Federico Anaya Gallardo
¿Por qué me he ido al lejano pasado de la tradición occidental para contarte de la hegemonía, querida lectora? Primero, porque la palabra griega es ambigua. Nos habla de poder y mando, pero también de congregación y de un despertar que sería colectivo. El liderazgo del hegemón griego era una cosa rara. El ateniense Tucídides (Θουκυδίδης, Thukydídes, 460aC-396aC) nos ofrece pistas sobre la cuestión en la historia de la conquista de la ciudad e isla de Melos en 416aC. Ese segundo padre de la Historia le dedica un más bien largo diálogo al encuentro de los poderosos atenientes (αθηναιοι, athinaioi) y los débiles melios (μηλιοι, milioi).
Los invasores atenienses nomás llegaron a la isla, rodearon su capital y amenazaron a su gente sin tener razón alguna para agredir. Melos era una ciudad-Estado de origen espartano, pero que no se había alineado con Esparta en la guerra. Tampoco había sido parte de la Liga de Delos creada por Atenas para enfrentar al Imperio Persa. No eran enemigos de Atenas, ni habían traicionado a Atenas. Los melios agredidos explicaron a los atenienses invasores que ellos no deseaban confrontarlos y les ofrecieron mantener su neutralidad en la gran guerra entre las ligas encabezadas por Atenas y Esparta. El chileno Alfonso Gómez-Lobo (1940-2011) hizo una buena traducción del Diálogo de los Melios de Tucídides en un artículo de 1989. (Puedes leerlo completo en la Liga 1.)
Los invasores atenienses no aceptaron esas ofertas de los melios. Demandaron que Melos se rindiese sin pelear y les pagase tributo. Incluso aclararon que no querían destruir la ciudad precisamente porque querían que la ciudad les pagase. Los débiles melios respondieron que entre morir defendiéndose de la esclavitud y aceptar ser esclavos sin luchar, preferían resistir. Preferían arriesgarse a la derrota y confiar en un inesperado giro de la suerte (τύχη, tyje). Los fuertes atenienses se burlaron de ellos y los llamaron necios.
Aparte, los invasores atenienses dijeron a los débiles melios que lograr sólo una simple neutralidad desprestigiaría a Atenas ante las ciudades-Estado que ya estaban en su liga; pues estas últimas creerían que los melios habían sido tan fuertes que Atenas no pudo conquistarlos. Allí, los invasores atenienses confesaban la tragedia del prestigio que sufre el hegemón. Debe aparentar (y ejercer) más poder del que efectivamente necesita.
Más interesante: los melios agredidos sugirieron que, si los atenienses se comportaban así de injustamente con ellos, en el futuro podría ocurrir que la suerte pusiera a Atenas a merced de una potencia más grande. Los invasores atenienses respondieron que eso estaba en el futuro y era por lo mismo incierto. Pero, si llegaba a ocurrir, ellos –que aplicaban hoy la “Ley del más fuerte”– deberían sin duda sufrirla mañana… Es decir, el realismo político del hegemón ateniense era sincero: sabían que cambiada la circunstancia (correlación de fuerzas) igual que un día los melios sufrían la “Ley del más fuerte” luego los atenienses podrían sufrirla igual. Así son las cosas humanas, explicaron a los débiles melios.
La suerte de los débiles melios fue sufrir lo que quisieron hacerles los fuertes atenienses. Cuando los últimos asaltaron la ciudad, mataron a todos los varones mayores de edad. Mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. La isla fue entregada a colonos atenienses. Una victoria terrible que desprestigiaba la fama de los atenienses como gente civilizada.
En su artículo de 1989 Gómez-Lobo sugiere que el historiador ateniense incluyó el Diálogo de los Melios justo antes del episodio final de su Historia de la Guerra del Peloponeso para que el lector reflexionara en las consecuencias que convoca el hegemón cuando aplica la “Ley del más fuerte”. Gómez-Lobo sugiere esto porque los atenienses habían aplicado duramente esa política en varias ocasiones previas, pero el incidente de Melos ocurrió justo antes de una campaña ateniense excesivamente ambiciosa contra las colonias griegas en Sicilia en los años 413aC-412aC.
