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Los humanos más antiguos: arqueología del Pleistoceno y la promesa de Zacatecas

Chessil Dohvehnain

¿Cuánto tiempo llevan los seres humanos en este continente? Esta es una pregunta científica que plantea muchos retos, en un terreno considerado delicado para el conocimiento arqueológico. Pero también uno fascinante, en cuyo campo trabaja el arqueólogo de origen rumano Ciprian Ardelean, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, quien muy probablemente haya encontrado evidencia de presencia humana de la Era Glacial, en los desiertos de Zacatecas.

Science slap: ¿qué tan antiguos somos?

El pasado jueves 12 de octubre, el Dr. Ardelean impartió la conferencia titulada En busca de los humanos del Pleistoceno en el desierto zacatecano: arqueología, cronología y geoarqueología, en el Instituto de Geología y como parte de las actividades académicas del Posgrado en Geología Aplicada de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Fue aquí donde el investigador habló sobre su actual programa de investigación que intenta encontrar evidencia de presencia humana en un periodo de la tierra en que la vida tenía un ritmo y un respirar distinto; donde los humanos pisaban los mismos terrenos que los mamuts o los tigres dientes de sable: el Pleistoceno tardío, la última fase de un periodo geológico que abarcó cerca de 2.8 millones de años y que solemos conocer como La Era de Hielo.

Para Ardelean, nos encontramos en un momento del desarrollo de la ciencia en que las relaciones entre disciplinas como la geología y la arqueología, entabladas hace décadas, están reavivando una moda por así decirlo, que trata de definir el límite de lo que los arqueólogos quieren decir cuando hablan de algún sitio, artefacto, o resto arqueológico “temprano”.

Y es que para los arqueólogos, cuando se habla de algo que es “temprano”, significa que ese algo -al menos en América- es un testimonio de un tiempo nebuloso del que sabemos poco sobre las primeras incursiones de nuestros ancestros humanos en el continente: los Homo sapiens sapiens de hace más de 13,000 años.

Esta falta de conocimientos profundos sobre tal parte de nuestra historia se debe a que los contextos arqueológicos que pueden dar respuestas son altamente difíciles de encontrar. Sin mencionar que lo necesario para realizar fechamientos radiométricos (como los hechos vía carbono 14, o por luminiscencia de sedimentos y radio luminiscencia infrarroja, por citar unos cuantos), implica un trabajo bastante arduo, difícil, muy caro y que toma su tiempo. Excavar científicamente no es hacer simples agujeros en la tierra. Implica un riguroso control.

Esto es importante porque en México, al igual que en muchas partes del mundo, una buena parte de las cronologías culturales (aquellos marcos de tiempo de la vida humana que la arqueología ha contribuido a poner en los libros de texto de historia) son establecidas, refinadas y comparadas en base a lo que se conocen como seriaciones artefactuales (una forma de cronología relativa) en la que se comparan formas, diseños y demás atributos de artefactos antiguos para establecer “etapas históricas” o para caracterizar las economías y tecnologías antiguas que se usaban para aprovechar los recursos disponibles en la antigüedad.

Se supone que existen dos grandes métodos para obtener cronologías (fechas más o menos exactas) sobre el cambio cultural de las sociedades humanas. Así, o se obtienen cronologías absolutas (aquellas obtenidas con muestras de carbono 14, o por dendrocronología), o se obtienen cronologías relativas (aquellas obtenidas por seriaciones artefactuales).

Y aunque uno como científico pudiera desear siempre tener fechas confiables en el tiempo para ubicar eventos en el pasado o nuevos descubrimientos, en México muchas veces no es posible a causa de los altos costos que implica una datación (un fechamiento puede llegar a costar entre 10,000 y 20,000 pesos mexicanos en una institución de prestigio.

Así, las cronologías que hasta ahora han imperado y definido periodos como el llamado Arqueolítico propuesto desde los años 1960s por José Luis Lorenzo en nuestro país, para Ardelean pueden estar basadas más en corazonadas que en datos realmente exactos. Por lo que el investigador opta por usar las cronologías absolutas y geológicas para definir, primero, qué tan temprano es aquello que llamamos temprano. Él propone que cuando hablamos de algo “temprano”, nos refiramos a algo que pueda ubicarse en el periodo geológico que va del Pleistoceno Tardío (22,000 años calibrados Antes del Presente –o calBP por sus siglas en inglés-) al Holoceno Temprano (que termina alrededor de 8,200 años calBP).

