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Luis Ricardo Guerrero Romero

Volviste activar la clepsidra luego de ojear nuevamente aquellas letras mudas y estridentes, no te sentías tú, no te veías tú, tú no fuiste tú. Repasas otra vez el poema con la finalidad de grabarte algo que no sean noticias o bailes en tik tok. Lo has escrito 333 veces en tu cuaderno y aún no lo memorizas. Pero es tan sencillo, es tan inmensamente breve como tu vida: “Qué significa persistir en el callejón de la muerte? / En el desierto de la sal cómo se puede florecer? / En el mar del no pasa nada hay vestido para morir? / Cuando ya se fueron los huesos quién vive en el polvo final?” A Neruda no le importa la memorización de su poema, a tu pareja no le importa la memorización de tus amores, a la empresa no le importas nada en absoluto, y sólo te importas tú, tú en tus ensueños peligrosos.

¡Siente ya, siéntete ahora, siente tu aliento, la carne, la bruma del alma, siente tus huesos! Eres la triste osamenta forrada de cuero, eres la voz del invento de Dios. Tu intriga es lícita y gime: ¿Qué significa persistir?

Cuando vivimos, es decir, cuando estás vivificando, sientes todo lo que te rodea, pero es imperceptible sentir eso que te constituye. ¿Quién de aquí ahora siente el torrente de su sangre transitando apacible, quién además ahora siente los millones de movimientos células por nuestro cuerpo? ¿Quién ahora mismo siente sus huesos? Quizás al fracturarnos o dañarnos físicamente volteamos al hueso, volteamos a esa arquitectura dura para pedir ayuda, para sentirnos bien, para ser persistentes en la vida. La tenacidad es firme, es sólida, es dura, son los huesos pues, la analogía de la persistencia, y otra vez: qué significa persistir.

Pero nuestra tarea acá es más primitiva, es la tarea del salvaje conocer, en este caso en saber de dónde nos vine la voz hueso. Comenzaremos por recordar una marisquería y una orden de ostiones en su concha, la característica al tacto de la concha es la dureza, pero también la función. La concha cubre, protege. Nuestro sistema óseo abriga el corazón, resguarda el cerebro, custodia con dureza a distintos órganos del cuerpo. Los huesos, lo que queda al final de nuestros días, la concha, la basura que se arroja inservible recuerdo sin sabor.

A partir del griego antiguo: οστεω [osteo] que significa hueso se gestó nuestro sustantivo ahora en discusión. El sustantivo ostión viene del mismo origen, pues esa concha es pura dureza que se solidificó en el mar, así como un feto en la placenta. Palabras como osamenta, óseo son ejemplo de eso. Asimismo, tal palabra se ubica en latín: ossis; osteoporosis, osteoartritis, son exiguas palabras resultado de la unión de las voces ya mencionadas.

La economía de la lengua hizo que esa /o/, pasara a una /u/; y el resto ya es historia, pues el fonema /h/ sólo se integra para generar la palabra hueso.

Aquellas expresiones antiquísimas: hueso de mi hueso, integra una filiación, un vínculo inquebrantable como el hueso; chupar hasta los huesos, responde a la actitud de no dejar nada, llevarse la última esencia, a otro perro con ese hueso, andar tras los huesos, quebrarle los huesitos a alguien, entre otras ideas son expresiones dignas de roer, aunque no tengan hueso.

l.ricardogromero@gmail.com