Federico Anaya Gallardo

La semana pasada, lectora, te conté que el actual presidente de EU, Joe Biden, se había burlado en 1997 de la amenaza de Moscú de buscar el apoyo de China si la OTAN se expandía sobre los países que formaban parte del Pacto de Varsovia. Biden apoyaba entonces la expansión de la Alianza Atlántica y, cuando la Administración Clinton propuso aceptar en ella solamente a polacos, checos y húngaros, el entonces senador Biden cabildeó para que se incluyese a Eslovenia –recién separada de Yugoslavia. (Liga 1, minutos 51 & ss.) Aunque fracasó entonces, la posición Biden (una expansión constante) terminó predominando. Una vez que el Senado de EU aceptó el ingreso de Polonia, Chequia y Hungría (en 1999) ingresaron a la OTAN siete nuevos estados. Dos eran independientes desde 1918 (Rumania y Bulgaria), dos habían nacido de una secesión (Eslovaquia de Checoslovaquia, y Eslovenia de Yugoslavia), y tres habían sido parte de la URSS (Lituania, Letonia y Estonia). En 2009 ingresaron Albania y Croacia (ex Yugoslavia). Finalmente, otras dos repúblicas ex yugoslavas se unieron: Montenegro en 2017 y Macedonia del Norte en 2020.

El problema central de la expansión de la Alianza Atlántica entre 1991 y 2022 (tres décadas) ha sido la definición de su enemigo. La OTAN se diseñó en 1949 como un bloque militar para oponerse a un potencial ataque de la URSS contra Europa Occidental. El centro del tratado que la creó es el Artículo V, cuya primera parte estableció que “las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas ellas”, por lo cual todos los estados miembros –por separado o colectivamente– “ayudará a la Parte o Partes atacadas”. Esto buscaba elevar el costo geopolítico de un ataque soviético en contra de los aliados estadunidenses en Europa –y justificaba un contrataque inmediato de EU. Recuerda, lectora, que entre 1945 y 1952 EU mantuvo de facto el monopolio del uso de la bomba atómica.

El Artículo V de la Carta Atlántica justificaba legalmente la intervención de la gran potencia nuclear estadunidense para resolver cualquier conflicto grave que involucrase a su enemigo comunista. En ese contexto, para contrarrestar la amenaza de la OTAN, la URSS patrocinó en 1955 la firma del Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua o Pacto de Varsovia. Una vez que EU y la URSS alcanzaron el equilibrio de sus capacidades nucleares, los territorios de los estados de la OTAN y del Pacto de Varsovia sirvieron de facto como una zona de amortiguamiento entre ambas superpotencias.

Sin embargo, desde que Mijail Sergéyevich Gorbachev (Михаи́л Серге́евич Горбачёв, n.1931) asumió el mando soviético (marzo de 1985), la URSS planteó la necesidad de reorganizar la geopolítica europea mediante un nuevo sistema de seguridad –que superase la dicotomía OTAN-Pacto de Varsovia. Para esto, Moscú rescató una de las aportaciones de la era de distensión (Détente / Разрядка, Razryadka) patrocinada por Nixon (EU) y Brezhnev (URSS): la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación de Europa (CSCE, Acta de Helsinki de 1975). El biógrafo estadunidense de Gorbachev, William Taubman, nos aclara que el último premier soviético “transformó ese espejo propagandístico en una visión que sonaba falsa, pero que no lo era, de una «casa común europea»” (Gorbachov, vida y obra, Debate, 2018, p. 276).

¿Era la CSCE de 1975 un “espejo propagandístico” soviético? Veamos la opinión de uno de los países que no quisieron participar en los acuerdos de Helsinki: El líder comunista de Albania, Enver Hoxha, señaló que detrás de la convocatoria soviética había una presión real de los países satélite de la URSS “para romper las cadenas del Pacto de Varsovia” y que los países de Europa del Este usaban el espacio de Helsinki “para fomentar su amistad con los EUA y Occidente, para buscar inversiones en la forma de créditos e importaciones de tecnología sin restricciones, para permitir a la iglesia recuperar sus espacios tradicionales, para profundizar la degeneración moral, para incrementar el anti-Sovietismo, de modo que el Pacto de Varsovia se convierta en un cascarón vacío.” (Hoxha, The Superpowers 1959-1984, 1986, p.151, Liga 2.) Siempre es bueno que haya un radical alucinado en la mesa: probablemente sea el único que se atreva a decir las verdades enojosas.

La oposición OTAN-Pacto de Varsovia era una trampa que, en los 1980, se había vuelto mortal por partida doble. Por un lado, condenaba a decenas de países a pelear las guerras de las superpotencias y por el otro justificaba una demencial carrera armamentística: al final de la Guerra Fría EU contaba con más de 30 mil armas nucleares y la URSS con más de 60 mil. (Liga 3.) La ventaja socialista se logró a costa del desastre económico de los pueblos soviéticos. Por eso Gorbachev necesitaba acabar con el arreglo OTAN-Pacto de Varsovia.

