean suficientes nuevas plazas, al tiempo que el número de pacientes crece y por arriba del número de médicos para atenderlos, y de los medicamentos e insumos para combatir sus males.

Como han documentado Jesús Alberto García Chávez en su libro IMSS. La disidencia en el sindicato y Gustavo Leal en sus artículos en La Jornada, desde 1980 se han sucedido, unas tras otras, persistentes luchas de los trabajadores del Instituto por mejores condiciones de trabajo, en contra del desmantelamiento del régimen de jubilaciones pensiones, en rechazo a la privatización de áreas sustantivas de la Seguridad Social, por una política sanitaria distinta y favor de la democratización sindical. Muchas de estas movilizaciones abrevan del histórico movimiento de las batas blancas de 1964-65.

Las actuales protestas abrevan de 46 años de luchas previas. Aunque hay avances en su intención de coordinarse y unificar sus demandas, tienen un alto contenido de espontaneidad y carecen de una dirección nacional estructurada. Sus pliegos petitorios son diversos y van más allá de lo estrictamente sindical. Sus demandas cuestionan severamente los efectos de las políticas sanitarias de la 4T: precarización; negativa a basificar a trabajadores permanentes con muchos años de servicio; saturación de los servicios; sobrecargas de trabajo; falta de equipo y medicinas, y deterioro de la infraestructura.

Médicos, enfermeras y personal sanitario han puesto en práctica múltiples y diversas formas de lucha: campamentos, toma de edificios sindicales, mítines dentro de los hospitales en los cambios de turno, periódicos murales informativos, marchas, bloqueos viales. La pretensión gubernamental de empequeñecer esas protestas negando su calado y vigor topa, una y otra vez, con la terca realidad: estamos ante una movilización nacional, política, que abarca casi todo el país, y que mantiene su ascenso y radicalidad.

La problemática que el personal y los derechohabientes enfrentan no se resolverá sólo modernizando y digitalizando los servicios, por más que haga falta hacerlo. Están en entredicho, tanto el modelo sanitario de la 4T, que hace agua por todos lados, como la decisión gubernamental de privilegiar la interlocución con los líderes charros del sindicato charro, en lugar de los genuinos representantes de los trabajadores.

La consulta gremial para ver si se aceptaba o no la propuesta de incremento salarial de las autoridades del Instituto arrojó resultados contundentes. A pesar de que fue organizada por la burocracia sindical, quien controló el padrón de afiliados, no usó boletas foliadas y, en muchos lugares efectuó el recuento a puerta cerrada, la participación alcanzó entre el 60 y 80 por ciento de los sindicalizados (no se han dado cifras oficiales), y la proporción de quienes votaron por rechazar la oferta gubernamental fue, al menos, de 5 a uno.

Y, ya encarrerados, los trabajadores insisten en realizar un congreso extraordinario para destituir el liderazgo sindical charro y nombrar uno nuevo democrático que responda a las bases.

La actual oleada de inconformidad sanitaria está lejos de haber llegado a su cresta. No está en su horizonte, como lo hacen políticos y exfuncionarios panistas, reivindicar el fracasado Seguro Popular, que sirvió a foxistas y calderonistas como herramienta para crear clientelas electorales pero no para atender los grandes males de quienes viven en la informalidad laboral. Estamos entrando de lleno al otoño caliente de los trabajadores sanitarios que defienden la salud pública, justicia laboral y su dignidad.

X: @lhan55

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