Jorge Carrillo Olea
“Política sin política pública es demagogia, política pública sin política es autoritarismo”
En tiempos de tanto olvido y reiterados yerros y yerros, tal vez sea refrescante recordar cosas homólogas que a la par se dieron en diferentes tiempos. Hemos adoptado el vituperio como deporte de los pequeños, nadie se salva.
Unos lo practican por creerlo justa revancha; otros se suman con cualquiera que ofreciera un escalón en su carrera, hueso, cualquiera que sea; otros simplemente porque no entienden nada, pero los más por ser sicópatas sociales.
La prensa los ha tratado en una lógica órbita: con gran moderación al tomar conocimiento, aunque en cualquier otro momento, atendiendo ciertas circunstancias, según sean los hechos ahora presentes, pueden ser ya poco obsequiosos o hirientes; su juicio puede ser así.
Entiéndase, muchos de ellos no han tenido oportunidades de formarse, pero son grandes personas. Los he tratado largamente profesionalmente por más de 50 años (desde 1970) y a algunos como verdaderos amigos, desde don Julio Scherer, al inflamable y a veces intratable Ricardo Garibay o el nobilísimo Carlos Payán; a veces me ha ido mal, muchas, más pocas, no tan pocas, bien.
La conclusión por establecer sería que esos medios formadores de opinión han tratado particularmente mal a los últimos presidentes durante los pasados 30 años. La reprobación general sería penosa, pues si así fueron esos presidentes, fueron coautores del desolado país que hoy lloramos. Me freno para no remitir la sola autoría sólo a esos presidentes; la verdad es que somos o fuimos todos los coautores de todo lo que reprobamos, aunque nadie aceptará haber roto un plato. Ante tales cosas, lo externado en este texto busca la objetividad que en otros sitios no se tuvo.
Siendo ejemplo de honestidad y trabajo, se ha intentado encuadrar al ex presidente Miguel de la Madrid como personaje gris, algo sencillamente de manera total desacertada, sin consideración, fuese por falta de datos, que hacen confundir a la supuesta insuficiencia con la sobriedad que lo caracterizó.
He alguno de sus actos más significativos:
– SG: Destruyó el aparato policial represivo que había sido la forma normal de gobierno, sustituyéndolo por la Disen, ahora CNI.
– Dio respuesta política a la masacre de indígenas chiapanecos de efectivos militares guatemaltecos en Chiapas.
– Con serenidad y eficiencia enfrentó los macrosismos de septiembre de 1985.
– Atendiendo el más sentido enemigo social de la Secretaría de la Contraloría.
– Perspicaz y sereno, manejó el crimen contra el agente de la DEA Enrique Kiki Camarena y sus terribles efectos en el interior de su gobierno y con Estados Unidos.
– Condujo con firmeza y suavidad la prepotencia de Ronald Regan, presidente de Estados Unidos.
– En política internacional constitucionalmente amplió los principios de nuestra reconocida política internacional, destacando el proyecto Contadora.
– En cuanto a política interior, destacó su total respeto al principio de legalidad y a los otros poderes, muy en consonancia con su determinación de abolir el régimen de terror que se empleaba para gobernar, si se pudiera utilizar esa palabra.
– Introdujo también la obligatoriedad de la planeación nacional para el desarrollo, así hizo el proceso de toma de decisiones institucional.
Los años pasan dejando imborrables huellas de la calidad de sus gobiernos, tanto como los jefes de las unidades que les corresponda conducir, como la moral con que lo hagan. Lamentablemente, más las huellas de estos segundos que los primeros.
Vinculado a esa forma de gobernar, tenemos dos grandes señoras que dominan el espacio nacional: la corrupción y la impunidad.
La corrupción puede analizarse como una invasión de todo lo que tenga valor o lo signifique. Para comprenderla en su letalidad, piénsese que es el peor enemigo de la legitimidad del Estado.
La impunidad es la hermana siamesa de la corrupción: es la situación que coloca al individuo y a las instituciones en el peor de los escaparates, ya que exhibe al pronunciarse a la que una persona que comete un agravio contra los legítimos poseedores de todo derecho.
En el caso de México, los dos fenómenos significan que el Estado no es capaz de esclarecer un delito. Suele proteger a los victimarios y garantizar que la ley no se aplique a quien tenga privilegios.
Años y años pasan y no hay gobierno de los tres niveles que no haga del combate a estos dos fenómenos alusiones repetitivas de programas de la más alta calidad; así lo anuncian.
Fue Miguel de la Madrid el inventor de la expresión más depurada. Él trajo al lenguaje político la idea de la renovación moral de la sociedad. Fue en su gobierno que se originó.
Se pensaba que la opinión pública reprobaría el término más que las consecuencias que pudiera traer sobre intereses de particulares, pero el pueblo sabio pronto se acostumbró al uso del término. La sociedad deglutió el tema y aplaudió a rabiar, hasta se adhirió a él públicamente. Nada pasó que fuera consecuente con las esperanzas que levantó.
carrillooleajorge@gmail.com







