Luis Ricardo Guerrero Romero

Dorey tenía una curiosa debilidad: desconfiaba de las personas que respondían demasiado pronto a su whats y de aquellas que, para decir que no, necesitaban escribir una novela o un spot en un largo mensaje de audio. La verdad —decía— no siempre es sencilla, pero algunos se empeñan en esconderla detrás de los muebles del lenguaje. Una tarde, mientras observaba sus historias en instagram, desde la terraza de una biblioteca escolar, encontró en un diccionario una palabra que parecía describir buena parte de la conducta humana: ambages. Procedente del latín ambāgēs, voz asociada con rodeos, vueltas y caminos sinuosos, su historia suele relacionarse con ambi-, elemento que expresa duplicidad o movimiento por ambos lados, y con agere, que significa actuar, conducir o poner en movimiento. La imagen resultante es fascinante: avanzar sin dirigirse directamente al destino.

Los ambages son, precisamente, rodeos del discurso, circunlocuciones y maneras indirectas de expresar algo. Quien habla sin ambages se expresa con franqueza; quien responde con ambages prefiere los laberintos verbales. También podemos andar con ambages, recurrir a los ambages o evitar los ambages. Dorey conocía, además, una expresión particularmente reveladora: sin más ambages, fórmula que invita a abandonar las vueltas y entrar de una vez en materia.

Pero ¿acaso todo rodeo constituye una mentira? La filosofía, siempre dispuesta a estropear las respuestas cómodas, obliga a matizar. A veces hablamos indirectamente por prudencia, cortesía o temor a herir; otras, porque la verdad amenaza nuestros intereses. El lenguaje puede ser puente o escondite, y la diferencia no siempre reside en las palabras, sino en la intención de quien las pronuncia. Dorey pensó entonces en tres vocablos de apariencia familiar: ambiguo, ambición y ámbito. Aunque comparten elementos históricos relacionados con el latín ambi-, no proceden simplemente de ambages: ambiguo se vincula con ambigŭus; ambición, con ambitio; y ámbito, con ambitus. Sus historias, emparentadas por la idea de rodear o dirigirse hacia distintos lados, revelan cómo una familia de palabras puede conservar ecos de un movimiento antiguo sin significar exactamente lo mismo.

La coincidencia le pareció extraordinaria: mientras la ambigüedad permite que una frase tome varios caminos, la ambición puede conducirnos hacia una meta y el ámbito delimita el espacio donde nos movemos. ¿No hacemos algo semejante cuando deseamos, pensamos y hablamos? A veces rodeamos una idea porque todavía no sabemos cómo alcanzarla; otras, porque conocemos perfectamente la respuesta y preferimos que nadie llegue a ella. Recordó dos conceptos astronómicos: el tiempo dracónico y el tiempo sinódico. El primero, referido al intervalo entre dos pasos sucesivos de la Luna por el mismo nodo orbital, dura aproximadamente 27.21 días; el segundo, correspondiente al ciclo entre fases lunares equivalentes, comprende unos 29.53 días. La Luna, como Dorey, parece volver sobre sus pasos, aunque nunca lo hace exactamente bajo las mismas condiciones. Uno de estos ciclos sigue la geometría de su órbita; el otro, su posición relativa respecto del Sol y la Tierra.

Dorey sonrió. También la existencia está llena de ciclos dracónicos y sinódicos: regresamos a las mismas preguntas, pero las contemplamos desde posiciones distintas. ¿Cuántas veces damos vueltas alrededor del amor, la libertad o la muerte antes de atrevernos a nombrarlos? Quizá filosofar consista en recorrer esos caminos sin confundir la búsqueda con la evasión. Aquella noche cerró el diccionario y decidió hablar con su hermana sin ambages. No porque hubiera descubierto una verdad definitiva, sino porque comprendió que dar rodeos puede ayudarnos a encontrar el sentido, pero también impedirnos reconocerlo cuando aparece.

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