Luis Ricardo Guerrero Romero
Y ella me dijo, la verdad no es que sea estéril, si no que, me gusta cuidarme a mi modo, a veces pastillas, en otras inyecciones, y pocas terminan en abortos. Lo hago por mi bien, para seguir siendo una mujer productiva, el embarazo es admirable pero como están las circunstancias, no deseo formar parte de esa fila. Las mamás son el ícono de la responsabilidad, y yo por el momento sólo soy la pantomima de la vida. Me lastima que todo se circunscriba a la economía, pero es así. ¡Lo siento!, si esto obstruye tus planes puedes alejarte, por lo menos este año yo seguiré en la misma posición.
Entonces me alejé, fue lo mejor que hice en mi vida, mis planes eran otros y ella era otra, una bina equidistante en el amor, pero contradictoria en el proyecto. Espero siga ella bien, con sus pastillas, sus inyecciones, sus abortos, y sobre todo, que siga feliz con sus parches.
Relato mínimo para explicación extensa es lo que nos deja como tarea las líneas anteriores. Habrá varias parejas, ya sea en el caso de la mujer u hombre que hayan pasado por semejante ejemplo, o bien otras situaciones en donde la esterilidad fue la bandera protectora para procrastinar la vida. Los entiendo, este periodo 2020 por el cual pasamos nos ha dado en qué pensar; no es el mejor momento histórico para la concepción. Sin embargo, no estoy aquí para hacerla de psicólogo o sexólogo, sino para divagar sobre alguna palabra que constituye nuestro lenguaje. En esta ocasión: estéril.
Tal palabra herencia antiquísima de la voz: στεριφος [steriofos> esterifo] y στερος [esteros]: privación, pérdida; firme y cruel, respectivamente. Tales palabras dieron origen a la voz latina: sterilis, e: infecundo, vano. Por lo tanto, estéril. Podemos entender que tanto humanos, como tierras y desde luego la fauna que no germina es vana, cruel, infecunda. Pero ¿de dónde nos viene semejante desdén por los no creadores de la vida? De las estrellas. La situación nómica tiene competencia en este asunto de la esterilidad, puesto que, es sabido que desde la lengua persa: satarah: “mirto”, de donde viene la idea de la estrella y el sustantivo Ester. Son las palabras que dieron origen a la stella, la estrella del desierto, la estrella del desierto es la estrella que ilumina pero que no genera. No germina, cruel, sólida, infecunda. La Venus (una variante de Ishtar, diosa babilónica hermosa que copulaba, pero no engendraba) en la mitología bella e infranqueable.
Por si esto de la esterilidad y estrella fuera poco, bástenos recordar la idea de lo no fecundo frente a las estrellas. De hecho, en la cultura judeo-cristina la estrella de Belén nos avisa sobre el fruto que se da a partir de una mujer no fértil. Aunque esta idea es reiterada en muchas mitologías religiosas. La virgen, la infértil, la privada de dar vida es trascendente porque siendo pura brilla, es decir da vida. El juego eterno de que mientras más alejado del placer, más cerca de la gloria.
Además, la astronomía nos recuerda que una estrella es una potente fuente de energía, y que éstas forman sistemas. Tenemos ejemplos de estrellas estériles como: variable pulsante, secular, la de Wolf-Rayet, variable luminosa azul, supernova, y un largo etcétera. Sin dejar de mencionar el sentido simbólico que engloba el nombre Ester o Esther. Nombre históricamente infecundo, pero luminoso, o bien el penar en el poder del Arcano mayor 17.
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