Tal límite  (donde las fechas antes del presente significan, por convención, antes del año 1950) contempla un fenómeno conocido como el Último Máximo Glaciar, abreviado como LGM en inglés, y que representó la cúspide de la Era de Hielo, con las temperaturas más bajas, ocurrida en el hemisferio norte entre los años 22,000 y 18,000 A.P. (o sea, 22,000 y 18,000 años restados a 1950).

Éste fue el último de una serie de ciclos glaciares que mantuvo una considerable parte de la superficie terrestre cubierta por colosales masas de hielo, y cuyo final es marcado por un aumento gradual en la temperatura del planeta que permitió el deshielo de inmensas áreas.

Problemas y prejuicios científicos

Para la arqueología, usualmente la cerámica prehispánica es considerada un material que indica la existencia de sociedades que practican formas de agricultura y sedentarismo que suponen la existencia de jerarquías, acentuadas desigualdades sociales y grandes construcciones como templos o pirámides.

¿Pero qué pasó antes de que los humanos nos volviéramos sedentarios y practicáramos la agricultura bajo sistemas económicos y productivos institucionalizados, como en Teotihuacán o en Tenochtitlan? Muchos trabajos en campo, teorías y análisis interdisciplinarios sugieren que las poblaciones humanas se encontraban viviendo, al menos hasta antes del 7,000 a.C. (antes de Cristo o del año 0 en nuestro calendario), en grupos para los que la cacería, la recolección y el cultivo ocasional (cultivo no es agricultura, y cultivar no necesariamente implica domesticar), fueron esenciales para su supervivencia. Eran sociedades que por milenios basaron la mayor parte de su tecnología material en la explotación de recursos líticos.

Aquella era una forma de vida que caracterizó a las sociedades que llamamos cazadoras-recolectoras nómadas o seminómadas, las cuales existieron mucho más tiempo sobre la tierra, que el que llevamos practicando la agricultura. La cual, por cierto, ejercemos oficialmente desde hace al menos unos 10,000 años. Poco tiempo si consideramos que nuestros ancestros directos anatómicamente modernos (Homo sapiens sapiens), aparecen en el registro paleo antropológico africano desde hace más de 130,000 años, durante el Pleistoceno Medio.

Esa parte de nuestra historia, altamente compleja de analizar, sigue siendo una fuente de muchos problemas. En parte, como bien dijo Ardelean, por los prejuicios alrededor de lo que creemos hacían nuestros ancestros en ese periodo frío y agitado del mundo. Como por ejemplo, el creer que todos cazaban mamuts. Cosa que es difícil de asegurar al cien por ciento. “Es un racismo paleontológico”, dijo Ardelean, ya que los antiguos humanos subsistían de muchos otros animales que cazaban con mucha mayor frecuencia. “Cada que aparece un mamut, la academia pierde la cabeza. En Eurasia existen apenas escasos sitios de matanza de mamuts para el Pleistoceno tardío…y probablemente eran cazados una vez en la vida. No era algo común. La desmedida fama de los mamuts hace aparentar que los arqueólogos quieran hacer una especie de censo nacional de mamuts”.

Para él esto representa un grave problema puesto que a su parecer, la arqueología es una ciencia que tiene que aprender a portarse como tal, haciendo investigación orientada por preguntas y problemas específicos y no poner en marcha megaproyectos con dinero público sólo porque en algún lugar aparecieron restos de mamuts, muchos de ellos sin presencia cultural (humana) y cuya interacción con nuestra especie, probablemente fue poca y esporádica.

En éste punto, el conferencista planteó lo siguiente: cómo es que los arqueólogos justificamos lo que hacemos ante la sociedad, frente a la necesidad imperiosa de nuestros días, de que el conocimiento sirva para esclarecer problemas de relevancia actual. “Hoy, una problemática aún relevante es el misterio de lo que pasó en América durante el Último Máximo Glaciar”.

