Abraham Nuncio
El otoño nos ha deparado a los mexicanos lunas hermosas y días aciagos. A diferencia de los medios cómplices de la época, algunos de nuestros mejores escritores (Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Carlos Becerra, Octavio Paz) escribieron textos memorables sobre la masacre de Tlatelolco ordenada por un presidente de la República y ejecutada por el Ejército en octubre de 1968.
El menor de mis hijos no tuvo por referencia en sus textos escolares la historia de ese octubre. Se le mantuvo oculta. El silencio se extendió por 43 años sin que el episodio se hubiese especificado mayor cosa. Este se tornó más objetivo hasta medio siglo después, con el gobierno de la 4T y el trabajo de funcionarios patriotas y honestos, como lo fue Marx Arriaga al frente de la Dirección de Materiales Educativos de la Secretaria de Educación Pública.
Por estos días se trata de buscar, nuevamente, que a ese crimen de lesa humanidad cometido por el Estado mexicano se lo vuelva a ocultar, o bien que, por lo menos, se lo minimice, según los vientos de derecha que no dejan de soplar en el partido oficial (particularmente en la SEP). Otro crimen semejante donde el Ejército, bajo el mando de un Estado mendaz, resultó omiso, si no es que partícipe, fue el cometido en contra de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, hace ya 12 años.
En ambos crímenes, las promesas de llegar “hasta las últimas consecuencias” se ciñeron a una inercia donde no pasa nada. La justicia se ha torcido y la impunidad continúa gravitando en torno a las desapariciones y asesinatos de otros mexicanos, muchos de ellos jóvenes, como Juan Pablo Gómez Salazar. Activo y talentoso escritor, lector, editor y servidor público, celebró su boda en Sinaloa apenas cuatro meses antes de que lo secuestraran. Cinco días después –el 11 de octubre– apareció su cadáver. Permaneció extrañamente en el Servicio Forense una semana, y cuando su madre acudió a identificarlo, ya se hallaba en estado de descomposición. Tenía 26 años.
Nacido en Ciudad Nezahualcóyotl, Juan Pablo pronto supo que debía generar dinero para cubrir sus necesidades. Afición de sus años de infancia fue la poesía. Solía subir a los autobuses y al metro a declamar aquellos poemas que se sabía de memoria. De oficios diferentes y similares se fue abriendo paso en un país donde las desigualdades se maman, la pobreza acecha y el destino para la mayoría, como lo fue para Juan Pablo, pende de hilos muy delgados. No es exageración decir que la lectura, la poesía, la cultura en términos generales, le permitieron abrirse paso en un siglo donde los jóvenes, gracias a las tecnologías de uso y contenidos frecuentemente contracognitivos que pegan en la conciencia, llegan incluso a obtener grados y títulos escolares escoltados de una vasta inopia cultural. A los 19 años, él tenía ya dos libros publicados.
En las vueltas de su biografía, Juan Pablo fue a dar a Jalisco, y a pulso resultó regidor (por Morena) del municipio de Zapopan. Allá pudo desplegar su vocación por las letras y su difusión. Entre otras iniciativas fundó la Sociedad de Escritores y Editores Mexicanos Autónomos. El oficio de editor lo cumplió con un dilatado sentido de solidaridad hacia diversas instituciones y personas.
Toda muerte violenta de un niño, de un joven, disminuye el bagaje moral de una sociedad y su futuro. Y cuando ese niño o ese joven albergan valores escasos y más aún, cierto kilataje ético, artístico e intelectual, como el de Juan Pablo, el empobrecimiento correspondiente de esa sociedad es tan inevitable como irreparable.
Por acciones, omisiones, descuido, contemporización, lenidad, beneficio particular, corrupción o autoritarismo, la sociedad mexicana, y básicamente sus gobiernos, se han distinguido por diezmar de manera violenta y cruel a lo mejor de su juventud a manos de malhechores oficiales e ilegales. Sus principales voceros y actores han creado condiciones de opinión para fortalecer el espíritu de impunidad del que gozan sus responsables factuales e intelectuales, y con ello no han hecho sino renutrir la existencia de nuevos criminales.
El crimen de Juan Pablo está marcado por no pocas veladuras y contradicciones. De ello tendrían que dar cuenta las autoridades estatales y municipales de Sinaloa, y también las federales; específicamente, las de la Unidad Especializada Antisecuestros de la fiscalía del estado y sus diferentes áreas (policial, ministerial, pericial y de atención a víctimas), así como la Coordinación Nacional Antisecuestros. Todas estas autoridades deben tener informes cuyo contenido debe ser dado a conocer a su familia y a quienes se ocupen de la investigación pertinente.
En La última bengala, un relato autobiográfico que parece novela o una novela que parece relato autobiográfico, Juan Pablo parece anunciar su muerte violenta. Unos hombres amenazan al protagonista, que enseña a los niños de un villorrio sinaloense a leer y escribir: “si sigues metiéndote con los muchachos, no solamente nos encargaremos de que no haya cultura en Monteverde. También haremos que te alejes para siempre.” Más tarde es agredido y secuestrado. Logra escapar y dice: “los hombres que me secuestraron quisieron borrar una denuncia y deshacer unas páginas”. No esperemos a que la inercia sea la respuesta de la justicia para que el crimen de Juan Pablo sea esclarecido y castigados sus responsables.