El diálogo está perfectamente colocado en la Historia al fin del Libro 5. (Se cree que Tucídides había planeado que la Historia tendría diez libros.) El relato de la expedición siciliana empieza en el Libro 6. Allá –en la isla hoy italiana– mientras ponían sitio a la ciudad-puerto de Siracusa, los orgullosos invasores que masacraron a los melios serían derrotados por los patriotas siracusanos. Y estos últimos usarían los mismos argumentos realistas o de “razón de Estado” que pocos años antes esgrimieron los atenienses contra los débiles melios. Entonces el realismo trabajó en contra de Atenas. Del desastre siciliano derivó la derrota total de los atenienses ocho años más tarde.
Todo lo anterior lo sabía Tucídides, quien entre 410aC y 400aC estaría escribiendo la versión final de su Historia … Es decir, el historiador es consciente de la πανωλεθρία (panolethría), “debacle” o “destrucción total” en Siracusa y que al final de la larga guerra todos –enemigos espartanos y aliados que abandonaron la Liga de Delos– pedían la destrucción total de Atenas, así como la muerte y esclavitud de sus habitantes –tal y como los atenienses habían tratado a los melios (y a muchos otros pueblos). Es decir, incluir la victoria injusta sobre los melios a la mitad de la obra serviría para construir sentido ejemplar del desastre ateniense. Gómez-Lobo nos dice que podemos suponer “que su función literaria es ofrecer al lector una formulación de la ideología del imperialismo ateniense en su fase más extrema” (Gómez-Lobo, Liga 1, p.248).
Aparte, como en medio de la guerra Tucídides había sido desterrado de Atenas por una expedición fracasada, al refugiarse en ciudades enemigas, adquirió contactos que le permitieron conocer lo que el enemigo siracusano y otros habían argumentado contra sus conciudadanos atenienses. Por eso registró que el polemón Hermócrates de Siracusa había declarado, cuando su ciudad decidió resistir a los fuertes invasores atenienses: “Mis reproches no van dirigidos a los que quieren dominar sino a los que están prontos a someterse, pues lo humano es por naturaleza tal que siempre domina sobre el que cede y se defiende del agresor” (Historia, IV.61.5). La “Ley del más fuerte” tiene, como contrapartida, la necesidad humana de resistir al agresor… ¿algo así como la “Ley del más débil”? Gómez-Lobo concluye que la Humanidad “tiene una manera natural de ser y de comportarse que consiste en atacar cuando se es fuerte y defenderse cuando uno se ve agredido” (Gómez-Lobo, Liga 1, p.262).
Si en este momento introducimos la cuestión de la suerte (τύχη, tije), querida lectora, entonces veremos que apostar por el simple poderío material de los hegemones es siempre una mala idea. ¿Hay algo más en la hegemonía? Sí. Ese “algo más” lo puedes empezar a intuir en medio de la narración que te cuento.
En el Diálogo de los Melios, los invasores atenienses habían recordado que Atenas tenía cierto “derecho” a liderar al resto de las ciudades-Estado porque ella había encabezado, décadas antes, la exitosa resistencia contra el imperio aqueménida de Persia. El problema es que la victoria de los griegos sobre los grandes reyes orientales sólo fue posible por una mezcla de factores en los cuales la buena suerte había sido determinante. Aparte, los atenienses habían tomado grandes riesgos incluso cuando estaban en desventaja. Lo que hacía aún más injusto que acusaran a los melios de necios por resistir al poderoso ejército ateniense. Y esa injusticia era evidente para todos: atenienses, espartanos, melios sobrevivientes y a todos quienes hemos leído el relato durante los últimos tres milenios.
Otro autor chileno, Roberto Torretti (1930-2022) preparó en 2017 una edición bilingüe Griego-Castellana del Diálogo de los Melios de Tucídides para Ediciones Tácitas de Santiago de Chile. La titularon Por la razón o la fuerza –que es el lema de la República de Chile… Por cierto, que Torretti lo hizo porque encontraba una armonía entre los argumentos atenienses y “la idea del estado y de las relaciones entre estados que inspiró a los padres de nuestra patria cuando adoptaron el lema nacional”. Justicia d injusticia evidentes en el antiguo texto pueden ser útiles a las y los ciudadanos chilenos de hoy. (Puedes descargar el libro completo en la Liga 2.)
Igual que Gómez-Lobo, Torretti cree probable que Tucídides haya escogido la tragedia de Melos para construir una reflexión acerca de las consecuencias de la política ateniense. La aplicación de la “Ley del más fuerte” en Melos y otras partes sería la ὕβρις (hybris, soberbia) que convoca a la νέμεσις (némesis, resentimiento/venganza). Atenas se había convertido en una πολις τύραννος (polis tírannos, ciudad-tirana) que oprimía no sólo a sus enemigos, sino incluso a sus aliados. Pero Torretti nos advierte que en esto no hay un “gran pecado” ni una invocación a una “venganza divina” contra los soberbios. Más bien la aportación de Tucídides es desmitificar la relación entre hybris y némesis.