La propuesta soviética entre 1985 y 1991 fue que todos los países que formaban las dos alianzas militares europeas construyesen, juntos, un nuevo sistema de seguridad. Los Acuerdos de Helsinki eran un espacio razonable para eso, siempre que cada Estado decidiese por sí mismo (el viejo principio leninista de la autodeterminación de los pueblos). Desde mayo de 1985 Gorbachev explicó al Politburó que las relaciones con los satélites soviéticos cambiarían: Moscú no les impondría línea. (Taubman, p.277.) Al mismo tiempo, la URSS se comprometió seriamente en el desarme nuclear: entre abril y junio de 1987 se negoció la eliminación de misiles de alcance intermedio (Pershing estadunidenses y Okas soviéticos). El resultado fue al acuerdo de “doble cero” (eliminar misiles de rango intermedio y corto). Gorbachev mejoró el arreglo, decretando unilateralmente el “doble cero mundial” (incluyendo Asia). (Taubman, p.400.)

En diciembre de 1988, Gorbachev anunció ante la Asamblea General de la ONU el retiro de Europa del Este de medio millón de soldados del Ejército Rojo (seis divisiones, 10 mil tanques, 8,500 cañones, 800 aeronaves). Este anuncio clarificó que los pueblos de esa región eran libres de decidir su destino. Un ex comandante supremo de la OTAN, el general Andrew Goodpaster declaró que ese era “el paso más significativo [en la geopolítica europea] desde que se fundó la OTAN”. (Taubman, pp. 424-425.) Tres meses más tarde, en marzo de 1989, Gorbachev vuelve a proponer una “casa común europea” y que la OTAN y el Pacto de Varsovia se disuelvan simultáneamente. (Taubman, p.391.) El 6 de julio de 1989, Gorbachev habló en Estrasburgo ante el Consejo y el Parlamento Europeos, recordando el sueño de Victor Hugo de una Europa unida y casi solicitando el ingreso de la URSS a lo que hoy es la Unión Europea. Un año más tarde, en julio de 1990, Gorbachev aceptaría el retiro de otro medio millón de tropas soviéticas en preparación a la reunificación de Alemania.

Todas estas concesiones soviéticas ocurrieron porque la URSS no podía seguir en la carrera armamentista. Washington no terminaba de entender la facilidad con que su enemigo se retiraba de los campos de batalla de la Guerra Fría –pero nunca se imaginó que Moscú actuase de buena fe. Cuando empezó la Administración Bush en enero de 1989, el nuevo gabinete seguía pensando que estaba ante una “trampa” de los comunistas (Dick Cheney era el secretario de la Defensa). En 1990, las reformas gorbachovianas en la propia URSS hicieron crisis. La semana pasada te conté, lectora, de las sucesivas declaraciones de autonomía e independencia de las entidades federativas soviéticas ocurridas en ese año. Gorbachev pidió apoyo financiero y político a Occidente para sostenerse. La Administración Bush escatimó y racionó la ayuda.

Cuando a principios de 1990 la URSS trató de negociar con Helmut Kohl seguridades de que una vez reunificada Alemania, la OTAN no se expandiría al Este, Bush le dijo al canciller alemán “—¡Al diablo con eso! Nos hemos impuesto nosotros, no ellos. No podemos permitir que los soviéticos se aferren a una victoria estando en las fauces de la derrota”. (Taubman, p.542.) Fiel a su educación leninista, Gorbachev había apostado a la paz entre pueblos que ejercían en libertad su autodeterminación. Fieles a su tradición de cazadores, los halcones de la Casa Blanca se cebaron sobre el enemigo herido.

La postración de la URSS fue seguida de un decenio de caos general en la Rusia post-soviética. La OTAN siguió avanzando al Este –pese a que su enemigo comunista había desaparecido. Pese a Putin, la economía rusa contemporánea es 1/15 de la estadunidense –mientras la soviética llegó a ser 1/3. La Federación Rusa no es una potencia equiparable a la URSS. Pero, pese a los avances del desarme nuclear, Moscú aún tiene en su arsenal miles de cabezas nucleares. El 3 de abril de 2008 los jefes de Estado y Gobierno de la Alianza Atlántica declararon en Bucarest, Rumania: “La OTAN da la bienvenida a las aspiraciones Euro-Atlánticas de Ucrania y Georgia para ser miembros en la OTAN. Acordamos que esos Estados serán miembros de la OTAN. Ambas naciones han hecho valiosas contribuciones a las operaciones de la Alianza”. (Liga 4.) Moscú manifestó que eso era una amenaza existencial. Pese a ello, la OTAN ha seguido avanzando. Como si Bush I aún estuviese vivo y diciendo: “Nos hemos impuesto nosotros, no ellos”.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.c-span.org/video/?86974-1/nato-expansion

Liga 2:
https://www.bannedthought.net/Albania/Hoxha/Hoxha-TheSuperpowers.pdf

Liga 3:
https://csis-website-prod.s3.amazonaws.com/s3fs-public/legacy_files/files/media/csis/pubs/trendsinthenuclearbalance%5B1%5D.pdf

Liga 4:
https://www.nato.int/cps/en/natolive/official_texts_8443.htm

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