Luis Ricardo Guerrero Romero

Cuando en algún momento decidí voltear hacia la ventana opacada por el sudor de la humanidad que se hace presente en el gimnasio no pensé que me toparía con aquella señora, quizá unos 40 o 45 años coronaban su perfil. Sólo había ido por unos tacos y un antiácido para las molestias que aquejan a cualquier señor quincuagenario. En el lugar sonaba la icónica canción que desde la pubertad fue mi himno y mi meta: “You and me, baby, ain’t nothin’ but mammals/ So let’s do it like they do on the Discovery Channel/ (Do it again now)/ You and me, baby, ain’t nothin’ but mammals/ So let’s do it like they do on the Discovery Channel/ (Gettin’ horny now)”. Entonces pensé lo que cualquier hombre en su único sentido debía hacer: entrar al sitio donde mis competidores son tipos atléticos y guapos. Lo tuve que hacer, era un impulso mucho más fuerte que esas pesas gigantes que cargaban sus monumentales piernas, esperé el descanso, me acerqué con la seguridad de cualquier macho mamífero superior y le di mis tacos. Le externé que al verla desde la calle supuse su agotamiento y hambre que sentiría al terminar su entrenamiento. Pasó lo que tenía que suceder, me recibió los tacos, coqueteó sugerente con una sonrisa que más que halago fue un insulto y me dijo: -Los compartiré con mi familia.

Volví el otro jueves por aquel sitio, misma hora y la rubia ya no estaba, sólo estaba ella, pero con un tinte distinto que no alteraba del mismo modo la sensación animal por regalar comida a cambio de una sonrisa más.

El rubio, ese color que en Hollywood detonó la fama, y que a muchos latinos tiene enajenados, ese color en el cabello de una dama, hoy asociado al dorado o al amarillo claro, nació lejos de ese brillo solar. Su raíz latina, ruber y su matiz rufus, nombraban el rojo: el de la sangre, el fuego, el metal vivo. En el latín antiguo, el color no se ordenaba por espectros exactos, sino por percepciones: intensidad, luz, calidez. Así, el “rojo claro” aplicado al cabello —rufus— era ya un rojo iluminado.

Ese desplazamiento semántico se afianzó cuando el latín vulgar empezó a especializar palabras según los cuerpos. El cabello, visible y social, fue decisivo. El “rojizo dorado” dejó de ser un punto intermedio para convertirse en una categoría estable. La historia hizo el resto: la presencia de pueblos germánicos, de cabelleras claras, reforzó la asociación entre luz, brillo y cabello. Rubio dejó el rojo atrás sin olvidarlo del todo.

Ya por ejemplo, en el griego antiguo podemos confirmar esta lógica perceptiva, aunque con una precisión mayor. Allí, ξανθός [xanthós] designaba el cabello claro y luminoso —en textos donde el personaje de Aquiles se describe de ese modo—, sin confundirlo con el rojizo, reservado a πυρρός [pyrrhós]. Para los griegos, la clave no era el amarillo abstracto, sino la luz que vibra en el cuerpo. Cuando Aristóteles pensó los colores como gradaciones entre claridad y oscuridad, no lo hizo como franjas aisladas. El lenguaje acompañaba esa filosofía de la percepción.

Hoy entendemos que en el idioma inglés se siguió otro camino, ya que blond es para lo claro, redhead para lo rojo. El español heredó y transformó: conservó una palabra y desplazó su sentido. Por eso necesitó crear pelirrojo más tarde, para recuperar una distinción que el latín había dejado en penumbra rojiza.

Así, rubio no es una traición al rojo, sino su memoria iluminada. Las lenguas cambian porque cambian las miradas. Hoy si alguien se ruboriza, sabemos que se apena y enrojece, y no que se pone güero, pues el sentido original en esa y otras palabras aún permanece.

l.ricardogromero@gmail.com

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