María del Pilar Torres Anguiano

“Cámbiale a eso. Para dramas, el de mi vida”, me decía mi madre cuando yo intentaba imponerles alguna de las películas que me gustan. Este conflicto data de la era pre-netflix, porque ahora, como todos sabemos, cada quién puede ver lo que le viene en gana, sin necesidad de buscar el consenso; sin embargo, lo traigo a cuento porque refiere un asunto que llama mi atención. Algunos hemos caído en el error de pensar que la comedia es una especie de género menor o, mejor dicho, pensar que una tragedia es automáticamente más profunda que una comedia. Resulta significativo el hecho de que buena parte de los filósofos clásicos, de manera directa o implícita, consideraran a la comedia como jerárquicamente inferior con respecto a otros géneros.

Dice Aristóteles que, a diferencia de la tragedia, la comedia tiende a presentar a los hombres peores de lo que son. En la tragedia, los arquetípicos personajes suelen ser víctimas de algo que les sobrepasa, ya sea el destino o los dioses. En la comedia, en cambio, los personajes son el charlatán, el vago, el peladito, el fanfarrón, el galán de barrio, o cualquier otro “hijo de vecino” (como diría mi madre); tipos vulgares que encarnan los vicios y defectos humanos, cuya actitud tiende a exagerar o ridiculizar las cosas y cualquiera puede identificarse con ellos. En las tramas más habituales, están presentes las situaciones absurdas y los problemas cotidianos como el engaño, el robo, la burla o la estafa. Libertad y simpleza son componentes característicos que impregnan tanto a la comedia como a la vida cotidiana, y se manifiestan en elementos que van desde la sorpresa y la sátira hasta los cambios de ritmo y el sinsentido. Así, los personajes y las situaciones son nuestro reflejo, por eso nos reímos.

El humor es una afirmación de dignidad, una declaración de superioridad del ser humano sobre lo que acontece, por lo que su virtualidad educativa no debiera desperdiciarse. El humor es una herramienta crítica de gran eficacia, pues permite ver lo que los demás no perciben y ser consciente de la relatividad de las cosas. A veces el mejor consejo es el que proviene de un chiste y no de una formulación teórica.

-Dice el profesor de filosofía a su auditorio, después de la conferencia: Y si ustedes me han comprendido bien, es que me he explicado mal.

Lo anterior lo leí alguna vez en la sección de humor del Reader’s Digest. Definitivamente, algo hay de cierto. Como muestra de ello, hay una frase atribuida a diversos autores que compara al filosofar con la acción de meterse a un cuarto oscuro, con los ojos cerrados, para buscar un gato negro que ni siquiera está ahí. Los filósofos tenemos fama de ser abstractos, complicados –aburridos, pues. Algunos, en cambio, no podemos tomar en serio a alguien que no sabe reírse.

Es innegable que, si se le explota al humor su potencialidad subversiva, el resultado es muy interesante. Actualmente, varios analistas coinciden en señalar que la comedia se ha convertido en la oposición más feroz al gobierno de Donald Trump. La comedia le afecta profundamente, dijo el cineasta Michael Moore. Si se burlan de él, si lo ridiculizan o simplemente muestran que no es popular (…), va a implosionarformemos un ejército de comediantes y lo derribaremos.

El sentido del humor es el término medio entre la frivolidad, para la que casi nada tiene sentido, y la seriedad, para la que todo tiene sentido. El humor equivale a una virtud social que revela, al mismo tiempo, que no hay nada tan profundo que no tenga algo de frívolo, y que no hay nada tan frívolo que no encierre algo de profundidad. Se puede bromear con todo, pero no debe hacerse de cualquier manera. Está bien la irreverencia ligera, pero no la ofensa. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, de ligereza y de humanidad y no más odio, sufrimiento o desprecio. La burla violenta hiere; el humor, en cambio, cura. La falta de respeto quiere dominar; el buen humor, en cambio, libera. El animal más sufriente de la tierra se vio obligado a inventar la risa, dice Nietzsche.

Así, la filosofía y el humor están estrechamente relacionados. El sentido en el sinsentido, que caracteriza al chiste, es también la forma de las paradojas, aporías y acertijos de los que echa mano la argumentación filosófica. Del mismo modo, jugar con los significados y las múltiples acepciones, el disparate, los enlaces arbitrarios y contrastantes, los sofismas y falacias –que tanto le ocupan a la filosofía– son descripciones de las técnicas de la comedia y el humor. La actitud filosófica requiere de una mirada irónica, como lo demuestra el propio Sócrates.

De la unión entre filosofía y humor hay grandes ejemplos de creatividad, ironía e irreverencia, como Voltaire, quien no creía en la intervención divina en los asuntos humanos y denuncia el providencialismo en su novela Cándido, caricaturizando las ideas utópicas de su colega Leibniz sobre Dios ante un mundo lleno de maldad, la crueldad y la pobreza. Por cierto, no está de más tomar en cuenta este buen consejo de Voltaire: Si alguna vez ve saltar por la ventana a un banquero suizo, salte detrás. Seguro que hay algo que ganar.

Henry Bergson creía que la risa tiene la función social de dirigir nuestra atención a la conducta rígida en nosotros y en los demás, y corregir esa conducta antes de que pueda resultar perjudicial. Ninguna sociedad será verdaderamente sana y bien ordenada si no es capaz de reírse de sí misma.

Nietzsche demuestra que saber reírse de sí mismo es indicador de un pensamiento crítico y creativo. Para él, uno de los más grandes librepensadores, la vida es voluntad pura. Desde ese vitalismo, convoca a los hombres danzar con ritmo alegre, y así afrontar con alegría y fuerza los caminos del conocimiento científico, moral y religioso.

Así, dice en su obra “La Gaya Ciencia”: En la mayoría de los hombres el intelecto es una máquina pesada, sombría, rechinante, que cuesta poner en movimiento: cuando quieren trabajar y pensar bien con esta máquina, lo llaman ‘tomar en serio el asunto’- ¡oh, cuán fastidioso tiene que serles el pensar-bien! Tal como parece, la amada bestia hombre pierde el buen humor cada vez que piensa bien: ¡se pone serio! Y ‘en donde hay risa y jovialidad nada vale allí el pensar’. ¡Pues bien! ¡Mostremos que es un prejuicio!

@vasconceliana

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