Luis Ricardo Guerrero Romero

En el escarpado monte Garizim, piadoso y reminiscente tuvo su vivienda el anciano Marcelino. Él, como pocos opulentes se desligó de sus cúspides empresariales refugios y se fue a imitar al eremita, allá perdió el sentido del oído y encontró su propia Potala. Cuando regresó aquí donde varios extrañábamos decir su nombre de nada nos sirvió hacerlo, pues al estar entre nosotros su presencia sólo fue una gruta, vendavales hablar con él. No supimos cómo comunicarnos con él, cómo descender a él, o cómo ascender a él, no supimos mistizarnos, se hizo un tipo insoluble, alguien ajeno, un tipo áspero para tantos que no conocemos la fruición con lo etéreo. De todos modos, habría que socializar, su regreso inesperado tomó por sorpresa a sus deudores, desconcertó a los prestamistas, e hizo ruido en los renteros de toda la colonia. Pero Marcelino ya sin audición, pero con una mirada insondable cobró de un modo sutil los adeudos.

Yo no conocí a Marcelino; únicamente llegué aquí y la leyenda ya tenía años rondando en las lenguas de los habitantes de este sitio, sin embargo, una mañana lo encontré por la calle, disfrazado de otro ser, hablando otra lengua y cambiado de sexo. Para quien no se informó, habría sido una chica más, pero yo, vehemente amante de lo verdadero lo identifiqué por la cicatriz innegable en su palma izquierda.

Pero Marcelino, en su prudente metamorfosis, me obsequió un guiño y con el silencio me propaló no decir nada, pues procuraba en el sigilo cumplir su misión.

El relato precedente, donde Marcelino nos recuerda etimológicamente al dios Marte, pues de allí viene su nombre, “el hombre martillo”, puede llevarnos a pensar también en el cincel, así de tal suerte, Ares, se complementa con un buril. No obstante, lo que identificó a Marcelino además de la vida anacoreta, fue su cicatriz; y bien, ¿quién de los que leyeren, no tiene una cicatriz; ya física, ya moral, la mental, ya social, ya espiritual, ¿ya también una cicatriz digital? La cicatriz de guerra que llevamos en cada una de nuestras vidas.

Las marcas son testigos de algo que hubo, de algo que ocurrió. Toda arruga es una cicatriz, todo ombligo lo es, todo marca. Hemos cicatrizado al mundo con nuestras acciones. Pero ¿qué demonios es la cicatriz? En términos llanos, la cicatriz es parte de un proceso de sanación, y es así como podemos decir que todo el tiempo cicatrizamos, el ser humano por su naturaleza es cicatriz en evolución, somos la herida de Dios, que no sanará hasta que cada uno muera.

Asimismo, sabemos que la cicatriz, es un sustantivo de herencia latina, que a partir de la voz: cicatríx: [cicatriz]; es decir, heridas, desgarros, arañazos. Pero cicatriz mantiene vínculos lingüísticos con ceñir, con curar, o sea, unir una y otra parte. Todo hijo es cicatriz de un óvulo y un esperma. Si contemplamos bien, todo nuestro alrededor está cicatrizado, todo antes de ser lo que es, fue un caos, y ahora busca curar-se, cicatrizar-se.

l.ricardogromero@gmail.com

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