El historiador ateniense es un realista a quien no le importan ni los mitos religiosos ni las leyendas creadas por los humanos: “No vamos a pronunciar largos discursos que nadie va a creer”, le dijeron los atenienses a los melios en 416aC. La hybris no es pecado, sino imprudencia que nace del éxito (la riqueza y las victorias atenienses) o de falsas expectativas (mantener la imagen de Atenas ante sus aliados). La némesis no es castigo a un pecado, sino la consecuencia de los errores cometidos por quien es imprudente (una campaña mal planeada y peor dirigida en Siracusa). (Torretti, Liga 2, p.26.)
Pero entonces, los éxitos del hegemón también tienen orígenes humanos/materiales. No son premios que dependen de la moralidad (religiosa o humana) sino de la conducta concreta de los actores políticos que perpetuamente se adaptan a cambios de circunstancias (suerte, fortuna) y/o a cambios en la correlación de fuerzas entre los contendientes (condiciones objetivas, dirían aquellos otros Antiguos, los de las banderas rojas).
Doce años antes de que los soberbios atenienses se impusieran a los melios y se burlasen de su necia decisión de resistir pese a ser débiles, en el año 428aC, el estratego ateniense Formión arengó a los atenienses de la flota bajo su mando así: “Cuando ví, soldados, que estábais llenos de miedo ante el número de [nuestros] enemigos os he convocado, pues estimo que no hay que tener pánico … [Los espartanos] son osados … porque frecuentemente tienen éxito … en la guerra de infantería [terrestre], y así creen que harán lo mismo en el combate naval. … Quienes [combaten] desde una situación de desventaja, y sin verse obligados a ello, se arriesgan teniendo una gran firmeza de espíritu” (Tucídides, Historia, Libro II, 89; puedes leerlo en la Liga 3 en la traducción de Guzmán Guerra para Alianza [1989], pp. 193-194).
Los atenienses habían sido heroicos en 428aC. Esto hace aún más grosero su abuso contra los melios en 416aC. Y por eso, quien lea el final amargo para Atenas en aquella larga guerra no sentirá demasiada melancolía. Tucídides escribió todo para que sus conciudadanos aprendiesen.
El héroe político de Tucídides era Pericles (Περικλῆς, 495aC-429aC), quien murió poco después de iniciadas las hostilidades. El historiador rescata la oración fúnebre que Pericles pronunció por los caídos en el primer año de la guerra (431aC). El líder dijo allí que esos muertos eran héroes de la ciudad porque “consideraron en más el defenderse [resistir al invasor] y sufrir, que ceder y salvarse; … y aguantaron el peligro de la acción al precio de sus vidas” (Historia, Libro II, 89, 42; Liga 3; p. 159). ¡Igual que los melios débiles pero tercos en su resistencia!
En ese mismo discurso, Pericles aseguraba que un elemento de la grandeza de Atenas era que “nos procuramos a los amigos, no recibiendo favores sino haciéndolos”. No es que Pericles fuera –diríamos los católicos de hoy– una “hermanita de la Caridad”, sino que sabía que quien “debe [un favor] es … más débil, ya que sabe que [lo] devolverá … como si fuera una deuda”. (Historia, Libro II, 89, 40; Liga 3; p. 158.) El hegemón debe ser esencialmente generoso porque la generosidad es un mecanismo más práctico para construir (y mantener) una coalición muy amplia. Hace favores. Procura beneficios para sus aliados. Los coopta. Esa es la clave de su éxito.
Si se confía y abusa de su posición, entonces el hegemón arriesga perder su dominio. En mi opinión, esta es la gran lección tucidideana: al centro de toda hegemonía, aparte de la fuerza, hay convencimiento y el consenso de quienes son atraídos a la órbita del hegemón. Nada se puede sin el consentimiento de quienes se congregan bajo la hegemonía.
Salud y República.
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://www.estudiospublicos.cl/index.php/cep/article/view/1409
Liga 2:
https://archive.org/details/torretti-roberto-por-la-razon-o-por-la-fuerza
Liga 3:
https://archive.org/details/tucidideshistoriadelaguerradelpeloponeso




