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¡Ya mero, ya merito!

Luis Ricardo Guerrero Romero

Estás meditando sobre la misma cosa que ya habías solucionado. Solo tú. Sabes lo que podría haber sucedido si ella… Te vuelves a rebuscar en la misma loca idea del hubiera, hubiera, ese constante e inservible hubiera. José Cruz dijo: “una buena idea dicha a destiempo es inútil”. No te empeñes en ser un inútil. Ahora te mojas la cara para provocar romper la vigilia, sabes que no llegará el amanecer a tu alma, sabes que eso es lo que últimamente buscas desde que ella… Lees los últimos mensajes del WhatsApp, re-oyes (evitemos dos anglicismos en una misma línea) esas notas de voz que te dejan lacerada la oreja. Lloras, tus lágrimas saben al destilado del corazón, zumo de un penca ensangrentada. Toda tu persona es una experiencia de ponerle algo de sal a un limón, así es tu alma, una lengua que saliva, involuntariamente existes por si ella…

No claudiques en tus decisiones, aférrate a tu objetivo, ¡ya mero, ya merito! Que hasta la propia mosca se rehúsa de abandonar la mierda de la que es espantada por una sombra. ¡ya mero, ya casi lo consigues! Sólo falta que ella…

Lo que se acaba de leer, el relato que se ha quedado inconcluso, inconsulto, inconcuso en sí mismo, nos indica que algo te pasó, y que algo me pasó a mí. Lo que primero tiene que ver con la idea madre de estas letras: saber cómo llegó una voz a nuestras vidas, y lo segundo, también, pues sin lo primero, yo no sabría decir por qué en esta sociedad decimos el mero o el merito.

Toda clase de palabras son proclives a una observación morfológica, semántica, fonológica. Hay además aquellas que por su estilo o uso nos ayudan a navegar por los ríos de la simbología y de la filosofía del lenguaje. Hablar es eso que palpita en nuestra voz, y digiere nuestro espíritu. ¿Cuál de todas las manifestaciones de lenguaje es la mera mera? Esta, y también la otra, y todas las demás.

Pero para no entrar en trivialidades hablemos del mero, esa expresión “fórmula” del habla, receta de nuestra sociedad para indicar que sé es mejor, o que tiene una jerarquía mayor. Así, por ejemplo, tenemos expresiones como: ¡ya merito acabo!, ¡dónde mero te la dejo caer!, ¡soy el mero mero!, y su coloquial parentesco con el “merengues”. Esas expresiones, a excepción de la última, tienen por así expresarlo, familiaridad con: ante, simple, previamente, primeramente, superior, principal, originario, inicial, uno y primo (sinónimos de primero). Debido a que, esas voces: mero y merito, son el apócope o reducción del sustantivo (número ordinal) primero. Es a partir del latín: primus de donde se genera el prim-ero, con su desinencia que corresponde e indica lo relativo a.

De tal suerte en la expresión: ¡ya merito acabo!, se diría: ¡ya primero acabo!; ¡soy el mero mero!, ¡soy el primero de los primeros!, entiéndase el más chingón. Y, pues meramente (simplemente) sería todo por hoy.