Enigma que tiene que ver con recientes “obsesiones” paleo-antropológicas, como la búsqueda de presencia humana antes del LGM (o sea, antes de que el norte del continente se cubriera por última vez en la historia por impresionantes masas de hielo desde el 22,000 A.P.), o por indicadores de la presencia de homínidos no-anatomicamente modernos (non-Anatomically Modern Humans, en inglés). Y que a gran escala, tiene que ver con los misterios del poblamiento del continente y la presencia humana más antigua conocida.

Las promesas del desierto

La mayoría de los modelos teóricos que nos enseñan en educación básica sobre el poblamiento de América son, según Ardelean, “modelos zombies”. Se trata de hipótesis que asumen movimientos poblacionales lineales de sociedades nómadas que parecen moverse incesantemente hacia una meta misteriosa (cual zombies en un filme de terror). Movimientos que, si uno los piensa bien, parecen más desplazamientos rápidos y sin sentido por parte de grupos de cazadores-recolectores.

Un ejemplo sería el modelo teórico de los grupos humanos llamados Clovis, de los más antiguos a finales de la Era Glacial; una hipótesis que plantea que las sociedades cazadoras Clovis (llamadas así por las bellas y asombrosas puntas de lanza de piedra tallada que supuestamente fueron únicos en producir en todo el mundo), poblaron América en pocos siglos, de norte a sur, en una especie de blitzkrieg prehistórico.

Ardelean nos recuerda que los antiguos poblamientos humanos no fueron necesariamente intencionales. Probablemente no hubo un grupo de homínidos que dijera “¡Hey, compas, vamos a poblar, crucemos el estrecho de Bering!” Porque, y hablando del dichoso corredor de hielo milagroso, “¿qué te motivaría a llevar a toda tu familia a un corredor de hielo sin salida, mucho más largo que el camino que hay entre Tijuana y Cancún?”, cuestionó el profesor.

“Presencia no significa poblamiento ni ocupación. Si un mexicano deja una maleta olvidada en París, eso no significa que los mexicanos poblaron París. Presencia, sí. Pero no poblamiento. Aunque la intención del que olvidó la maleta pudiera haber sido esa”, dijo Ardelean, “porque poblar implica quedarte y dejar herencia…hay evidencias de presencia humana antes del Holoceno Temprano (como entre los años 14,000 y 8,200 A.P.), pero no pruebas claras de poblamiento propiamente dicho en el territorio nacional”.

Mucho trabajo de campo y exploración real, en el amplio sentido del término, son necesarios para investigaciones que lidien con problemas tan abrumadores. Es así como se decide optar por investigar en los desiertos de Zacatecas, iniciando un proceso de investigación que llevó a su equipo de trabajo a localizar sitios arqueológicos prometedores para encontrar huellas de presencia humana tan antiguos o hasta anteriores al Último Máximo Glaciar.

Diversos han sido los hallazgos. Desde abrigos con arte rupestre hasta presencia de lo que se conoce como la Industria Oscura. Una industria tecnológica compuesta por artefactos líticos como puntas de proyectil y metates hechos solo de roca de origen volcánico y de calizas silicificadas.

Incluso sobresale la identificación de una enorme capa estratigráfica conocida como Black Mat, compuesta de un sedimento oscuro formado en sistemas de manantial termal, creado durante un breve periodo de enfriamiento climático conocido como Younger Dryas (ocurrido entre los años 12,900 y 11,700 A.P.), y que puede indicar  de manera consistente el fin del Pleistoceno y el inicio del Holoceno, la era geológica en la cual aún vivimos.

Fueron encontrados sitios con presencia de fogones (áreas dedicadas específicamente para el uso de fuego con diversos propósitos, hasta lagos antiguos ya secos, donde altas concentraciones de materiales eran descubiertas por deflación (fenómeno de arrastre y transporte de partículas por acción del viento), entre muchos otros elementos aún en proceso de investigación a la espera de ser publicados.

Actualmente, el arqueólogo y su equipo están cerca de iniciar una nueva campaña de excavación en uno de los sitios descubiertos, el cual ha rendido frutos y promete una gran cantidad de información  que aún está por revelarse. ¿Habrá encontrado Ardelean presencia de humanos durante la Era Glacial, o antes? Tendremos que esperar un poco más para saberlo.